Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones. Oramos para que el Evangelio siga iluminando nuestras vidas y como misioneros que somos todos por nuestro bautismo, demos testimonio de Jesucristo Misionero del Padre.
El Evangelio comienza con una trampa cuidadosamente preparada por los fariseos, quienes eran defensores de la fe judía y los herodianos defensores del gobierno de Roma representado por Herodes. Fariseos y herodianos que habitualmente eran adversarios, hoy se unen para destruir la fama y popularidad de Jesús; buscaban acusarlo y condenarlo. Los fariseos se esconden detrás de un legalismo narcisista; los herodianos se aprovechan de su influencia política.
Para ambos grupos, la persona de Jesús de Nazaret es un problema, ya que sus palabras y sus gestos ponen en evidencia que sus corazones están lejos de Dios, lejos de la ley y lejos del pueblo que deberían guiar, acompañar y cuidar. La persona de Jesús, la revelación del Padre y su anuncio del Reino, visibilizan la mediocridad y la incoherencia tanto de los fariseos como de los herodianos.
Las trampas legales, no valen más que respuestas proféticas. Jesús responde con una afirmación liberadora que solamente pueden captar los que no están cegados por el poder, el dinero, el odio y la injusticia. Al César de turno se le puede dar el dinero o los impuestos, pero la libertad y la dignidad si no permitimos, nadie nos la podrá arrebatar.
De manera astuta aquel grupo se acerca a Jesús y la conversación da inicio con una alabanza a la persona del Maestro; con palabras lisonjeras, aduladoras, palabras cargadas de hipocresía, le dicen: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios…” Demasiados halagos, pero detrás de la carnada está el anzuelo, viene la trampa: “Dinos, qué piensas ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?” . Jesús con su sabiduría detecta de inmediato la malicia, la hipocresía, la mala voluntad con la que se mueven y responde de manera sabia: “Muéstrenme la moneda del tributo”; le presentan un denario. Y con aquel denario les regresa la pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”, y al responder: “Del César”, aquellos amantes de la controversia quedaron sin palabras; en lugar de tomarlo por sorpresa y poder acusarlo, cayeron en su misma trampa. De allí que Jesús hace un añadido a dicha controversia: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Los cazadores quedaron desprotegidos.
La moneda lleva la imagen del emperador, pero el ser humano como nos narra el libro del Génesis, es imagen de Dios. Por eso, nunca debe ser sometido a ningún emperador. Para todos es sabido que los impuestos los pagamos nos guste o no; le damos al César actual lo que le corresponde o aunque no le corresponda. Aquí la pregunta es: ¿Le damos a Dios lo que le pertenece? Nosotros somos imagen de Dios, por lo tanto, le pertenecemos a Dios. Con esa expresión “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, Jesús no piensa en el conflicto entre dos instituciones iguales, más bien plantea la soberanía absoluta de Dios expresada en la frase de Isaías en la primera lectura: “Yo soy el Señor y no hay otro”.
Todo hombre incluido el César, lleva en sí mismo la imagen de Dios y a Dios debe dársele. Ninguna institución ni gobierno, ni Iglesia tiene poder absoluto sobre el hombre, sólo Dios. La más torcida interpretación de esta frase de Jesús es la de abandonar el campo del mundo y de la sociedad a los gobiernos y encerrar a Dios en la sacristía, como si ese fuese su lugar apropiado. Y cuando la Iglesia en nombre de ese Dios metido en la sacristía, se opone a una ley gubernamental del aborto, de una educación viciada, de la eutanasia, se le acusa de meterse donde no le llaman, porque hay que dar al César lo que es del César. Exacto, hay que colaborar con el César en la creación de una sociedad mejor, más igual, hay que colaborar cumpliendo las leyes justas, hay que pagar los impuestos pago de los servicios que recibimos y en la medida en que los recibimos. Pero no hay César por muy mayoría absoluta que tenga, que se haga con el derecho a disponer de la vida y de la libertad, de la conciencia de sus súbditos.
Cuanto más fuerza tiene el Estado, más tiene la tentación de creerse el poder absoluto, peligra la conciencia individual que se manipula desde los medios de comunicación, se convierte al hombre en máquinas de votar al único ser absoluto que es el Estado. Todo gobierno está llamado no a manipular al hombre, sino a servirlo, a buscar su bien, a crear el ambiente necesario para que sea feliz, sin olvidar que en el hombre hay un elemento trascendental que hay que atender para esa felicidad.
El pueblo judío pagaba los impuestos al templo y al imperio a través de los recaudadores; el peso de los impuestos y el malestar interno los iba conduciendo al desgano, a la miseria y a la resignación, a esa destrucción de toda esperanza. En nuestros días se han multiplicado los emperadores que exigen cada vez más impuestos. Nuestros pueblos viven bajo el asedio de los cobradores de impuestos, por un lado, los impuestos establecidos por el gobierno, siempre al alza y que no podemos dejar de pagarlos, por otro, lo que se llama el “cobro de piso”, las famosas cuotas, que también deben pagarse si se quiere seguir trabajando o no arriesgar la vida. Ya no se pregunta si es lícito o no; el que diga que no tiene, tiene que abandonar la región… debido a estos impuestos fuera de la ley, o mejor dicho, “solapados por la ley”, “en complicidad con la ley”, he visto en mi Diócesis tantas familias emigrar en busca de una vida mejor; buscando esa paz para seguir trabajando, golpeadas por las injusticias y sintiendo la impotencia de no poder hacer nada. Los impuestos siguen lacerando a nuestro pueblo y pareciera que aquellos que prometieron protegerlo, siguen sordos y con narrativas de que todo está bien. Pagar los impuestos en nuestros días, son acciones que nos han desangrado poco a poco; son situaciones que conducen a la desesperación.
Ante “Dar al César lo que es del César”, me pregunto en definitiva: ¿Qué es del César? Nada, ni los impuestos, porque no son para el César, sino para que el César de turno se preocupe de que el pueblo que lo ha elegido tenga un mejor vivir. También me pregunto: ¿No será muchas veces el César el que tiene que restituir a los sin voz, a los excluidos por prejuicios políticos, a los desplazados víctimas de la violencia, a los marginados por raza, política o religión, a las víctimas de una justicia lenta? Ya que como dice el principio del derecho ‘justicia retardada, es justicia negada’.
San Agustín afirmaba: “El César busca su imagen, dásela; Dios busca la suya, devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros”.
Preguntémonos hermanos: ¿Qué Césares ocupan hoy un lugar que sólo corresponde a Dios?
¿Estamos dando realmente a Dios lo que le pertenece?
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

