Amar a Dios es entregarle la vida entera

¿Quién ocupa el primer lugar en tu vida? Los fariseos le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante. Él respondió con una oración que todo niño judío aprendía desde pequeño y repetía tres veces al día: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” y añadió, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Amar a Dios con todo el corazón es entregarle la vida entera, lo que piensas, lo que deseas y las decisiones que tomas. Jesús une este amor con el amor al prójimo porque los dos van juntos. La forma en que tratas a los demás revela también el lugar que Dios ocupa en tu vida.

Podemos decir que el amor es como una moneda que tiene dos caras. De un lado está el amor a Dios, del otro el amor al prójimo. No son dos, sino una sola moneda, así como no son dos amores que pueden ir separados, sino uno solo en el que van juntos ambos.

¿Por qué Dios debe estar primero? Porque Dios es amor y es el origen de todo amor verdadero. Cuando una persona, una posesión o tu propio interés ocupa su lugar, esperas de eso una felicidad y una seguridad que sólo Dios puede darte. Entonces el amor se vuelve posesivo o egoísta.

Eso es la idolatría. Poner algo por encima de Dios y pedirle que te dé lo que sólo el Señor puede ofrecerte. Amar a Dios primero no significa amar menos a tu familia ni alejarte de los demás.

Significa dejar que Dios enseña tu corazón a amar. Él conoce tus egoísmos y tus límites, pero no te rechaza por ellos. Recibe tu amor imperfecto, lo purifica y entonces te lo devuelve, de tal forma que ya no amas con tu propio amor, sino que empiezas a amar con el mismo corazón de Dios.

Te ayuda a querer el bien del otro, a escuchar con paciencia, a perdonar y a servir sin estar pensando siempre en lo que vas a recibir a cambio. Así puedes amar mejor a tu esposo o esposa, a tus hijos, a tus padres y también a quien te ha herido o te resulta difícil

 perdonar. No porque siempre sea fácil, sino porque Dios puede ensanchar tu corazón y hacerlo más parecido al suyo, lleno de bondad y de misericordia.

Esta semana dedica cada día unos minutos a estar con Dios y pídele que te enseñe a amar. Después elige a una persona cercana y haz por ella un gesto concreto de atención, ayuda o reconciliación.

“Señor Jesús, enséñame amarte con todo mi corazón, purifica mi manera de amar y haz que trate a cada persona con la misma misericordia con la que tú me amas”.

Feliz domingo, Dios te bendiga.

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