Desde el Concilio Vaticano II, se amplió la cobertura a la santidad a todos los bautizados. No sólo las órdenes sagradas y los votos religiosos profesados en un instituto de vida consagrada representaban las únicas plataformas para llevar adelante una vida de perfección cristiana. La espiritualidad nacida de los sacramentos de la Iniciación Cristiana obtuvo una atención especial; y con la reforma litúrgica se marcó una corriente de Gracia, que sigue abriéndose paso, no sin ciertas dificultades, pero decididamente acredita al seglar como sujeto llamado a la santidad con pleno derecho. Ningún recurso de la Gracia le falta al cristiano para llegar a la santidad, después de haber sido insertado en la TRINIDAD por el Bautismo, dispuesto para el apostolado por la Confirmación, destinado a crecer por la Eucaristía en la vida íntima de DIOS y en la caridad fraterna. El antiguo imperativo del Levítico, “seréis santos, porque YO, YAHVEH, vuestro DIOS, soy el SANTO” (Cf. Lv 19,2); ahora encuentra un nuevo modo de estar frente a DIOS, pues, con toda claridad, la santidad es prioritariamente una acción del don de DIOS; y, como consecuencia de este don, el hombre tiene la capacidad de proseguir por una vía de santidad.
- La Palabra y los sacramentos
- El valor septenario de los sacramentos
- Los otros santos
- Destinados a la santidad
- Muchos más de ciento cuarenta y cuatro mil
- Bienaventurados de toda nación
- Entre dos montes
- Un modo de Kerigma
- Una enseñanza para todos
- Los pobres
- Los mansos
- Los que lloran
- Hambre y sed de justicia
- La misericordia
- Un corazón renovado
- La paz
- La persecución
- Llamados por el PADRE
- Esperanza transformadora
La Palabra y los sacramentos
Los sacramentos de la Iniciación Cristiana van precedidos de una larga preparación catequética, que debe continuar posteriormente a la recepción de los sacramentos. Cada paso en el camino tiene su huella en la Palabra, que ofrece el sentido de la dirección tomada. Con certeza, DIOS ha hablado en la Escritura, y su Palabra mantiene la vigencia del presente mismo de DIOS, por lo que el Mensaje no envejece, sino que ofrece en cada momento conocimiento, sabiduría y fortaleza. Pocas cosas desalientan más que la falta de respuesta o sentido ante la adversidad. La Palabra de la Escritura es “luz en el sendero” (Cf. Slm 119,105).
El valor septenario de los sacramentos
La sacramentalidad de la Iglesia ofrece el valor y sostén a los siete sacramentos, cuyo fundamento es el mismo JESUCRISTO. La vulnerabilidad institucional y humana de la Iglesia tiene detrás la realidad sacramental, que la constituye y se ofrece como fuente de los sacramentos, que abarcan la vida del hombre con su renovación espiritual permanente. Los otros cuatro sacramentos, confesión, unción de enfermos, orden y matrimonio, serán estimados, si continúa vigente la adhesión a la Palabra. Al hombre de hoy le interesa lo que dice la Iglesia, en cuanto que se reconoce creyente, y ve en su Magisterio la voz autorizada para dirimir en último término las cuestiones espirituales y morales.
Los otros santos
En esta solemnidad de todos los Santos incluimos a todos los que no figuran en el santoral, y están en la bienaventuranza eterna. El papa Francisco, en su exhortación “Alegraos y regocijaos” insistió en el santo de la puerta de al lado, el vecino que puede pasar desapercibido en ocasiones. Aunque a muchos les parezca otra cosa, la santidad en el mundo incrementó su presencia desde el momento que la Iglesia de JESUCRISTO inició su tarea evangelizadora, y su expansión. La santidad y salvación al mundo las trajo JESUCRISTO, y la distribución de esa savia nueva por venas, arterias y capilares, la viene realizando la Iglesia; por lo que desde la Iglesia de JESUCRISTO podemos considerar frutos de santidad más allá de unos límites estrictamente confesionales. También los ortodoxos, que confiesan a JESUCRISTO recogen ejemplos de santidad. Allí donde el Nombre del SEÑOR es invocado con profundo sentido de Fe brota la fuente de la santidad, y muchos cristianos evangélicos, luteranos, o de otras confesiones obtiene la acción de la Gracia que los fortalece y perfecciona. Hoy, día de Todos los Santos, también debemos ampliar nuestra consideración en un ecumenismo trascendente. En la asamblea celestial hay muchos hermanos, que “blanquearon sus túnicas en la Sangre del CORDERO” (Cf. Ap 7,14), consiguieron la victoria, y participan de la bienaventuranza eterna. En estos tiempos de gran incertidumbre social, la imposibilidad de calibrar la santidad en nuestro mundo resulta una gran esperanza. Aunque algunos lugares vean desiertos sus templos, otros revisten signos de una primavera en el ESPÍRITU SANTO.
Destinados a la santidad
La santidad está en DIOS, sólo ÉL es SANTO. Por participación, los Ángeles y los hombres llegamos al estado de perfección, que DIOS tiene previsto desde siempre. El himno de la carta a los Efesios compendia con gran claridad el Plan de DIOS con respecto a nosotros y el proceso, en el que nos vamos a desenvolver. Destinados a ser hijos adoptivos, en el HIJO, DIOS nos ofrece su mismo AMOR para realizar en ÉL nuestro perfeccionamiento. Por tanto, la perfección personal es un nivel superior al cultivo de las virtudes y de los valores éticos, que dependen del esfuerzo propio. La santidad personal es la misma santidad de DIOS, que es preciso pedir de forma insistente como lo hacemos en el Padrenuestro: “santificado sea tu NOMBRE” (Cf. Mt 6,9). Con esta perspectiva, se entiende mucho mejor el mandato del Levítico: “Seréis santos, porque YO, YAHVEH, vuestro DIOS, soy SANTO” (Cf. Lv 19,2) También nos encontramos en mejores condiciones de aproximarnos al texto del Apocalipsis, que presenta la segunda lectura, pues el objetivo es ofrecer una visión general de la asamblea de los santos alrededor del trono de DIOS.
Muchos más de ciento cuarenta y cuatro mil
Hay que realizar un esfuerzo por mantener un equilibrio en el alcance y repercusión de las imágenes presentes en el libro del Apocalipsis. El capítulo siete es una tregua en la vorágine de catástrofes concatenadas, descritas con el levantamiento de los siete sellos, del capítulo seis, y el toque de las trompetas, en el capítulo ocho. El capítulo siete levanta la mirada del vidente a la liturgia celeste, pero señala una tregua en la tierra frente a los rigores de las calamidades inminentes: “cuatro Ángeles sujetaban los cuatro vientos, en cada esquina de la tierra, para que no soplara el viento sobre el mar, la tierra o los árboles” (v.1). Todo está en calma, y los Ángeles colaboran como agentes principales. Todavía tienen que ser marcados los destinados a la asamblea de los bienaventurados, por lo que el Ángel que lleva la misión de dañar a la tierra, al mar, a los árboles y a los hombres, debe esperar (v.2). El resultado de llevar adelante el proceso de los marcados fue una multitud inmensa, que nadie podría contar, delante del trono de DIOS (v.9). Los ciento cuarenta y cuatro mil se quedaron muy escasos, y el número real supera exponencialmente esa cantidad. Esta sencilla observación pone en su lugar el carácter simbólico de la cifra de ciento cuarenta y cuatro mil, que tanta literatura vacía ha sugerido a determinados grupos. Los Ángeles siguen marcando en la frente con la señal de los elegidos a los que se han de salvar, y esa tarea no cesará hasta el fin del mundo, cuyo término no lo conocen ni los propios Ángeles, que están en esta tarea (Cf. Mt 24,36).
Bienaventurados de toda nación
Para el autor del Apocalipsis, el nacionalismo judío había cumplido su tarea, y ahora la salvación salía de sus límites: “de toda raza, lengua, pueblo y nación, estaban entre los innumerables bienaventurados, vestidos con vestiduras blancas y palmas en sus manos” (v10). Los redimidos “han blanqueado sus túnicas en la sangre del CORDERO” (v.14). Estos vencieron en todas las pruebas y tribulaciones, y ahora están delante del trono de DIOS. La victoria es de DIOS que asocia a los bienaventurados a la victoria de su HIJO. La asamblea de los bienaventurados proclama la gran alabanza: “la Salvación es de nuestro DIOS, que está sentado en el trono y del CORDERO” (v.10) La misma sangre del CORDERO reconcilió el Cielo y la tierra (Cf. Col 1,20); y los Ángeles se unen a la alabanza de los bienaventurados con el “Amén, rostro en tierra, y exclamaban, ¡alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, poder y fuerza a nuestro DIOS, por los siglos de los siglos, Amén!” (v.12). Para siempre, durante la eternidad, los bienaventurados seguirán dando culto, al que está en el trono y al CORDERO. ÉL los conducirá a los manantiales de la Vida y no tendrán hambre ni sed y terminará todo sufrimiento (v.17). No es anecdótica la imagen de la multitud de Ángeles rostro en tierra adorando a DIOS por la alabanza de los bienaventurados. Esto último expresa el profundo misterio, que representa también para los Ángeles el hecho de la Encarnación, muerte y Resurrección de JESÚS con su valor redentor, que perdona los pecados a los hombres. En la oración que prorrumpen los Ángeles prevalecen los atributos divinos referentes a la autoridad y el poder. Hay una gran distancia entre la debilidad humana y el gran poder de los Ángeles, y uno y otro están llamados a una convivencia bienaventurada gracias a la sangre del CORDERO. El Ángel podía obedecer a DIOS, pues aún en su gran esplendor el Ángel resulta insignificante; pero la prueba de fuego fue aceptar la insignificancia humana como punto de partida de su actividad. El ángel tuvo que reconocer al VERBO hecho hombre y ponerse a su disposición: “Adórenle todos los Ángeles de DIOS” (Cf. Hb 1,6). Consecuentemente, no sólo al Hombre-DIOS habrían de servir, “sino a todos los que estaban llamados a heredar la salvación” (Cf. Hb 1,14). Por esta senda, los Cielos se componen de una gran fraternidad de Ángeles y hombres unidos todos en la fuente misma de la TRINIDAD. JESÚS traía la misión de iniciar este proyecto magno en el mundo, y comienza su Mensaje con las “Bienaventuranzas”.
Entre dos montes
El evangelio de san Mateo dispone el Mensaje y la vida de JESÚS con dos puntos de máxima revelación: las Bienaventuranzas y la muerte y Resurrección. El Monte de las Bienaventuranzas y el Monte del Gólgota polarizan la revelación del evangelio de san Mateo. La aproximación a las Bienaventuranzas puede realizarse desde perspectivas distintas, una volcada hacia la propia espiritualidad, otra que nos señale una posible fisonomía espiritual del propio JESÚS; otra matizada por la visión social; o centrarnos en una disposición con rasgos kerigmáticos, a modo de proclamación introductoria de los valores propios del Reino de DIOS, que comienza a dar sus pasos en este mundo. De acuerdo con los tres capítulos del Sermón de la Montaña y el resto del Evangelio, la última opción puede ser la más conveniente.
Un modo de Kerigma
El kerigma es una manera de realizar una proclamación con fuerza de credo, haciendo presente aquello que se anuncia. El kerigma no es una información para utilizarla con posterioridad, sino la acción poderosa de DIOS en ese preciso instante. ¿Es posible tal cosa? Cuando la unción del ESPÍRITU SANTO acompaña la predicación ese hecho se produce y las experiencias personales son diversas. Un auditorio receptivo a la Palabra sale tocado en su interior por la acción del ESPÍRITU SANTO a través de la predicación del mensaje. Por tanto, con las palabras y predicación de JESÚS tenemos el Reino de los Cielos entre nosotros.
Una enseñanza para todos
“JESÚS, viendo la muchedumbre, subió al Monte, se sentó, y sus discípulos se acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo” (Cf. Mt 5,1-2). Cuando analizamos la expresión, deducimos que el Evangelio señala una acción continuada en el tiempo y dirigida tanto a los discípulos como al pueblo en general. Las grandes revelaciones tienen lugar en la montaña, al modo de Moisés y Elías. JESÚS comienza su predicación, en el evangelio de san Mateo, como el Nuevo Moisés, que admite en su presencia a todos sin distinción. El perímetro que en el Sinaí delimitaba el espacio sagrado (Cf. Ex 19,23), se ha roto, y la presencia del Reino de DIOS no tiene límites físicos, aunque debe, necesariamente, insertarse en este mundo. El lugar propio del Reino de DIOS es el corazón del hombre. JESÚS dirige su predicación a la multitud reunida y a sus discípulos en igualdad de condiciones. JESÚS no inicia su Misión haciendo un análisis de cómo está la situación religiosa y social, y de forma inmediata proclama que los cielos están abiertos para derramar gracias de forma incesante. Aquí y ahora, los que se abran confiadamente a la acción del ESPÍRITU SANTO van a ser receptores del principio activo del Reino de DIOS. La “Bienaventuranza” no se hace esperar, su plenitud está más allá; pero su inicio comienza en ese instante, y todos están llamados a participar de su transformación. Las grandes promesas contenidas en los profetas comienzan a cumplirse de forma eficaz. En su conjunto, las “Bienaventuranzas” proclamada por JESÚS encierran el principio operativo del Reino de DIOS en este mundo.
Los pobres
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (v.3). A lo largo del evangelio de san Mateo, esta bienaventuranza se llena de contenido; pero también se esclarece, en cierta medida, por contraposición. El pobre de espíritu, aquel que no sólo padecía la pobreza de medios económicos, sino los de carácter religioso y cultural, era considerado un maldito, pues al no conocer la Ley le resultaba imposible cumplirla en su minuciosidad. La primera palabra pública de JESÚS realiza una abolición de toda la hojarasca inservible, que acompañaba la práctica religiosa traída por los escribas y los fariseos. El pobre se acerca a DIOS sin otro capital, que su propia persona, y así puede entrar en la corriente de la bondad de DIOS, y lo hace partícipe de la dicha o la bienaventuranza de un modo especial. Aquí y ahora, en este momento, el Reino es para el que acepta y cree, que DIOS lo ama en su insignificancia y pobreza. DIOS no reina en la perfección ritual, sino en la pobreza desnuda de la persona, que pone su confianza esencial sólo en EL.
Los mansos
“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra” (v.4). Hasta ese momento, la posesión de la tierra por parte de los sufridos no dejaba de ser una promesa recogida en los Salmos. Las buenas intenciones personales se quiebran con facilidad ante las dificultades, y es fácil recurrir a la violencia. El auditorio que JESÚS tenía delante podía entender el mensaje del Reino de DIOS, pero en una clave diferente a la propuesta por el propio JESÚS. Era necesario señalar que la promesa de la posesión de la tierra no estaba ligada a la conquista por la fuerza, pues la tierra perteneciente al Reino nuevo, que DIOS pretende instaurar, no tiene una frontera definida, sino que pertenece a cada parcela de mundo que el hombre habite. Allí, donde el bienaventurado esté, hay una tierra que el SEÑOR bendice, por lo que no es preciso arrebatársela a nadie. La conquista de la tierra de Israel pertenece a otra época. Ahora las armas para la posesión de la tierra son la mansedumbre y la humildad: “aprended de MÍ, que SOY manso y humilde de corazón, y entraréis en mi descanso” (Cf. Mt 11,29).
Los que lloran
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (v.5). Es muy válida la interpretación, al hilo de esta formulación, de la gracia de la consolación espiritual a causa del arrepentimiento; pero en la línea de lo dicho al comienzo debemos fijarnos en la carga de dolor y sufrimiento que aqueja al individuo y al conjunto de las personas. JESÚS manifestó máxima diligencia frente al dolor y el sufrimiento, que son la causa de abundantes lágrimas. Ahora, quien decide entrar en la Gracia del Reino de DIOS, experimentará el don del consuelo para aliviar su carga: “venid a MÍ los que estáis cansados y agobiados, porque YO os aliviaré” (Cf. Mt 11,28). Todos los que recibieron la curación de sus dolencias por parte de JESÚS, también obtuvieron un estado espiritual nuevo, que los disponía a la alegría y a la alabanza al SEÑOR.
Hambre y sed de justicia
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados” (v.6). La suerte de cualquier desposeído está marcada por la marginación, el desprecio o la injusticia. En cualquier caso el instinto de supervivencia más elemental impulsa a pedir para satisfacer lo más necesario que mantenga la vida: “si el huérfano o la viuda, gritan al SEÑOR en su necesidad, el SEÑOR los atenderá” (Cf. Ex 22,21-22). Ahora, en los tiempos mesiánicos, el grito del pobre y desvalido, del leproso y el enfermo, del ciego y el paralítico, es atendido al instante. “Id, y decidle a Juan lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, y los pobres son evangelizados” (Cf. Mt 11,4-5). La justicia es restablecida por la acción directa del HIJO, que pone en movimiento el dinamismo del Reino de los Cielos entre nosotros.
La misericordia
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (v.7). Si la justicia no es suficiente tiene que llegar la gratuidad, que excede los posibles límites de la justicia. Esa sobreabundancia del Amor y la Justicia tiene un nombre: Misericordia. Entre las Personas de la TRINIDAD rige el AMOR, pues nada tienen que perdonar; pero en el momento que el AMOR rompe su techo y entra en el mundo de los hombres adquiere un añadido: el perdón y el AMOR se convierte en MISERICORDIA, mostrando lo más íntimo de sí mismo, aunque permanezca dentro del MISTERIO. El evangelio de san Mateo se encargará de resaltar, que la capacidad de misericordia de los humanos es escasa y limitada, pero aún así es necesaria. Todos los hombres estamos marcados por el pecado de forma remisible, y se hace necesario el ejercicio de la misericordia. El Reino de los Cielos, entre nosotros, está entretejido por las relaciones humanas; y éstas necesitan del perdón y la reconciliación, que hace posible la Misericordia. Una tensión social, del grado que sea, se supera por el avenimiento de las partes; y, de lo contrario, vendrá la destrucción total o parcial de las mismas.
Un corazón renovado
“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a DIOS” (v.8). JESÚS tiene la pretensión de llevar a cumplimiento las promesas recogidas en los profetas. La unidad de naciones, pueblos y gentes en un culto verdadero al único DIOS, tendrá lugar cuando aparezca el hombre internamente renovado. Lo dijo Jeremías: “Inscribiré mi Ley en sus corazones, y ya no tendrá necesidad nadie de ser instruido: mira ahí a tu DIOS, pues cada cual será consciente de ello” (Cf. Jr 31,31-34). Llega la hora de la Gracia y ya está entre nosotros, de tal forma que los verdaderos adoradores, adoran al PADRE en espíritu y verdad, porque son limpios de corazón (Cf. Jn 4,23-24). El espíritu del hombre unido al ESPÍRITU SANTO reconoce quién es el PADRE y lo adora y alaba (Cf. Rm 8,15-16). Gracias a esta acción del ESPÍRITU SANTO es posible mirar con los Ángeles el rostro del PADRE, que está en los Cielos (Cf. Mt 18,10). Se vive en el mundo que se contempla: si ahora el discípulo de JESUCRISTO alcanza la visión de las cosas del Reino, entonces, está comenzando su vida en ÉL. El poder de la Fe, además de la certeza puesta en DIOS, abre la mirada de las realidades que están en la zona del Reino de los Cielos dadas a entender por la Palabra.
La paz
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados los hijos de DIOS” (v.9). No era la paz romana, la que JESÚS traía a este mundo; y necesitaba colaboradores. ¡Shalom! era el saludo habitual, y ese modo de saludar significaba el deseo de la paz mesiánica. “El tiempo se había cumplido” (Cf. Mc 1,15), y con aquel grupo y predicación, san Mateo quiere fijar el comienzo del cumplimiento de las profecías, que establecían el reinado de paz al modo de Isaías, en todo el Monte Santo (Cf. Is 11,1ss). JESÚS está llamando a sus colaboradores para extender la paz mesiánica por todos los lugares, como nos indica san Lucas con el envío de los setenta y dos (Cf. Lc 10,1); o el RESUCITADO, en el evangelio de san Juan: “la paz esté con vosotros. Recibid el ESPÍRITU SANTO, así como el PADRE me ha enviado, así también os envío YO” (Cf. Jn 20,21-22) DIOS tiene que reinar en el mundo mediante la predicación del Evangelio, que anuncia la paz mesiánica. Cuando el RESUCITADO se aparece, según la versión de san Mateo, el mandato que reciben los discípulos es de volver a Galilea, e insiste diciendo: “allí me verán” (Cf. Mt 28,10). El dinamismo kerigmático de las bienaventuranzas cobra universalidad a partir de la Resurrección. La vuelta a Galilea, al Monte de las Bienaventuranzas, no es un retorno a los comienzos, sino un nuevo nivel de comprensión y capacidad para acometer una misión, que va a exceder las fuerzas humanas, pues el poder satánico sigue vigente, y la evangelización es una verdadera contienda espiritual, de la que deja constancia la última de las bienaventuranzas.
La persecución
“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan; y digan con toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los Cielos” (v.10-12). La justicia de este mundo no entiende con frecuencia la Justicia de DIOS. El orden moral y espiritual, que promueven las instituciones humanas no se avienen, con frecuencia, a las categorías éticas y valores morales de DIOS. Lejos de resolver la fricción con el mayor entendimiento, los tiempos posteriores a la predicación de JESÚS llenaron de contenido esta bienaventuranza: los cristianos fueron perseguidos por permanecer pasivos, en muchas ocasiones, ante las exigencias de culto al emperador y a los distintos ídolos considerados protectores del Imperio. Tenemos constancia histórica de las calumnias y exageraciones que Tácito o Plinio el joven promovieron contra los cristianos, acusándolos de antropofagia y sacrificios humanos. Esta versión venía dada por una tergiversación del rito eucarístico de la Fracción del Pan. Otra fuente documentada de calumnias e improperios se encuentra en el Talmud judío, que se opuso a los cristianos con todos los recursos a su alcance. En honor a la verdad, y para nuestro sonrojo, la Iglesia perseguida de los trescientos años iniciales se convirtió en Iglesia perseguidora, después de la paz constantiniana, a partir del año trescientos trece del famoso edicto de Milán.
Las tensiones profundas se vivieron en el seno de la Iglesia, y el emperador Constantino convocó el concilio de Nicea (325, d.C.) para unificar las verdades de Fe, pues veía en la religión cristiana un poderoso eje vertebrador del Imperio. Pero, a pesar de todos los inconvenientes históricos, siempre hubo en la Iglesia un Francisco de Asís, o un Charles de Foucauld. Este último asesinado por los mismos a los que estaba ayudando y sirviendo. En la actualidad, son miles los cristianos perseguidos en diferentes partes del mundo, y los testimonios de Fe ponen de relieve que la acción del ESPÍRITU SANTO no cesa por duras y contrarias que sean las circunstancias.
Primera carta de san Juan, 3,1-3
Llamados por el PADRE
La Escritura es como una partitura musical. Esta última se convierte en pieza musical cuando se van escuchando los distintos instrumentos, y el conjunto discurre dentro de una armonía, que arranca la belleza encerrada en aquellos signos musicales, pues podían haber permanecido como una simple escritura codificada. A la Escritura le ocurre algo parecido, a DIOS que decimos no posee rostro, sin embargo debemos encontrar la mejor representación. Las circunstancias que dan origen a las distintas secuencias de las narraciones, debieran cobrar un dinamismo propio para ser rescatadas del pasado y hacerlas presentes. Lo que parece, por su expresión, algo frío y estrictamente conceptual nos debiera conducir a encontrar la otra faceta emotiva. Los tres versículos, de la primera carta de san Juan, que presenta la segunda lectura de este domingo, necesitan de una meditación que contemple unos requisitos parecidos a los expuestos. Su contenido es muy importante. La cuestión podría formularse así: ¿qué somos para DIOS? Nunca se ha hablado más de autoestima, pero no parece que surta mucho efecto, pues la desvalorización propia y ajena gana terreno. ¿Qué soy para la economía, para los políticos, para los banqueros, para los conocidos, vecinos o los llamados amigos? Con toda intención propongo el “qué” y no el “quién”, pues este último presupone una respuesta y concepción personal, que es dudosa en algunas de las referencias anteriores. La cosa puede llegar a tintes más tristes cuando la pregunta la formulamos al círculo familiar. DIOS nos llama a los hombres como PADRE. Esta es la gran noticia dada por JESÚS a los hombres. DIOS podía solicitar de los hombres una sumisión eterna, manteniéndose en un nivel del todo inaccesible. DIOS podría haber dispuesto una ausencia de signos que mantengan viva la Fe de un encuentro eterno y definitivo. Sin embargo, DIOS nos creó, y pensó en todos nosotros como personas singulares, únicas, irrepetibles, destinándonos a un encuentro personal con ÉL y toda la comunidad de los bienaventurados.
Esperanza transformadora
Todas estas cosas, dice san Juan, las vivimos en Esperanza: “todo el que tiene esta Esperanza se purifica a sí mismo como ÉL es puro” (v.3). El apóstol nos adelanta la gran revelación que contiene la promesa, y es el objeto de nuestra Esperanza: “somos hijos de DIOS, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a ÉL, porque le veremos tal cual es” (v.2). Veremos a DIOS en su misma Verdad, y lo conoceremos en su mismo AMOR, porque nos ha llamado como hijos en su HIJO para siempre. Unas décadas por este mundo son “una nada” en el cómputo de la eternidad, aunque a nosotros nos resulte largo el camino y pesada la carga; pero el tiempo se acaba y la figura de este mundo se termina (Cf. 1Cor 7,31).

