“Lero lero…”

Editorial ACN Nº215

ACN

Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026 por la OCDE, no son un accidente estadístico. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, lejos de los 463, 461 y 482 del promedio de la organización. Quedó penúltimo entre los 38 países de la OCDE en lectura y ciencias.

Solo tres de cada diez estudiantes alcanzaron el nivel básico en matemáticas; cerca de la mitad no lo hizo en lectura ni en ciencias. El 41.8% quedó por debajo del Nivel 2 en las tres áreas. En matemáticas, el puntaje es el más bajo de la serie reciente y nos devuelve, en lo esencial, a los niveles de hace dos décadas.

Sin embargo, en un justo juico, la prueba PISA no es un dogma educativo. El diagnóstico de la OCDE tiene fallas que conviene nombrar para no convertirlo en algo definitivo. Evalúa a jóvenes de 15 años que aún están en la escuela. Trabaja con muestras, diseños matriciales y estimaciones psicométricas; el ranking aplasta intervalos de confianza y convierte una diferencia no significativa en «lugar en la tabla». Arrastra sesgo cultural y competencias que privilegian un modo de escolarización urbano, próximo a las economías de la OCDE. No mide la formación artística, la memoria histórica viva, la oralidad de los pueblos originarios ni la vida moral de una comunidad.

No obstante, eso no absuelve a la Nueva Escuela Mexicana. El problema no es que PISA sea imperfecta es que, con o sin PISA, el país no forma lectores capaces de sostener un argumento ni adolescentes capaces de comparar dos rutas o hacer una división silábica. La Nueva Escuela Mexicana antepuso doctrina a formación. En nombre de lo comunitario, diluyó las disciplinas, en nombre de lo integral, recortó la exigencia científica, humanística genuina y artística. El proyecto por campos formativos y la sospecha hacia la evaluación «neoliberal» no produjeron ciudadanos más libres, sino más alumnos como ladrillos en la pared.

El manifiesto pedagógico de ese modelo no nació con PISA 2025. Nació años antes, el 16 de agosto de 2023, en la presentación de los libros de texto de la SEP para cuarto a sexto de primaria. Aquel día, Ana María Prieto Hernández, antropóloga, formadora de docentes, diseñadora de materiales e investigadora de la Universidad Pedagógica Nacional, defendió el enfoque comunitario con un número que las redes y lo volvieron tendencia bajo la palabra «ridícula». Prieto contrapuso al «saber acabado, rígido, descontextualizado» rechazando el individualismo: «Yo aquí, y yo sí sé, y yo me saco 10 y tú te sacaste 5, lero lero, maromero. Yo sí voy a ser exitoso y tú no. No, no es eso. Ahora el asunto es uno para todos y todos para uno», declaró entre saltitos. No era un chiste suelto. Era la pedagogía oficial puesta en escena, el mérito como burla, la excelencia como sospecha, la colectividad como consigna. Quien entonces lo tomó por un episodio folclórico de la 4T hoy puede leerlo como prólogo. La solidaridad no se enseña ridiculizando el diez. Se enseña formando inteligencias que puedan servir a los demás.

Los obispos de México, en el Proyecto Global de Pastoral 2031-2033, lo dijeron con claridad: «Nos preocupa el rezago en la calidad educativa, principalmente en las zonas campesinas, en los pueblos originarios y en las zonas suburbanas… No podemos aceptar que el gobierno margine a la sociedad, y menos a los padres de familia, pues ellos son los primeros responsables de la educación de los niños y jóvenes» (n. 52).

Tienen razón en lo primero y en lo segundo. El Estado no es dueño de la conciencia de los hijos. Pero la Iglesia y cualquier voz honesta, debe completar el diagnóstico. Muchas familias han claudicado de ser protagonistas, entregaron la infancia a pantallas, redes y entretenimiento instantáneo. Sacrificaron la conversación, la lectura compartida, el silencio que permite pensar. La reflexión y la crítica no nacen solo en un plan de estudios, nacen cuando un padre o una madre encausa al hijo a enfrentar un problema del mundo sin intermediario digital. Si la escuela adoctrina, la casa a menudo abdica. Las dos omisiones se refuerzan. México no está condenado por PISA. Está condenado por haber sustituido la formación del juicio por la pedagogía del eslogan. Lo que en agosto de 2023 fue un baile ante las cámaras es, en septiembre de 2026, una generación medida y hallada en falta. La Nueva Escuela Mexicana ha fracasado y hecho semillero de adeptos acríticos y receptores de dádivas como recurso electoral y político. El «lero lero» es por el fracaso de un sistema que ha condenado a la educación a ser de las más rezagadas del mundo.

ByACN
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