En París, este viernes 25 de septiembre, León XIV pronunció un discurso cuyos pasajes resuenan directamente con el debate francés sobre la eutanasia. Desde la protección del niño no nacido hasta la dignidad del enfermo, el Papa desarrolló una reflexión sobre la vida humana, al tiempo que denunció las imposiciones ideológicas y los peligros de un progreso desprovisto de conciencia moral.
Cuarenta y seis años después del histórico discurso de Juan Pablo II ante la UNESCO, León XIV se dirigió a su vez a los representantes de esta organización internacional. En el centro de su discurso se encontraba una pregunta fundamental: «¿Qué significa ser humano?». El Papa respondió a esta pregunta desarrollando una concepción de la persona arraigada en la tradición cristiana y negándose a subordinar la dignidad humana a la autonomía, las capacidades físicas o la utilidad social.
El Pontífice comenzó recordando que la existencia humana se recibe primero, antes de poder ser ejercida libremente.
Ante todo,
la persona humana es
un ser concebido y nacido.
Por lo tanto,
ser humano es, ante todo, ser un niño».

León XIV subraya que nadie elige las circunstancias de su nacimiento. Esta dependencia intrínseca genera una responsabilidad hacia los demás y encuentra su marco primordial en la familia. Los seres humanos no se forjan a sí mismos: reciben la vida y crecen gracias al cuidado de quienes los rodean.
Esta perspectiva lleva al Papa a denunciar la mercantilización de la vida: «Así, la vida ya no se entiende como un don, sino como una mercancía. Ya no se considera un llamado a la bondad y la responsabilidad, sino como un producto para ser explotado». Esta reflexión refleja las principales preocupaciones bioéticas de la Iglesia. Cuando la vida humana se considera un bien del que se puede disponer según criterios de utilidad o conveniencia, la dignidad de la persona corre el riesgo de dejar de ser reconocida como una realidad intrínseca.
Una respuesta antropológica al debate francés sobre la eutanasia.
Sin embargo, es al hablar de enfermedad y muerte cuando las palabras de León XIV adquieren una resonancia particular en Francia, donde la legislación sobre la muerte asistida ha reavivado profundamente el debate sobre los cuidados al final de la vida. «Nuestra dignidad no se destruye por la enfermedad ni el sufrimiento, ni depende de nuestras capacidades. Al contrario, exige una atención compasiva en cada etapa de la vida».
Aunque el Papa no menciona explícitamente la ley francesa, la conexión con la eutanasia es ineludible. Con estas palabras, León XIV reitera el principio antropológico en el que se basa la constante oposición de la Iglesia a la muerte inducida médicamente: la enfermedad, la dependencia o el sufrimiento jamás disminuyen el valor de una vida humana. Por lo tanto, el debate no se limita a los aspectos médicos y legales de la atención al final de la vida. Implica una concepción de la persona, su libertad y la responsabilidad colectiva hacia quienes afrontan las pruebas más difíciles.
León XIV profundizó en esta reflexión al identificar a aquellos cuya protección nos permite medir la sinceridad de nuestro compromiso con los derechos humanos. Citó a «los niños en el vientre materno y en diversos escenarios de guerra, las personas con discapacidad física o intelectual, los ancianos, los migrantes y los refugiados». Al incluir explícitamente al niño por nacer, a los enfermos, a las personas con discapacidad y a los ancianos, el Papa reafirmó la naturaleza indivisible de la dignidad humana. Esta dignidad no puede depender de la etapa de desarrollo de una persona ni de su grado de autonomía.
«No se puede comprender a los seres humanos separando lo inseparable.»
El Papa también profundiza en la unidad de la persona humana, a la que la tradición cristiana otorga una importancia fundamental. «No se puede comprender al ser humano separando lo inseparable: cuerpo y alma, vida personal y relaciones, nuestra relación con los demás y con el medio ambiente». Esta afirmación nos recuerda que la humanidad no puede reducirse únicamente a su dimensión material, ni puede entenderse independientemente de su realidad corporal. Asimismo, arroja luz sobre los debates contemporáneos en torno al cuerpo y la identidad, aunque León XIV no haga referencia explícita a la teoría de género en este discurso.
El Papa advirtió entonces sobre las «imposiciones ideológicas» y las nuevas formas de dominación que acompañan a ciertos desarrollos de la globalización. Para ilustrar su punto, contrastó dos imágenes bíblicas: la Torre de Babel, símbolo de la unidad impuesta por el poder, y Pentecostés, donde la comunión entre los pueblos respeta la diversidad de lenguas y culturas. Este contraste nos recuerda que la verdadera unidad no se logra mediante la estandarización de las conciencias. Presupone el reconocimiento de la libertad de los pueblos y la búsqueda de una verdad común.
Inteligencia artificial: cuando los humanos se vuelven menos importantes que las máquinas.
León XIV dedicó una parte importante de su discurso a los peligros del desarrollo tecnológico que pierde de vista su propósito humano. Subrayó la paradoja de una época que atribuye el nombre de «inteligencia» a los sistemas informáticos, mientras lucha por reconocer la dignidad de aquellos considerados insuficientemente productivos. «La inteligencia artificial agrava este problema. Si bien estos sistemas pueden establecer correlaciones entre datos, no pueden responder preguntas sobre el sentido de la vida humana, que se fundamenta en la experiencia vivida».
El Papa resume esta distinción con la frase: «El sentido es el oxígeno de la mente». Por lo tanto, el progreso tecnológico por sí solo no constituye el progreso de la civilización. Sin discernimiento moral, los descubrimientos científicos pueden convertirse en instrumentos de dominación, mientras que la eficiencia económica corre el riesgo de convertirse en la única medida del valor humano.
Este requisito también se aplica a la información. León XIV observó que «la comunicación se ha vuelto mucho más rápida, pero no necesariamente más veraz. La información abunda, pero no es sinónimo de sabiduría». De este modo, hizo hincapié en la responsabilidad particular de educadores, investigadores y periodistas en la transmisión de la verdad.
El papel insustituible de las religiones en la civilización.
Finalmente, ante una institución internacional dedicada a la educación, la ciencia y la cultura, León XIV afirmó inequívocamente: «Las tradiciones religiosas desempeñan un papel culturalmente necesario e insustituible». El Papa recordó que la búsqueda del sentido de la vida, la transmisión espiritual y la relación con Dios contribuyen a la construcción de las civilizaciones. Evocó explícitamente la Resurrección de Jesucristo, la victoria de la vida sobre la muerte, y presentó Pentecostés como modelo de una comunión que respeta las diferencias. Esta declaración también sirvió para recordar el lugar legítimo del cristianismo en la vida cultural e intelectual. La religión no puede considerarse únicamente una convicción privada, sin ninguna contribución potencial a las grandes cuestiones que enfrenta la sociedad.
En la UNESCO, León XIV situó así la defensa de la vida dentro de una reflexión más amplia sobre los fundamentos de la civilización. Mientras Francia continuaba sus deliberaciones sobre las condiciones de la atención al final de la vida, su discurso nos recordó que la cuestión crucial no se limitaba a las posibilidades que ofrecían la medicina o el derecho. Se refería principalmente a la forma en que una sociedad percibe al individuo que sufre, depende o padece una enfermedad terminal. La coherencia de la enseñanza del Papa radicaba precisamente en este principio: desde la concepción hasta la muerte natural, el ser humano conserva una dignidad que no depende ni de sus capacidades, ni de su productividad, ni del juicio que la sociedad haga de su existencia.
Por PHILIPPE MARIE.
PARIS, FRANCIA.
VIERNES 25 DE SEPTIEMBRE DE 2026.
TRIBUNE CHRETIENNE.

