El gran milagro quizá no fue la multiplicación de los panes

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelista Mateo habiendo dejado ya la sección de las parábolas del Reino de Dios, ahora nos lleva a adentrarnos en el misterio de la Iglesia, ya desde este momento algunos milagros prefigurarán los signos sacramentales de la Iglesia, hoy se recalca la preocupación de Jesús hacia el hambre de las personas y la mediación de los discípulos (la Iglesia) para saciar esa necesidad de la multitud.

El contexto nos recuerda que Jesús al enterarse de la muerte de su precursor, se retira a un lugar solitario. El Bautista había sido decapitado por el capricho de una mujer que se ha sentido ofendida, ya que el Bautista denunció su adulterio. Aquel monarca, como un títere, cede a los caprichos de esta mujer y manda decapitar al Bautista.

Para Jesús es momento de apartarse de la vida ordinaria, de organizar las ideas junto a sus Apóstoles y busca un lugar solitario. Aquella muchedumbre lo necesita y lo sigue; Jesús no puede darles la espalda, su compasión es más grande que su necesidad de soledad y descanso. Y así, una larga jornada nos muestra la dedicación de Jesús para los necesitados. Era el atardecer, los discípulos le piden que despida a la gente, pero la compasión del maestro, no tiene límites. En su atención a aquella multitud Jesús incluye a sus discípulos.

El texto nos dice “vio aquella multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos”. La compasión no es un sentimiento de lástima; la compasión hace estremecerse desde las entrañas por el dolor ajeno, eso lo lleva a buscar soluciones para los demás, se preocupa y se ocupa. Esa es la actitud de Jesús.

Los Apóstoles asumen una postura de preocupación, pero sin responsabilidad “estamos en despoblado y empieza a oscurecer, despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Se dan cuenta de la necesidad, decimos que se preocupan, pero piden que cada quien se ocupe de sus necesidades y se arregle como pueda. Son muchas las cosas que nos hacen experimentar nuestra fragilidad, pero la más fuerte de todas, es sentir el hambre y la sed. Qué diferente la actitud de Jesús: denles ustedes de comer, les dice. De hecho, Jesús no se dedica a predicar su mensaje. Nada se dice de su enseñanza, Jesús está pendiente de las necesidades de las personas. El evangelista sólo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente. Descubrimos a un Jesús que antes de multiplicar los panes, desea multiplicar los corazones para que sientan lo que él siente: compasión. Cuando Jesús tuvo los panes que le llevaron, escuchamos “partió los panes”, primero quiso partir los corazones endurecidos de aquellos que sólo sentían lástima y no compasión, por eso rehuían a la responsabilidad.

El gran milagro quizá no fue la multiplicación de los panes; el gran milagro es dejarse implicar en la situación del otro, conmoverse por el dolor del prójimo, sentirse interpelado por sus necesidades, ser sensible a las situaciones desesperadas por las que pasan los demás. Ese es el verdadero milagro.

Reflexionemos un poco en las dos actitudes:

  1. Los Apóstoles. La actitud de ellos era una preocupación que no lleva al compromiso. Una preocupación basada en los cálculos: “¿dónde encontrarían panes suficientes? ¿qué dinero podría alcanzar?” Era más sencillo que cada quien se las arreglara solo. El mundo en el cual vivimos, marcado por el individualismo, nos conduce a tener esta actitud, a preocuparnos y ocuparnos por “nuestras cosas” y que los demás se las arreglen como puedan, como decimos “que se rasquen con sus propias uñas”. Esa actitud nos afecta a todos, nos enconchamos y nos ocupamos sólo de lo nuestro; rehuimos a la responsabilidad; quizá nos quedamos en la actitud de sentir lástima ante las necesidades de los demás, pero no damos el paso a la compasión.
  2. Jesús. Él desea responsabilizar a sus Apóstoles “denles ustedes de comer”, desea multiplicar la compasión, involucrarlos en las necesidades de los demás. Ante la respuesta de “no tenemos más que cinco panes y dos pescados”, Jesús dice: “tráiganmelos”. Para que se dé el milagro, Jesús no crea el pan de la nada, ni transforma las piedras en pan como le sugirió Satanás en el desierto; Jesús se sirve de aquella desproporción entre el pan existente y la gente reunida. El milagro surge gracias a la generosidad de aquellos que ofrecieron sus panes y gracias también a que, son tocados por la bendición; y así la mano de Dios, alcanza para todos. Es entonces cuando se da el banquete de la vida, eso es, la multiplicación de los panes.

Apenas Mateo, ha relatado el banquete de Herodes donde el rey, había mandado traer la cabeza de Juan el Bautista. En aquel palacio, como ha sucedido y sucede en tantos palacios, la muerte campeaba a sus anchas, la hipocresía se manifestaba sin rubor, se exhibía la maldad, se presumía inmoralidad, se alardeaba el poder para adueñarse de la vida de un inocente: unos culpables directos de su asesinato, otros, culpables por complicidad, al participar de aquel banquete de muerte. Ahora el evangelista conduce al lector para que sea testigo de la multiplicación de los panes: “un banquete de vida”, este banquete no es ajeno a la realidad: Jesús se ha enterado del asesinato de Juan, aunque el texto no habla explícitamente de su dolor o tristeza, podemos suponerlo al constatar que se dirige “a un lugar apartado y solitario”. Sin embargo, la realidad no queda determinada, por la maldad que se vive en el palacio de Herodes y sus secuaces. La realidad sigue impregnada de esperanza, pues Jesús, se compadece y cura a los enfermos. Con estas precisiones el evangelista prepara el escenario para el banquete de Jesús: no prevalece el egoísmo como en el banquete de Herodes; aquí prevalece la corresponsabilidad. Los discípulos aportan cinco panes y dos peces y el Maestro ofrece el resto, bendice, parte y comparte; todos comen, todos viven, nadie muere. La vida se desborda a tal grado que alcanza a los presentes y sobra, para que incluso los ausentes puedan participar después de lo que da vida. Con razón muchos estudiosos ven en la multiplicación de los panes un símbolo de la Eucaristía.

Hermanos; el Evangelio nos lleva a reflexionar como en nuestro mundo se han multiplicado los pobres, las personas que necesitan alimento para saciar el hambre. También se han multiplicado los recipientes donde se guarda comida; se ha multiplicado la cantidad de comida que se tira a la basura. Pero lo que falta que se multiplique son los corazones llenos de compasión; corazones que se estremezcan con el dolor ajeno.

Las palabras de Jesús siguen lastimando nuestros oídos “denles ustedes de comer”. Como cristianos, como seguidores de Jesús, no basta tener lástima o dolernos con las necesidades de los demás, es necesario buscar las maneras propicias para que nuestra ayuda sea efectiva. La compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia, de nosotros que la formamos, como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús, siempre que reducimos la fe a un espiritualismo desencarnado que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.

No es tiempo de tirar la comida, es el momento de saber compartirla; quizá todos tengamos algún vecino necesitado, algún anciano enfermo deseoso de llenarse con lo que tenemos guardado en el refrigerador. Ahora nos toca multiplicar los panes, sólo así podremos tocar corazones, para que den el salto de tener lástima a ser compasión. Es un milagro que debemos seguir realizando día con día, teniendo la certeza de que una sociedad más humana, capaz de compartir su pan con los hambrientos, tendrá recursos suficientes para todos. En un mundo donde mueren de hambre millones de personas, los cristianos solo podemos vivir avergonzados porque nos sigue diciendo el Maestro, “denles ustedes de comer”. El hombre de hoy, tiene hambre física, hambre de pan, pero también, hambre de felicidad, de sentido de vida, de cercanía, hambre espiritual. De ahí que la preocupación que Jesús tiene, va más allá de saciar el hambre material, Dios desea saciar completamente al hombre, aún en su interior, por eso, dice el profeta en la primer lectura; “Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platos sustanciosos, préstenme atención, vengan a mí, escúchenme y vivirán”.

Ante las palabras de Jesús “denles ustedes de comer”, no caigamos en la tentación de pensar que no alcanza, que no es suficiente lo que somos o lo que tenemos. El Evangelio nos dice hoy, que Jesús sigue contando con lo poco que llevamos; con nuestra disponibilidad, con nuestra capacidad de compartir. En sus manos, lo limitado se vuelve fecundo y genera esperanza, vida.

Preguntémonos hermanos, ¿qué tan dispuesto estoy a que mi vida sea Eucaristía, “pan partido y compartido”, compartiendo lo que soy y recibo, con quien no tiene, tomando de la mano a quien se siente triste?

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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