“La naturaleza no es más importante que la persona humana”: documento del Vaticano

ACN

«Tal igualitarismo radical entre formas de vida es incompatible con la antropología cristiana»:

Este miércoles 2 de septiembre de 2026, el Vaticano publicó un documento sobre la ecología cristiana.

Proteger la Creación no puede llevar a relativizar la dignidad humana.

Esta es una de las enseñanzas más destacadas del nuevo documento de la Comisión Teológica Internacional, titulado « Cuidando nuestra casa común: una respuesta responsable y fraterna al Dios Trino» . Fruto del trabajo realizado entre 2022 y 2025, el texto fue aprobado por la Comisión el 23 de julio de 2026. El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y presidente de la Comisión, lo presentó al papa León XIV el 28 de julio, antes de autorizar su publicación el 21 de agosto.

La ambición va mucho más allá de la mera política ambiental. La Comisión pretende reintegrar la ecología en la teología de la creación: el mundo proviene de Dios, lleva la impronta de su acción creadora y ha sido confiado a la humanidad. La protección de la creación se convierte así en consecuencia de la relación de la humanidad con su Creador. Esta concepción lleva al texto a rechazar dos posturas opuestas.

  • La primera se describe como “antropocentrismo depredador”.
  • Consiste en considerar a la humanidad como dueña absoluta de la creación, con derecho a usarla y abusar de ella . 
  • Tal actitud, según la Comisión, conduce a una lógica de violencia, explotación y la satisfacción ilimitada de los deseos humanos.
  • Pero la respuesta cristiana no consiste en ir al extremo opuesto.

El documento dedica varios párrafos particularmente contundentes al biocentrismo, el ecocentrismo y ciertas formas de «ecología profunda». Estas concepciones tienden a eliminar la singularidad de la humanidad y a situar al ecosistema, o la vida considerada en su conjunto, en el centro. La Comisión considera que este «igualitarismo radical» entre las formas de vida es incompatible con la antropología cristiana.

El hombre pertenece sin duda a la creación y depende de ella, pero no constituye simplemente una especie más entre otras: solo él ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y recibe una responsabilidad moral especial hacia el mundo.

El texto llega a una conclusión : negar esta característica exclusivamente humana puede llevar a «considerar la muerte de un gran número de personas como algo beneficioso para el bienestar de otras criaturas».

  • Se declara que la fe cristiana no puede aceptar tal conclusión.
  • La advertencia también tiene un carácter religioso. Según la Comisión, absolutizar la naturaleza a expensas de la humanidad podría abrir el camino a «una nueva forma de panteísmo teñida de neopaganismo».
  • Por lo tanto, la Iglesia rechaza tanto a la humanidad convertida en depredador como a la naturaleza convertida en un absoluto.

Para superar esta oposición, el documento utiliza la expresión «antropocentrismo situado». Los seres humanos poseen, en efecto, una dignidad particular: son los «interlocutores directos» de Dios y colaboradores en la creación. Pero esta dignidad no les autoriza en absoluto a disponer del mundo arbitrariamente. Al contrario, les exige cuidar lo que se les ha confiado.

Por lo tanto, los seres humanos no son ni dueños absolutos ni intrusos en la naturaleza. Son sus administradores y servidores. En este sentido, la Comisión recuerda las enseñanzas de San Juan Pablo II: la humanidad debe actuar en la naturaleza «no como explotadores irresponsables, sino como administradores sabios y responsables». Esta jerarquía se hace aún más explícita cuando el documento aborda la vida humana. «La vida humana tiene un valor sagrado», afirma, antes de concluir que los seres humanos poseen un «derecho incondicional e inalienable a la vida», que los Estados deben proteger y promover. Por consiguiente, la protección del medio ambiente nunca puede construirse en contra de la persona humana: es precisamente su dignidad particular la que fundamenta su responsabilidad hacia las demás criaturas.

El texto también desarrolla un análisis mucho más severo de la destrucción ambiental. La Comisión incluso propone hablar no simplemente de «pecado ecológico», una expresión que considera insuficientemente teológica, sino de «pecado contra la creación y contra el Creador».

Destruir deliberadamente lo que se le ha confiado a la humanidad es despreciar el designio divino y, al mismo tiempo, perjudicar a la creación y al prójimo, en particular a los pobres y a las generaciones futuras. La conversión ecológica que propone el documento es, por lo tanto, ante todo una conversión de la humanidad. Presupone un cambio en los comportamientos y los modelos económicos, pero también una transformación espiritual: dominio de los deseos, sobriedad, ascetismo e incluso un redescubrimiento del ayuno. La Comisión cree, pues, que la situación actual exige especialmente a las sociedades ricas que reduzcan voluntariamente su consumo y la explotación de los recursos.

La originalidad del documento reside precisamente en este equilibrio. No sacraliza ni el poder humano ni la naturaleza. La humanidad permanece en la cúspide de la Creación en virtud de la dignidad particular que Dios le ha otorgado, pero esta primacía se traduce en una misión de servicio. Por lo tanto, una ecología cristiana no exige que la humanidad desaparezca ante la naturaleza, sino que recupere el lugar que le corresponde ante Dios.

Por QUENTINFINELLI.

CIUDAD DEL VATICANO.

MIÉRCOLES 2 DE SEPTIEMBRE DE 2026.

TCH.

ByACN
Follow:
La nueva forma de informar lo que acontece en la Iglesia Católica en México y el mundo.
No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *