Aprender a mirar con un corazón misericordioso

Adriana Franco Sampayo

Hay experiencias que terminan cuando salimos de un lugar, pero permanecen mucho tiempo dentro de nosotros.

Hace quince días tuve la oportunidad de vivir una experiencia que todavía permanece en mi corazón. Compartí una plática en la sección de varones de un reclusorio. El tema que nos reunió fue “Anclas de la esperanza”, una invitación a descubrir aquello que nos sostiene cuando la vida parece llevarnos contra corriente.

Comencé con una pregunta sencilla: ¿Qué es un ancla? Es aquello que permite a un barco sujetarse firmemente para no ser arrastrado por las corrientes. Pensé nosotros necesitamos anclas para nuestra vida. En algún momento hemos atravesamos tempestades como: pérdidas, enfermedades, problemas familiares, preocupaciones, soledad o momentos en los que sentimos que ya no tenemos fuerzas. Pero cuando nuestra vida está anclada en Dios, podemos enfrentar el viento y la marea con una fuerza diferente. No significa que dejemos de tener dificultades; significa que no permitimos que las dificultades nos arrastren.

Durante aquel encuentro también reflexionamos sobre algo que puede transformar nuestra manera de vivir: “Aprender a mirar al otro con un corazón misericordioso”.

Recordamos la parábola del buen samaritano, aquel hombre que encontró a un herido en el camino y no pasó de largo. Se detuvo, miró sus heridas y decidió ayudar. (Lc. 10, 25-37)

¿Y nosotros? ¿Cuántas veces pasamos de largo porque estamos demasiado ocupados con nuestros propios problemas? ¿Cuántas veces vemos una necesidad y pensamos que alguien más se hará cargo?

Tal vez hoy necesitamos detenernos.

Ayudar no siempre requiere grandes acciones. A veces basta una palabra de aliento, una visita, escuchar con atención, acompañar a quien se siente solo o simplemente hacerle saber a alguien que no está olvidado.

Cuando ayudamos, también recibimos. Porque servir nos permite agradecer por el regalo de un nuevo día, por la salud, por nuestra familia, por las personas que nos aman y por la libertad de poder elegir hacer el bien.

Quizá hemos recibido mucho y, sin darnos cuenta, nos hemos acostumbrado a ello.

Por eso, no dejemos que la indiferencia nos robe la oportunidad de ser esperanza para alguien más.

Aprendamos a mirar.
Aprendamos a detenernos.
Aprendamos a acompañar.
Elijamos ayudar.

Porque cada vez que nos acercamos con amor a quien necesita de nosotros, también nos acercamos a Dios.

Quizá aquella persona que encontramos en el camino no sea una interrupción de nuestro día, sino una oportunidad que Dios nos regala para descubrir su presencia.

Que nuestra vida permanezca anclada en Él, para que aun en medio de las tormentas podamos seguir adelante, luchando contra viento y marea, con un corazón dispuesto a amar y servir.

Ve y haz tú lo mismo. – Lc. 10, 37

Madre de familia, emprendedora y docente universitaria. Su vida profesional y personal se caracteriza por el contacto cercano con las personas y la convicción de que cada individuo posee una dignidad única y una vocación trascendente. Su vocación está centrada en acompañar y formar, tanto en el ámbito académico como en la vida cotidiana, impulsando siempre el valor de la educación y del esfuerzo constante como bases para el crecimiento integral. Fiel a sus principios, sostiene que la familia es el pilar fundamental de la sociedad, lo que la ha llevado a comprometerse activamente en la promoción de la participación ciudadana, así como en la defensa de la vida, de la familia y de las libertades fundamentales. Su trayectoria está marcada por la certeza de que cada acción, por pequeña que parezca, puede dejar huella y contribuir a la construcción de un mundo más humano, justo y solidario.
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