Creer en medio de la crisis

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Hemos escuchado en el Evangelio el pasaje donde “Jesús camina sobre las aguas”. Este texto viene inmediatamente después de la multiplicación de los panes; Jesús apremia a sus discípulos a embarcarse y cruzar el lago, después de despedir a la gente dedica tiempo a la oración, seguro que para poner en las manos de Dios a las personas y sus dificultades.

Los discípulos van solos y se encuentran lejos de la orilla, quizá compartiendo lo que han vivido esa tarde, pero avanza la noche y se encuentran en medio de la inseguridad del mar, la barca está siendo sacudida por las olas, el viento es contrario; pareciera que todo se vuelve en su contra, además la oscuridad lo envuelve todo; les parece que la barca corre el peligro de hundirse. En medio de aquella situación de peligro, Jesús aparece caminando sobre el agua, lo cual ocasiona que lo confundan con un fantasma y den gritos de terror. Jesús les dice tres palabras esenciales: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Jesús viene a calmar los miedos, viene a infundir ánimo y esperanza en el mundo. “Soy Yo”, es decir, no es un fantasma, es Él realmente, está lleno de vida y fuerza salvadora. “No tengan miedo”: debemos aprender a confiar y a reconocerlo en medio de las dificultades. Ante aquella situación, Pedro hace una petición “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”; ese Pedro impulsivo desea vivir la experiencia de ir hacia Él caminando sobre el agua; no sobre la seguridad de la tierra, sino en la inseguridad del agua. Jesús le dice “ven”.

Pedro, baja de la barca y se pone a caminar hacia Jesús; mientras mantiene la mirada fija en el Maestro camina firme sobre las aguas, pero cuando dirige su atención al viento y a las olas comienza a hundirse; esa es la fe desnuda, caminar en medio de las inseguridades hacia Jesús. Pero Pedro sintió la fuerza del viento, “le entró miedo y empezó a hundirse”. Su grito fue “¡Sálvame, Señor!”. Jesús está pendiente de él y “le tiende la mano” y lo “agarra y le dice: hombre de poca fe” y lo interpela “¿por qué dudaste”. El cardenal John Henri Newman dice: “Cuando Pedro puso su mirada en Jesús, empezó a caminar sin dificultad sobre el agua, pero cuando volteó a ver dónde se apoyaban sus pies, sintió miedo”. Cuando perdemos de vista a Jesús los miedos se apoderan de nosotros y podemos hundirnos; no olvidemos gritar a Jesús “Sálvame” que Jesús estará atento para tendernos la mano. Hermanos, cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos, en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. A Jesús la oración y la cercanía a Dios lo hace levitar. A Pedro, aquel ímpetu, aquel deseo de sobresalir de los demás lo hacen hundirse. Es momento de pensar ¿qué nos hunde? ¿qué nos impide elevarnos hacia Jesús? ¿cuál es esa pesadez que no nos deja avanzar?

Nos encontramos ante una hermosa catequesis sobre la fe y la adhesión a Jesús en momentos críticos. En el relato, primero pareciera que estamos solos y que las fuerzas contrarias debemos enfrentarlas solos, sin tener un horizonte anclado en Jesús. Cuando nos centramos sólo en las fuerzas que tiene el mal, nos entra miedo y empezamos a dudar; caemos en la desesperanza. No vemos cómo salir de la situación en que vivimos; por ejemplo, vemos la situación actual de inseguridad y violencia, muy diferente a la narrativa oficialista, esa situación puede conducirnos a la desesperanza, al

escuchar a las autoridades correspondientes para quienes todo está bien, al ver tanta corrupción e impunidad, y que no se avanza en la seguridad, puede llevarnos a la desesperanza, a la falta de horizontes, a caer en una resignación. Nos olvidamos que debemos mirar a Jesús; “es allí en las crisis donde se aquilata nuestra fe” como decía Henri de Lubac.

Nos toca gritarle a Jesús “sálvanos”. Es decirle desde lo más profundo de nuestro ser: nosotros solos no podemos, haznos humildes y humanízanos. No estamos solos, ni Jesús es un fantasma o una ilusión. Jesús está para tendernos la mano. Imaginemos aquella experiencia de Pedro, tomado de la mano de Jesús y sin miedos subió a la barca; aquellos discípulos temerosos que habían gritado “es un fantasma”, ahora decían “verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Hermanos, cada uno en nuestra vida hemos experimentado a Dios de diferentes maneras; hemos sentido su presencia y hemos recibido gozosos algún favor que le hemos pedido; pero a pesar de esas experiencias, muchas veces seguimos dudando, y con certeza Jesús puede decirnos: “hombre de poca fe ¿Por qué dudaste?”. Ante este proceso que con frecuencia nos sucede: fijarnos sólo en la fuerza del mal, dejarnos paralizar por el miedo y hundirnos en la desesperanza. Recordemos: Jesús rompe el miedo con una palabra sencilla y poderosa; ánimo, “Soy yo, no tengan miedo”. Antes de calmar la tormenta, quiere calmar el corazón de sus discípulos. Porque muchas veces la tormenta más peligrosa no es la que está fuera, sino la que llevamos dentro.

En este pasaje Mateo, comunica un mensaje esperanzador, la presencia del Señor es garantía de que, el mal, no tiene la última palabra, de que el miedo puede superarse o al menos enfrentarse adecuadamente, porque Dios está por encima de toda realidad creada por imponente que esta parezca, es su voz la que nos volverá a repetir: “Soy yo, no teman”. ¡No hay nada a que temer con Cristo! No nos quedemos en las dificultades de la vida, hermanos, y en lo mal que está el mundo. Es momento de levantar nuestra mirada a Jesús y gritarle “sálvanos”. No olvidemos que, en medio de la oscuridad y los vientos contrarios, Jesús se hace presente y es allí donde la fe debe hacerse más fuerte; es allí donde debemos aferrarnos a la mano de Jesús para que llegue nuestra calma. Tomados de Jesús, no quiere decir que no habrá tempestades y vientos contrarios, quiere decir que, caminaremos seguros sin miedo a naufragar… levantemos la mirada a Jesús y dejemos que el viento siga soplando.

Pensemos: ¿qué miedo necesito hoy poner en las manos de Jesús, para escuchar de nuevo su Palabra; “ánimo, Soy yo, no tengas miedo”? Porque la oración es descanso del alma, fortaleza del espíritu, serenidad y confianza en medio de las más arduas dificultades. Orar es acercarse a Dios, hablarle, comunicarse con Él, de ahí que la oración, levante el animo y alegre el corazón, ilumine nuestro camino y nos capacite para recorrerlo.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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