¿Cumples con tus deberes cotidianos, pero a veces olvidas lo que le debes a Dios? ¿Trabajas, atiendes tus responsabilidades y procuras responder a quienes cuentan contigo, pero qué lugar ocupa el Señor en tus decisiones, en tu tiempo y en tu corazón?
El Evangelio nos cuenta que los fariseos se unen a los partidarios de Herodes para tenderle una trampa a Jesús. Si aprueba el impuesto al César, pueden desacreditarlo ante el pueblo acusándolo de traidor. Si lo rechaza, pueden denunciarlo ante Roma.
Jesús pide que le muestren una moneda. Ellos reconocen que lleva la imagen del César. Entonces Jesús responde, “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Jesús no evade la pregunta, pone cada cosa en su lugar. El cristiano tiene responsabilidades civiles, cumplir las leyes justas, pagar sus contribuciones y participar en el bien de la comunidad. La fe no es una excusa para desentenderte de esas responsabilidades, pero esos deberes no están por encima de Dios.
La autoridad debe actuar con justicia y respetar la dignidad de las personas. Si alguien te exigiera cometer una injusticia o traicionar tu conciencia, no podrías poner esa exigencia por encima del Evangelio.
La moneda lleva la imagen del César. Tú llevas la imagen de Dios. A Dios le pertenecen tu adoración y tu amor, pero también tu libertad, tu conciencia y la manera en que vives cada día.
El reino de Dios no te saca del mundo. Te compromete a trabajar por él con el corazón puesto en el Señor. Pregúntate, ¿qué ocupa el primer lugar en mi vida? ¿El miedo, el dinero, la ambición, el deseo de agradar? ¿Estoy dando a Dios el lugar que le corresponde o solo lo que me sobra o quizá ni eso?
Esta semana cumple una responsabilidad concreta que hayas venido posponiendo, pensando en las personas a quienes beneficia. Y antes de tomar una decisión importante, detente un momento y pregúntate, ¿es justa? ¿Es fiel a mi conciencia? ¿Me ayuda a servir a Dios y a los demás?
“Señor Jesús, tú me has dado la vida y me llamas a servir en medio del mundo, no a evadirme de él. No permitas que el miedo, el dinero o el afán de agradar gobiernen mi corazón. Dame libertad para hablar con justicia, valentía para defender el bien y fidelidad para pertenecerte por entero”.
¡Feliz domingo! ¡Dios te bendiga!

