El domingo pasado, Jesús nos exhortaba a preocuparnos de las situaciones de peligro y maldad que sufre el hermano para ayudarle a liberarse y salvarse a través de la corrección fraterna. Si callamos ante el error, el pecado y el mal de los demás, seremos responsables delante de Dios de no haberles ayudado cuando todavía era tiempo de hacerlo. Hoy meditamos sobre algo mucho más profundo: ¿Cómo reaccionar frente al mal que ese hermano comete contra mí? ¿debo perdonar? ¿cuál es la motivación?
Hemos escuchado hoy una gran parábola, que surge cuando Pedro pregunta a Jesús: “¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?”. Desea remarcar el sentido del perdón. Recordemos que el deseo de venganza existe en el ser humano como si fuera parte de sus genes y el perdón no es fácil concederlo. Pedro es consciente de los conflictos que se dan entre las personas; conflictos que llevan a los resentimientos y a los deseos de venganza, desea saber: ¿cuál debe ser la actitud de la persona ofendida? Pedro está dispuesto a perdonar, ¿pero acaso su pregunta buscaba poner un límite?: “¿hasta setenta veces siete?” Su pregunta no es mezquina, sino enormemente generosa: “¿hasta siete?” Esa pregunta de Pedro es como un eco de expresiones que a veces ante las ofensas que recibimos decimos nosotros, por ejemplo: “No aguanto más”, “ya está bien”, “éste no me va a tomar el pelo”, “esta es la gota que colma el vaso…” Sin lugar a dudas, Pedro también quería fijar un techo al perdón, poner un límite, reglamentarlo. La respuesta de Jesús es contundente: “No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Setenta veces siete, no es una cifra que haya que contar, sino la medida de una paciencia que no se cansa. Jesús para ilustrar eso, narra una parábola que podemos llamar: “El siervo sin entrañas”. Una parábola que nos conduce a imaginar, a contemplar la gran misericordia de aquel rey, contra la mezquindad de su siervo; una parábola que apunta hacia el perdón total, pero que termina sin misericordia.
Un rey quiso hacer cuentas con sus siervos. Aquel siervo que, sin duda sería un funcionario de rango, le debía muchos millones, una suma gigantesca, una deuda fuera de toda posibilidad de ser pagada. Esta cantidad contrasta con la pequeña cantidad que un compañero le debía a este funcionario. El funcionario arrojándose a los pies le suplicaba a rey; el postrarse es la actitud más humilde para implorar misericordia. Aquel siervo, solicita: “Ten paciencia y te lo pagaré todo”. El rey con su gran corazón, va más allá de la petición de su siervo, no sólo le da tiempo, sino que es capaz de perdonarle la deuda totalmente. El rey no perdona porque el funcionario vaya a pagar, los dos saben que aquella promesa “te lo pagaré todo” es imposible de cumplir. Tampoco le perdona porque el siervo lo merezca, lo hace porque se compadece.
Pero aquel siervo, que tenía un deudor, al salir se encontró con él, lo increpa y le exige el pago de aquella pequeña cantidad, una deuda que sin duda podía ser pagadera. El funcionario se porta con insolencia, sin el menor humanismo, olvidando la experiencia de perdón que su rey le ha concedido, no accede a la súplica de su compañero, más bien, lo mete a la cárcel. El siervo perdonado no sabe compadecerse de su compañero; la experiencia de haber recibido el perdón, no lo conduce a saber perdonar.
La enseñanza final, no describe a un Dios que castiga desde fuera, más bien subraya la gravedad de negarse a perdonar. Quien no entra en esta dinámica, termina encerrándose en sí mismo; el rencor desgasta, amarga y aísla, es una forma de autocondena. Ahora bien, perdonar no significa justificar el mal, ni ignorar el dolor sufrido, en realidad es un camino de liberación interior. Quien perdona, rompe el ciclo del resentimiento y venganza y recupera la paz. Es un proceso que toma tiempo, pero abre la puerta a una vida más plena.
La parábola termina haciendo una invitación a que cada quien perdone a su hermano. Ciertamente en el trasfondo cultural donde predominaba la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente”, el perdón era visto como debilidad. Jesús rompe esa lógica y propone una forma nueva de relación fundada en la misericordia.
Todos tenemos experiencia de lo difícil que es pedir perdón y sobre todo perdonar. Nos cuesta mucho porque las ofensas han herido profundamente el corazón y la vida. Pero el corazón del hombre, nuestro corazón, no fue creado para albergar el odio, sino la compasión, el amor.
Pareciera que es fácil pedir perdón a Dios y nos cuesta perdonar al que nos ha ofendido; queremos misericordia y somos incapaces de otorgarla.
¿Cuál es el alcance de la parábola?
1°- Dios es de corazón tan grande que perdona las grandes deudas que el ser humano tiene con Él y que jamás podrá saldar. Pero desea que se le imite.
2°- Ante la conducta divina, el hombre también debe tener misericordia con el hermano y perdonarle de corazón. Recordemos el padrenuestro: “Perdónanos como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. El perdón de Dios no tiene límites. No pongamos tarifas o límites para perdonar. No debo preocuparme de que Dios me perdone, sí debo preocuparme de que yo sepa perdonar a los demás.
Al comentar este Evangelio, San Agustín nos dice: “Si te alegras de que se te perdone, teme el no perdonar por tu parte”. Él no se cansa de perdonar, no te dice: “siempre vienes con la misma cosa”, sino que te escucha y te abraza como el padre del hijo pródigo.
3°- Jesús sabe que Dios aplica la misericordia, pero en el juicio, dicha misericordia está condicionada a la práctica de la misericordia y el perdón que las personas hayamos vivido durante la estancia en este mundo.
Aunque sabemos que perdonar es una actitud muy difícil, quien perdona vive más ligero, sin cargar odios o resentimientos, así como, no malgastar el tiempo en pensar en venganzas. ¡Deja las ofensas en la historia, que el pasado no amargue tu presente!
Vivamos sin resentimientos, decía San Juan Gualberto: “La venganza te hace feliz un instante, el perdonar te hace feliz siempre”.
Hermanos, debemos reflexionar en el perdón que podemos dar. Recordemos que una pareja sin mutua compasión se destruye; una familia sin practicar el perdón se convierte en un infierno; una sociedad que no practica el perdón se hace inhumana.
¿Qué actitud tengo frente a aquel que me ha ofendido? Pero también preguntémonos con mucha sinceridad: ¿Hay alguien a quien debo pedir perdón o alguien a quien necesito perdonar? Hermanos, el perdón es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

