Ya no es un rumor, es un hecho con cifras contundentes…

Adriana Martínez Estebanes

En esta fecha he decidido retomar este espacio de colaboración, el cual mantuve en una pausa deliberada. Consideré prudente dar un tiempo de espera con la esperanza de que las denuncias presentadas aquí y en otros medios sobre delitos graves cometidos por sacerdotes en México y en la Ciudad de México, entre los cuales se encuentra mi propio caso, generaran un espacio de reflexión, atención y, sobre todo, de solución y justicia.

Hoy, con profunda preocupación y tristeza, constato que tras esta pausa todo sigue igual.

No observo acciones reales ni mucho menos la voluntad institucional de asumir, resolver y sancionar a quienes, perteneciendo al clero, han cometido delitos. Siguen caminando libres y despreocupados, como si nada hubiera sucedido. Mientras tanto, las víctimas continuamos siendo señaladas, cargando con heridas profundas que no se si algún día se podrán sanar por completo.

Durante este tiempo de silencio, varias personas me han buscado para compartirme sus propios testimonios. Tristemente, el patrón se repite con una precisión desoladora: ignorar los hechos, encubrir a los responsables, alterar la narrativa e instruir promesas de acción que jamás se cumplen.

Sin embargo, la mayoría de nosotros hemos mantenido la fe como ancla. Claro que le hemos preguntado a Dios en la intimidad del dolor: «¿Por qué permitiste que nos pasara esto?». Hemos aprendido a discernir: la fragilidad, la cobardía o la corrupción de los hombres que no definen a Dios. Dios es punto y aparte. La verdad, la honestidad y la justicia humana pueden fallar, pero la justicia divina llega tarde o temprano.

He conocido testimonios vivos de personas que son prueba irrefutable de que Dios existe y de que los milagros sostienen a quien ha sido quebrantado. De esos testimonios hablaremos en próximas semanas.

La paradoja de los alejados

Hoy quiero poner el foco en algo que dejó de ser una percepción para convertirse en una realidad innegable.

En las asambleas parroquiales, decanales y arquidiocesanas a las que he asistido, se nos pide constantemente trabajar por atraer a «los alejados». Pero, ¿cómo pedirle a alguien que regrese a la Iglesia católica no como mero espectador, sino como un practicante comprometido, cuando las propias estructuras perpetúan el daño? Los alejados no se van por capricho; se van porque no encuentran en la institución el refugio, la coherencia ni la respuesta a sus necesidades espirituales y humanas más profundas.

Es lamentable constatar cómo en el ámbito parroquial el asistir a la comunidad se convierte, para muchos, en un ejercicio de supervivencia frente al juicio, el señalamiento o la exclusión por parte de grupos de poder local o de coordinadores eternizados en sus puestos. Peor aún es cuando ese señalamiento directo y público proviene del mismo párroco (experiencia que, como en mi caso, el padre Carlos Rivas Gutiérrez conoce perfectamente).

Reconozco y celebro que existen parroquias y sacerdotes ejemplares donde esto no ocurre, pero lamentablemente son la excepción y no la regla. Al escuchar a quienes dejaron de participar en la vida comunitaria, descubro un patrón constante: no han renunciado a Dios ni a su fe católica; han renunciado al maltrato, a la burocracia espiritual y a la hipocresía.

Lo que las cifras no están diciendo

El pasado 22 de septiembre, el INEGI presentó los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, revelando que México alcanza ya los 130.9 millones de habitantes, en un contexto donde el acceso a la información es masivo: el 75.7% de las viviendas cuenta con internet y el 94.5% de la población dispone de telefonía celular. La sociedad actual está informada, contrasta datos y no analiza la realidad con los criterios del siglo pasado.

Si cruzamos esto con los datos del Censo de Población 2020, el diagnóstico es severo: la población católica cayó al 77.7%, en comparación con el 82.7% registrado en 2010. ¿Vamos a esperar con los brazos cruzados a que el Censo 2030 nos confirme una caída aún más drástica?

Esta transformación obedece a razones sociológicas e institucionales claras que no podemos seguir evadiendo:

  • Secularización y autonomía: Las nuevas generaciones crecen con mayor acceso a la información global. Tienen inquietudes éticas y espirituales legítimas, pero ya no sienten la necesidad de afiliarse a una estructura eclesiástica que perciben distante.
  • Crisis de legitimidad e imagen moral: Los escándalos de abuso sexual clerical y la falta de transparencia han socavado la autoridad moral de la Iglesia. A esto se suma la percepción de una postura rígida frente a debates sociales contemporáneos, provocando el alejamiento consciente de jóvenes y mujeres.
  • Pérdida del monopolio cultural: Pertenecer al catolicismo dejó de ser una obligación social o un mandato familiar ineludible. Hoy las personas eligen con mayor libertad su camino de fe sin temor al estigma.
  • Búsqueda de comunidad real: Otras opciones religiosas u organizativas han sabido ofrecer espacios de acogida más horizontales, participativos y empáticos en momentos de vulnerabilidad.

Un llamado urgente a la conciencia

Todo esto nos exige una profunda revisión de conciencia. ¿Realmente estamos actuando como verdaderos discípulos de Cristo o solo estamos navegando en la inercia del mundo?

¿Qué estamos haciendo como comunidad para ofrecer transparencia y justicia a las víctimas? ¿Dónde está la empatía para escuchar a quien busca a Dios desde el dolor? ¿Cómo pretendemos acoger a quien piensa distinto, a quien conforma una estructura familiar diferente o a quien no encaja en nuestros moldes tradicionales si ni siquiera somos capaces de cuidar a las ovejas que están dentrol?

Frente a la impunidad, el juicio despiadado y las bancas cada vez más vacías de nuestros templos, la pregunta fundamental no es qué dicen las estadísticas ni qué responden las estructuras. La pregunta decisiva que debe sacudir nuestra fe es solo una:

A todo esto… ¿qué diría Jesús?

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