Hoy miércoles 21 de octubre, en el Aula Clementina del Vaticano, al recibir a los participantes del coloquio « La Santidad en la Historia », organizado por el Dicasterio para las Causas de los Santos, León XIV recordó que los santos no son meras figuras admirables del pasado. Son prueba viviente de que la gracia de Dios puede transformar a las personas y, a través de ellas, el curso mismo de la historia.
«La historia del mundo sin santos sería inmensamente más pobre, es decir, menos humana.»
Esta afirmación ilumina todo el argumento. La santidad no es una realidad ajena a la condición humana, ni una perfección reservada a unas pocas almas excepcionales. Al contrario, constituye la máxima realización de la vocación de la humanidad, creada a imagen de Dios y llamada a participar de su vida. Los santos no solo transitaron por su época: dejaron su huella en ella mediante su fidelidad a Cristo, su caridad, su valentía y, en ocasiones, el sacrificio de sus vidas.

Desde San Martín hasta San Vicente de Paúl, desde Santa Juana de Arco hasta Santa Teresa de Lisieux, la historia misma de Francia da testimonio de esta riqueza. Monasterios, hospicios, escuelas, obras de caridad y grandes esfuerzos misioneros son manifestaciones concretas de una fe que nunca se ha limitado al ámbito privado de la conciencia individual. La civilización cristiana no puede entenderse sin la presencia de estos santos, cuyas acciones han moldeado profundamente la vida espiritual, intelectual y social de su pueblo.
León XIV reiteró un requisito fundamental: la santidad no puede reinterpretarse según las sensibilidades ideológicas contemporáneas. Si bien cada santo debe entenderse dentro del contexto histórico en el que vivió, su testimonio no puede limitarse a las categorías políticas o culturales de una época determinada.
El Papa subraya este punto con precisión: «Con el tiempo, la figura de los santos también puede evolucionar: no para ajustarse a los estereotipos del momento, sino para interpretar la experiencia propia de cada época a través de las categorías del Evangelio vivido». La distinción es fundamental. La Iglesia no ofrece santos para la admiración de los fieles porque anticiparon los valores dominantes de nuestro tiempo, sino porque vivieron heroicamente las virtudes cristianas. Su grandeza no depende ni de su popularidad ni de su conformidad con los juicios contemporáneos. Reside en su fidelidad a Dios. Este requisito presupone, además, una auténtica honestidad histórica. León XIV insistió en la necesidad de fundamentar las causas de canonización en testimonios «auténticos, creíbles e irreprochables ». Recordó el papel decisivo de Pío XI al introducir el método histórico-crítico en el proceso de canonización.
La fe no tiene nada que ganar con la aproximación histórica. Reconocer la santidad de un hombre o una mujer no consiste en construir una leyenda edificante, sino en discernir, a partir de hechos rigurosamente establecidos, la acción de la gracia en la existencia humana.
El Santo Padre concluyó enfatizando el significado universal de la canonización: «El solemne acto de canonización trasciende las circunstancias históricas». Mediante este acto, explicó, el Sucesor de Pedro designa para toda la Iglesia a «testigos fidedignos del Evangelio, capaces de hablar a todas las épocas ». Esto constituye un valioso recordatorio en una sociedad que tiende a juzgar el pasado únicamente según los criterios del presente. Los santos no son figuras que cada generación pueda moldear según sus propias preferencias. Sus vidas pertenecen a la historia, pero su testimonio pertenece a la Iglesia universal.
Al afirmar que los santos han hecho del mundo un lugar más humano, León XIV también recuerda una verdad que a menudo se olvida: la santidad cristiana no aleja al hombre de su humanidad, sino que la realiza. Cuanto más se acerca el hombre a Dios, más capaz se vuelve de amar verdaderamente a su prójimo.
Por QUENTIN FINELLI.
CIUDAD DEL VATICANO.
MIÉRCOLES 21 DE OCTURE DE 2026.
TCH.

