“Cien años después de mi muerte la Biblia será un pedazo de museo”: Voltaire

La Providencia divina nos deslumbra cada vez que suceden cosas sorprendentes e inesperadas. Frente a la acción divina caemos en la cuenta de que nuestros pronósticos siguen siendo muy limitados y posiblemente destilan un resabio de desesperanza.

Ciertamente no es para menos, ante el mal que golpea brutalmente al mundo y la imposición ideológica que asume como regla de conducta y línea política lo que es contrario al amor, a la razón, a las evidencias científicas y al sentido común.

Es tan desafiante y desalentador este panorama social a nivel local, nacional e internacional, que por un momento eclipsa nuestra mirada y nos hace olvidar al Señor que sigue actuando en nuestra historia.

Después de lo que hemos visto en Europa, y particularmente en Francia, con el proceso de secularización, así como con el abandono y el desprecio de sus raíces cristianas, nos ha sorprendido la manifestación del alma católica de Francia, al volcarse y participar fervorosa y emotivamente en las actividades de la visita del papa León XIV.

Hasta los críticos y liberales, descendientes de aquellos radicales jacobinos (que se me permita la tautología) de la revolución francesa no daban crédito a lo que estaban viendo y ante su sorpresa intentaban dar una explicación sin aceptar la realidad y sin conceder una actitud intelectualmente honesta de apertura autocrítica, al constatar simplemente el renacimiento espiritual y el inmenso fervor del pueblo católico que salió a las calles a manifestar vivamente su fe.

Una de estas voces críticas, invitada a un canal de televisión, no sabía cómo responder ante la participación de ochenta mil jóvenes en la vigilia de oración y paradójicamente llegó a basarse en la Biblia para hablar de pecado de idolatría. La belleza de ese acto litúrgico, las súplicas que se expresaron y las voces que entonaron el Salve Regina le dieron una connotación divina a ese momento de oración, delante del cual es imposible minimizarlo o desautorizarlo con parámetros modernistas.

No sólo fue el entusiasmo y el gozo que manifestaban los católicos franceses en los recorridos del papa, especialmente colmando con mucho orden y solemnidad los Campos Elíseos -presididos por el Arco del Triunfo- y la Plaza de la Concordia, sino también la piedad y el fervor al ponerse de rodillas para confesarse al aire libre a lo largo de la avenida de los Campos Elíseos, donde muchos sacerdotes estaban disponibles para escuchar confesiones, y participando en la Santa Misa presidida por el papa León XIV en la plaza de la Concordia.

En el lugar donde quisieron enterrar la fe, 233 años después casi un millón de franceses vuelven a proclamarla. En 1793 la revolución decapita al rey Luis XVI en la Plaza de la Concordia y allí mismo, en 2026, el papa León XIV preside la misa y presenta al Rey de Reyes que está vivo.

Voltaire, escritor y filósofo francés, fue uno de los principales pensadores de la Ilustración y su credo laico y anticlerical orientó a los teóricos de la revolución francesa. Dentro de sus reflexiones contra la fe había declarado: “Cien años después de mi muerte la Biblia será un pedazo de museo”. Las ironías de la vida, la propia casa e imprenta que Voltaire había utilizado en Ginebra terminaron siendo centro de almacenamiento, impresión y distribución de Biblias. Y 250 años después la Biblia fue proclamada ante casi un millón de personas que vivieron la eucaristía en la Plaza de la Concordia.

En 1980, Juan Pablo II, en Francia, pronunció palabras llenas de dolor: “Francia, hija mayor de la Iglesia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo? Francia, ¿eres fiel, por el bien del hombre, a la alianza con la Sabiduría Eterna?” Aunque el transcurrir de los años y los acontecimientos vividos sugirieran una respuesta distinta, la verdadera respuesta ha llegado en esta visita del papa León XIV, 46 año después.

Esta respuesta tan entusiasta e inesperada durante la visita papal, se siente como aire fresco después de varias situaciones que ha vivido Francia en los últimos años y que han provocado un inmenso dolor a la tradición cristiana.

En primer lugar, en plena semana santa de 2019 se incendió parte de la Catedral de Notre Dame de París, acentuando en ese contexto nuestro propio Calvario. Este drama se vivió con mucho dolor por tratarse de un ícono mundial que proyecta el amor más puro del pueblo católico por Nuestra Señora.

Alcanzábamos a decir delante de esa tragedia que en Francia se ha perdido tanto la fe y con ese incendio daba la sensación de que se perdía también lo poco que se mantenía en pie de la gloria de la Iglesia católica, en una nación donde se ha acentuado el proceso de secularización y donde se ha renegado abiertamente de las raíces cristianas.

Refiriéndose a esta tragedia escribía en esa ocasión Salvador Sostres, en ABC Internacional, una reflexión impactante y profética: “Es un signo de nuestro tiempo que Nuestra Señora de París caiga. Este incendio no es peor que el laicismo que asola la Civilización, negándole la profundidad y el sentido. Es el fuego de Dios, que escribe severo en incendios torcidos, ante tanta apostasía. Cae Notre Dame como antes cayó Francia en la vulgaridad atea y jacobina…”

En segundo lugar, fue dolorosa e infame la decisión del Congreso nacional de Francia al incluir el “derecho” al aborto en su Constitución, el 4 de marzo de 2024. Francia se convirtió así en el primer país que reconoce el derecho al aborto en su Constitución.

En su momento, el connotado genetista francés Jérome Lejeune afirmaba que: “Una sociedad que mata a sus hijos pierde al mismo tiempo su alma y su esperanza”. Al referirse a otros totalitarismos, señalaba: “Todo lo que sucedía en los campos de concentración se basaba solo en una doctrina: ‘un prisionero no es un hombre’. Eso permitía todo. Lo mismo para un embrión si decimos: un embrión no es un hombre. Eso permitirá los crímenes más horrendos”.

Como sucedió con la revolución francesa, cuyos errores se difundieron en el mundo, se puede esperar que este nuevo episodio tiránico, sangriento y totalitario vaya logrando simpatía en los países que quieren estar a la vanguardia, de acuerdo a los parámetros del pensamiento políticamente correcto.

Y, en tercer lugar, de manera progresiva hemos visto, especialmente en los países de occidente, cómo aumentan y suben de nivel las provocaciones y los actos blasfemos que pisotean y se burlan de los signos más sagrados de la fe cristiana. En esta ruta de manifestaciones sacrílegas, la inauguración de los Juegos Olímpicos de París, en julio de 2024, quizá no sólo se convirtió en el acto más infame, prosaico e ignominioso en contra de la fe cristiana, sino en el mismo desvelamiento de una especie de confederación del mal.

Se aprovechó el momento de mayor audiencia a nivel planetario no sólo para montar un espectáculo obsceno, perverso y grotesco, sino también para exhibir de manera abierta la motivación satánica de este odio a la fe cristiana. Como dice San Gregorio de Narek: “Se burlan de la gracia del Salvador, mientras se celebran las artimañas de Satanás”.

Después del dolor y la indignación que provocó el acto de inauguración de los juegos olímpicos 2024, la misa que celebró el papa León XIV en la Plaza de la Concordia la sentimos también como un acto de desagravio ante las ofensas al sacramento de la eucaristía.

Delante de los desafíos que se experimentan y del gozo que ha dejado la visita papal, hace falta recordar la promesa de la Virgen a Santa Catalina Labouré, en la Rue du Bac de París, el 18 de julio de 1830: “Llegará un momento en que se creerá que todo está perdido; entonces estaré con ustedes. Tengan confianza”.

Habrá que recordar con esperanza que, en el país de la revolución, del terror y del positivismo de Comte, así como de las ambiciones expansionistas de Napoleón, no se eliminó la fe como se pretendía, sino que la Providencia fue suscitando sin alboroto almas pequeñas que engrandecieron y embellecieron la fe.

A esta época pertenecieron el bondadoso Cura de Ars, la encantadora Teresita de Lisieux, la cándida Bernardette Soubirous, el apasionado profesor Ozanam comprometido con los pobres y la religiosa Catalina Labouré que nos entregó la Medalla Milagrosa.

Asimismo, una pléyade de escritores como Georges Bernanos, Léon Bloy, Ernest Hello, Paul Claudel, Charles Péguy, Gustave Thibon, entre muchos otros, que mostraron la belleza y profundidad del evangelio en sus obras literarias.

Ahí están a la vista los frutos espirituales de esta visita papal y la belleza de la civilización cristiana que se manifestó en todo su esplendor, como lo hace ver el polaco Krzysztof Szczawinski:

“Lo más excepcional es la Civilización, las miles de personas unidas pacíficamente para cantar al unísono, para hacer algo hermoso juntas… Eso es lo que es una civilización: las formas heredadas que permiten a personas comunes hacer algo extraordinario juntas. Los hombres excepcionales son raros. Siempre lo han sido. La civilización es lo que hace posible lo excepcional sin ellos. Una multitud puede hacer dos cosas. Puede gritar contra alguien -la arena, la turba-. O puede cantar junta por algo. La diferencia no son las personas. Es lo que se les transmitió. Esto es lo que estamos defendiendo. No una abstracción”.

No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *