Durante la audiencia general, el Papa reflexionó sobre los momentos más destacados de su trayectoria apostólica y el fervor que encontró en Francia, dando gracias por esta “hermosa ‘sorpresa’ de Dios”.
La emoción del viaje aún perdura. Dos días después de partir de Metz de regreso a Roma, León XIV reflexionó, el miércoles 30 de septiembre, sobre los cuatro días que pasó en Francia. Una visita que, según confesó, fue «un gran regalo para mí y para el pueblo de Dios en este país». Para expresar su significado, el Papa eligió una imagen: Notre-Dame de París. Devastada por un incendio antes de ser restaurada, la catedral se convirtió, a sus ojos, en el símbolo de lo que había vivido en Francia.
«Notre-Dame, con la tragedia que ha sufrido, puede iluminar simbólicamente todo este camino apostólico, ofreciendo una clave para su comprensión que yo resumiría en una palabra: renacimiento.»

Este término da profundidad a la catequesis. León XIV no presenta su viaje como una demostración del poder recuperado de la Iglesia, sino como la manifestación de signos de vida que ahora nos invita a reconocer y cultivar.
«¡Sois los santos de Francia!»
El Papa establece un paralelismo entre dos momentos aparentemente muy diferentes: las vísperas celebradas en la catedral de Notre-Dame y el encuentro con jóvenes en el Stade de France. Lo que une estos dos lugares, explica, es la Iglesia misma, no principalmente como institución o patrimonio, sino como pueblo de los bautizados: «La Iglesia, que no está hecha de piedras ni de cemento, sino de personas que aman a Jesucristo porque Él las ha amado». León XIV se centra especialmente en los jóvenes franceses que conoció en el estadio. Recuerda a jóvenes que «cantaban, gritaban», pero que también sabían guardar silencio y escuchar. Dice haber visto «rostros atentos y conmovidos» que daban testimonio de «corazones que anhelaban la verdad y el amor».
Y el Papa retomó el discurso que había pronunciado ante estos jóvenes: «¡Sois los santos de Francia!». Para León XIV, esta vigilia fue «una gran señal de esperanza».
El creciente número de bautizos, «un signo de renacimiento»
El Papa, sin embargo, no basa su observación únicamente en las multitudes que encontró durante su viaje. También aborda un fenómeno más profundo que afecta actualmente a la Iglesia en Francia: la llegada de jóvenes y adultos que solicitan el bautismo. «Existe, no obstante, un signo de renovación dentro de la Iglesia en Francia que persiste desde hace algunos años, a saber, el notable y creciente número de jóvenes y adultos que solicitan el bautismo».
León XIV describe esta realidad como una «hermosa ‘sorpresa’ de Dios».
Estas palabras adquieren un significado especial en una Francia mayoritariamente secularizada. El Papa opta por fijarse en las señales que aparecen en el corazón mismo de esta sociedad: hombres y mujeres que llaman a la puerta de la Iglesia para pedir ser cristianos.
«Esta es la verdadera reconstrucción.»
Sin embargo, fue la misa celebrada en la Plaza de la Concordia la que, a ojos de León XIV, constituyó el momento culminante de su visita a la capital. El Papa recordó aquella considerable asamblea litúrgica, que se extendía desde la Plaza de la Concordia a lo largo de los Campos Elíseos «hasta el Arco del Triunfo y más allá». Pero no fue solo la multitud lo que captó su atención. León XIV reflexionó sobre el momento de la comunión y sobre la multitud que se acercaba a la Eucaristía. «Esta es la verdadera reconstrucción, la restauración de la Iglesia que solo Dios puede realizar, por intercesión de la Virgen María».
La fórmula da sentido al conjunto. El renacimiento del que habla el Papa no es principalmente una reactivación de las estructuras, las estadísticas o la influencia social del catolicismo. Es una reconstrucción espiritual en la que la Eucaristía sigue siendo el centro.
Lourdes, «santuario de la civilización del amor»
Tras su estancia en París, León XIV regresó a Lourdes y a la dignidad de toda vida humana. «Toda vida humana, cualquiera que sea su condición, incluso en la mayor fragilidad, conserva su dignidad inviolable y merece ser cuidada, acompañada y aliviada de su sufrimiento con compasión humana y con la ayuda de los medios que ofrece la ciencia». El Papa entonces definió Lourdes con especial fuerza: «un santuario de la civilización del amor». También habló de su encuentro con víctimas de abuso y reafirmó el compromiso de la Iglesia de escucharlas, acompañarlas en su camino hacia la sanación y trabajar para prevenir el abuso.
Las raíces cristianas de Europa
Finalmente, Metz permitió a León XIV extender esta reflexión a Europa. El Papa recordó que el continente se había reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial en torno a un proyecto de paz y que los principios de «democracia, solidaridad y fraternidad entre los pueblos» debían mucho a sus «raíces cristianas». Estas raíces no se evocaron como un mero legado histórico. Para León XIV, constituían una «fuente vital» aún capaz de contribuir a la renovación del proyecto europeo.
El recorrido concluye así con la misma imagen que lo inició: la reconstrucción. Notre-Dame se reconstruyó tras el incendio, Europa se reconstruyó tras la guerra y, sobre todo, la Iglesia, constantemente llamada a renacer por la gracia. Al final de su catequesis, León XIV confesó haberse sentido «asombrado por el fervor y el entusiasmo de la acogida recibida en Francia». Finalmente, dirigió una petición específica a los líderes de la Iglesia: que «los pastores sigan respondiendo a las expectativas de los fieles, especialmente a las de los jóvenes».
Tras las multitudes en París, la oración en Lourdes y el llamamiento en Metz, el Papa no solo se lleva las imágenes de un viaje excepcional, sino que discierne en ellas los signos de un renacimiento, cuyo núcleo señala: una Iglesia formada por «personas que aman a Jesucristo porque Él las ha amado».
Por QUENTIN FINELLI.
CIUDAD DEL VATICANO.
MIÉRCOLES 30 DE SEPTIEMBRE DE 2026.
TCH.

