A DIOS le pertenece el tiempo, porque es creación suya como el resto de las cosas que han entrado en la existencia temporal. Pero cuando nosotros utilizamos esta expresión, “un tiempo para DIOS”, estamos indicando que, de forma preferente vamos a dedicar unos minutos, horas o días, a la consideración de DIOS mismo o de sus obras. Estamos inmersos en una reciprocidad, de la cual no es posible sustraerse: en la medida que buscamos a DIOS, resaltan las cosas que no se identifican con ÉL; pero en el momento que vamos a la raíz de lo que nos rodea, DIOS surge como el fundamento, salvo que se proceda con la hipótesis de su ausencia o inexistencia. Con un ritmo semanal, el domingo tiene un contenido especial, que deja sentir su impronta más allá del descanso físico. La atmósfera del domingo hace intuir lo sagrado, incluso en aquellos que viven al margen de la Fe. El domingo reclama un contenido bíblico, que le da un carácter propio, pues hacemos valer la Revelación en la secuencia temporal del día sagrado. Algunos vendrán argumentando, que la economía de la Nueva Alianza deja a un lado la distinción entre lo sagrado y lo profano, pero tal cosa no tiene fundamento, pues en la Nueva Alianza también se bendicen con gracias especiales lugares y tiempos. El hombre puede crear lugares de culto, que DIOS bendice; y disponer fiestas, a las que se une la asamblea celeste (Cf. Hb 12,22). El tiempo dedicado al trabajo también es un tiempo sagrado a su modo, pues DIOS encomendó al hombre, mediante el mismo, la transformación del mundo. Si la actividad humana discurriese por la contemplación pura y la creatividad plena, entonces, se habrían unificado las líneas paralelas de actividad y descanso, que en nuestra condición presente deben proseguir, de forma solidaria: el descanso sigue a la actividad, y ésta se percibe convenientemente recompensada con la paz y la alegría, que aspira al júbilo celestial.
La bondad de DIOS es fuente de alegría
Un día, probablemente un domingo, empezamos a pensar y a dar vueltas sobre la bondad de DIOS; y salimos de aquellas elucubraciones con una paz interior difícil de explicar, pues el mundo y las propias cosas las veíamos desde otra perspectiva. Fue un día, en el que no nos dedicamos a fiscalizar la acción de DIOS. Cuando adoptamos el perfil de rigurosos y sesudos, capaces de sentar a DIOS en el banquillo de los acusados; entonces, salimos con la cabeza caliente y los pies fríos. Debemos aprovechar las visiones bondadosas que la Palabra de la Biblia nos ofrece sobre DIOS, porque constituyen el hilo conductor más auténtico. JESÚS se lo dijo al rico joven: “Sólo DIOS es bueno” (Cf. Mc 10,18). Vamos a tratar de entender, en primer término, que DIOS es bueno, compasivo, misericordioso y ofrece su perdón eterno a los hombres. Si afrontamos la vertiente bíblica por la que DIOS se muestra terrible, cargado de justicia que aplica sin contemplación alguna; entonces es posible que salgamos de esas cogitaciones un tanto perturbados, sin paz interior, y con muy pocas ganas de volver la mirada al DIOS supremo que en su infinita perfección no tiene por dónde cogernos, si no es para echarnos a esas gehennas -hornos- encendidos, llameantes y devoradoras en segundos de todo lo que allí vaya a parar.
A DIOS se le entiende
Cuando queremos comprender, entendemos a DIOS, que se muestra “bueno con todos y cariñoso con todas sus criaturas” (Cf. Slm 144,9). Esta bondad de DIOS debería ser la normalidad de la existencia humana, porque ÉL está dispuesto a proveer de todo lo necesario a sus hijos, como sigue insistiendo el mismo Salmo. En estos tiempos de confusión, hay quienes se empeñan en dar un protagonismo al SEÑOR un tanto chocante. Unos no quieren señalar como principio causante la voluntad de DIOS, pero tampoco admiten que prescindamos de su enojo ante tanto desatino, por lo que se hace necesaria una corrección. Algunos prefieren la rápida explicación de otros tiempos, esperando como irremediable un castigo del Cielo. Pero cuando se ve en todo esto que está ocurriendo la mano del hombre, resulta muy arriesgado decir que DIOS quiere algo. Tenemos males a la carta, que cumplen las premisas de los especuladores, opinadores y planificadores de la ingeniería social, y quieren que DIOS intervenga en toda la ola de confusión. Gran cosa será, que la paz vuelva a los corazones de muchas personas; y el sentido común no se aparte de nosotros. Por encima de las imposiciones presentes, tiene que prevalecer el fondo religioso, que hace posible la vida de nuestro espíritu: DIOS es bueno y nuestra vida está en sus manos. La persona que acepta este hecho genera una fuerza interior que actúa de contrapeso a la asfixia espiritual amenazante. Esta situación estaba anunciada, pero que nadie la vaya a buscar en detalle a ninguna página de la Escritura. No es bueno hacer intervenir a DIOS como causante, de los males que nos afectan. En todo caso, DIOS tendrá que buscar todos los resquicios que permanezcan abiertos de nuestra soberana libertad para echarnos una mano; y, así, continuar la marcha de la humanidad con un poco de sosiego.
El tercer Isaías
Isaías es uno de los grandes libros de la Biblia, que más nos puede acercar a la mente y al misterio de DIOS. Mente y Misterio, porque estamos llamados a entender algo de DIOS, aunque lo que no entendemos nos desborde hasta el infinito. Grandes sorpresas nos guarda este libro sagrado, si lo leemos despacio. Con tres versículos iniciales, al comienzo de la lectura del Tercer Isaías, tenemos un incipiente programa a desarrollar. “Todos los sedientos id por agua; y los que no tenéis plata venid. Comprad sin plata y sin pagar; y comed vino y leche” (v.1). El Tercer Isaías inicia su profecía con una llamada de atención a la gratuidad de las cosas de DIOS. Nadie tiene plata para que sirva como moneda de cambio y adquirir lo que de DIOS viene, y es absolutamente preciso. Sin los dones de DIOS las necesidades espirituales de la persona no están cubiertas y el alma se queda en una aspiración por lo divino, que no pasa de la trémula sombra que aparece por momentos, sin definir, ni dar razón del foco de luz que la proyecta. Con toda claridad, en el Tercer Isaías, DIOS se revela con gran esplendor dispuesto a mostrarse a todos los pueblos y revelarse grande para todos, con lo que el propio Israel se volverá grande y universal gracias a la manifestación del SEÑOR. La aurora espiritual que el profeta vislumbra para el Pueblo en general comienza por cada devoto en particular. La tierra sagrada dada por YAHVEH era especial, pues a ÉL debía estar consagrada, ya que prometía “manar leche y miel” (Cf. Ex 3,17). Ahora los sedientos todos pueden ir por el agua espiritual al SEÑOR, totalmente de balde; porque, en realidad, no hay dinero que pueda alcanzar la satisfacción de los deseos humanos. La espiritualidad bíblica no anula la humanidad, sino que la encauza y conduce hacia una realización plena en lo personal. Los deseos nobles representan fuerzas interiores que impulsan el alma humana hacia las metas propuestas por DIOS. La sed espiritual nace en los deseos insatisfechos, que al mismo tiempo dilatan el alma humana; y sólo el agua del SEÑOR puede saciar la aspiración de infinitud. El profeta Jeremías, que vivió unos cien años antes que el Tercer Isaías, se quejaba de los que iban a beber en aljibes agrietados (Cf. Jr 2,13). Ahora, el profeta propone al mismo YAHVEH como la fuente que sacia las aspiraciones profundas del hombre. La plata más refinada no puede comprar el don de DIOS, por lo que cualquier mérito particular queda desvanecido. El ego se reconoce en la plataforma del yo-puedo; y esta palestra se forja con el yo-tengo. Las burdas o sutiles vías de deificación personal deben desaparecer en la relación con DIOS, para que el don de DIOS se trasvase de ÉL a nosotros. No tenemos dinero ni plata apropiada para adquirir lo que DIOS ofrece, y nosotros necesitamos. Mediante el culto sencillo y sincero entramos en la comunión con DIOS, que se ofrece como alimento y motivo de profunda alegría. No sólo el profeta resalta el agua proveniente del SEÑOR, sino que menciona la “leche” y el “vino”. La tierra de Israel prometía alimento en abundancia y sin esfuerzo: “una tierra, que mana leche y miel” (Cf. Ex 3,17). DIOS mismo es ahora la fortaleza y la fiesta del creyente, porque DIOS va a establecer una Alianza Nueva con todos sus hijos: “Voy a firmar con vosotros una Alianza eterna, las amorosas y fieles promesas hechas a David” (v.3). Con la venida y la entrega del HIJO se esclarecieron todas las promesas habidas en la Antigua Alianza. Con JESÚS todos tenemos el “denario”, que paga la eternidad y lo que ella contiene para nosotros. JESÚS es el “denario” que paga a los de la primera hora por el trabajo en la viña, y también a los de la última hora (Cf. Mt 20,8ss). En JESÚS, DIOS establece una Alianza eterna con todos los beneficios prometidos a David. Esta referencia a David es una forma de significar la creciente revelación a lo largo de las generaciones, en las que se renuevan las promesas, a pesar de las sombras surgidas en el camino. Ni las idolatrías, ni las apostasías, fueron obstáculo para que la promesa de DIOS se cumpliese, abriéndose paso a lo largo de los siglos entre los pliegues de una historia muy convulsa. Está muy bien que todos deseemos una vida cotidiana tranquila, pero el estado normal de la humanidad a lo largo de los siglos no fue el de una paz garantizada, como tampoco lo es, en este momento, para una parte importante de los habitantes de este planeta.
Las comidas con JESÚS Mateo 14,13-21
Entre los signos realizados por JESÚS, en el periodo de la evangelización tienen un especial interés las comidas. Las distintas multiplicaciones de panes y peces narradas por los evangelistas ahondan en la importancia de estas reuniones multitudinarias. Tenemos, por tanto, las comidas con JESÚS en los círculos familiares como ocurrió en casa de Pedro (Cf. Mc 1,29); en casa de Mateo, el publicano que iba a convertirse en discípulo (Cf. Mt 9,10); la comida en casa de Zaqueo (Cf. Lc 19,5); o la comida en casa de Simón el leproso en Betania, a la que asistieron Lázaro y sus hermanas (Cf. Mt 26,6). Todas estas comidas adquieren un valor especial al constituirse en una viva anticipación del banquete del Reino de los cielos (Cf. Mt 22,1-14). En cada comida, JESÚS establece lazos de concordia, perdón y acogida para el Reino de los Cielos. La predicación y los milagros pueden tener una comida como culminación de toda la tarea realizada. Esto último queda patente en los casos de las multiplicaciones de los panes y los peces relatadas por los evangelistas. La diversidad de personas y condición de las mismas, en estas comidas multitudinarias, ofrece una imagen clara de la universalidad del Mensaje de JESÚS. Las reservas judías a la hora de compartir la mesa con personas de cualquier condición chocan con la acogida general realizada por JESÚS. En estas comidas en las que participan miles de personas, se da por entendido que las pautas de los ritos de purificación destinadas a regular las comidas, quedan del todo relegadas. Este panorama tuvo que contribuir de modo notable al antagonismo hacia JESÚS por parte de las autoridades religiosas. Aquellas comidas eran un signo de mesianidad, que ponía en evidencia el sentir de muchos corazones. Es el evangelio de san Juan el que de una manera más evidente resalta las distintas actitudes ante lo que estaba ocurriendo: una parte quería tomarlo como rey o líder político (Cf. Jn 6,15); otro sector lo abandona, y una minoría lo sigue cuando JESÚS da razón precisa de las comidas multitudinarias (Cf. Jn 6,60-67). En el Sacramento de la Eucaristía, JESÚS sigue multiplicando su Presencia para llegar a las multitudes de cada época.
Los discípulos del Bautista
El capítulo trece, dedicado a las parábolas del Reino de los Cielos, termina con la visita de JESÚS a Nazaret. Tiene su importancia este hecho, que sirve al evangelista san Mateo para señalar las nuevas etapas por las que va pasando la misión de JESÚS: los lazos familiares y de vecindario se van transformando de forma drástica, aunque san Mateo no reproduce la hostilidad descrita por san Lucas (Cf. Lc 4,16-30). Ahora son los discípulos de Juan Bautista, los que traen noticias preocupantes: Herodes ha decapitado en la cárcel de Maqueronte a Juan y ellos reclamaron su cadáver para darle sepultura (Cf. Mt 14,3-11). Es muy posible que algunos de los discípulos del Bautista se incluyeran en el grupo que seguía a JESÚS, que sabemos era bastante más amplio que el grupo de los Doce. Ante la noticia, JESÚS se retira en barca a un lugar apartado, pero la gente lo sigue por tierra para encontrarse con ÉL.
La curación de los enfermos
“Al desembarcar, vio a mucha gente, le dio compasión de ellos y curó a sus enfermos” (v.14). Este es un sumario similar, al descrito por san Marcos cuando los discípulos vuelven de la misión, y JESÚS decide retirarse con ellos a un lugar solitario para descansar un poco (Cf. Mc 6,31). Pero antes de considerar los milagros y las curaciones a las multitudes, debemos observar uno de los hechos repetidos en la vida pública de JESÚS: el dominio de los tiempos. JESÚS da muestras de un conocimiento preciso del designio del PADRE sobre ÉL, y debe regular los tiempos para que la Misericordia de DIOS resplandezca con toda claridad. La muerte, como a Juan Bautista, tendrá que llegar, pero en el momento señalado, cuando se hayan agotado todos los recursos de la Misericordia.
JESÚS, al retirarse a un lugar solitario no está huyendo de Herodes, sino expresando el duelo por la muerte del que catalogamos como el Precursor, pues en lo personal la comunión espiritual entre Juan y JESÚS fue muy estrecha. Lo descrito por san Lucas, en el tiempo de gestación de MARÍA e Isabel ofrece un nivel de comunión espiritual, que incluye muchos estratos de la personalidad. Juan Bautista, en la edad adulta, fue testigo de excepción de la revelación trinitaria, que confirmó la misión de los dos, cada uno en el puesto designado por DIOS. Los lazos humanos y espirituales entre JESÚS y Juan Bautista, estuvieron en la base del conocimiento de JESÚS hacia Juan: “Juan es el más grande nacido de mujer” (Cf. Mt 11,11). Lejos de JESÚS el miedo a Herodes, al que califica como “zorra lujuriosa”, cuando le dicen que lo está buscando para matarlo (Cf. Lc 13,32). Por encima de su propio dolor, JESÚS antepone la compasión hacia aquella multitud necesitada y con enfermos en medio de ella, que se veía “como ovejas que no tenían pastor” (Cf. Mc 6,34). La máxima diligencia de JESÚS se muestra siempre frente al dolor y el sufrimiento de los hombres, que acampan a sus anchas por todas partes. Por eso, cuando ÉL muere y Resucita, promete el envío del ESPÍRITU SANTO, que debe continuar en el mundo esta misma función: defender y proteger a los pecadores arrepentidos, y consolar a los que sufren. El ESPÍRITU SANTO continúa la acción de JESÚS.
Al atardecer de aquella jornada
Los milagros y curaciones son gracias carismáticas, que acompañan a la predicación y le dan un especial tono de poder espiritual y autoridad. El rechazo de estos signos es preocupante, porque se pone en tela de juicio la propia predicación y el Mensaje contenido. Los evangelios nos dan buena muestra de lo anterior. En las últimas décadas hemos dado por concluida esa etapa, en la que los signos de carácter carismático se manifestaban, considerándolos innecesarios, pues la mentalidad moderna siente rechazo hacia esas cosas. Lo cierto es que el debilitamiento de la predicación es notorio y es difícil encontrar signos poderosos de conversión.
El atardecer del día conduce a la conclusión de la jornada, y prepara para el descanso que repare las fuerzas necesarias para el día siguiente. El atardecer tiene un profundo significado bíblico, en cuanto que señala la secuencia en la que se mueve la creación; y, en este caso, la nueva creación. Fue al atardecer cuando el RESUCITADO partió el pan con los discípulos de Emaús (Cf. Lc 24,30-31). Y en este atardecer, antes de la Pascua, se va a revelar un signo mesiánico, que preludia el Banquete Eucarístico. “Dadles vosotros de comer” (v.16). Aquel retiro de JESÚS iba a servir para mostrar a los discípulos un nuevo don con el que construirían, en un futuro próximo, la comunidad cristiana. Los discípulos habían sido enviados en misión, y predicaron la Palabra del Reino con signos carismáticos, pero faltaba la preparación conveniente para un alimento del todo especial. Lo que iban a presenciar era una semblanza de la Eucaristía, que estaba por venir. Los discípulos encuentran cinco panes de cebada y dos peces, que JESÚS requiere para bendecirlos. Al modo de la bendición del pan por parte del dueño de la casa, en la Pascua judía, JESÚS bendice aquel pan y se lo da a los discípulos, para que lo repartan. Es una secuencia que se repetirá innumerables veces a lo largo de los tiempos para repartir el Pan de la Eucaristía; o la EUCARISTÍA que es JESÚS.
Se reclinaron sobre la hierba” (v.18)
El Pan Eucarístico de los tiempos mesiánicos está destinado al Pueblo libre de ese mismo tiempo sagrado. Se describe la disposición de la multitud en un campo con la hierba crecida y los reunidos reclinados sobre la misma: esta es la posición del hombre libre. Los espíritus más despiertos tuvieron que percibir el cumplimiento anticipado en los Profetas y en los Salmos. Tras la muerte del Bautista, JESÚS no aprovecha aquella convocatoria para soliviantar los ánimos contra Herodes y el régimen establecido por el Impero Romano en Israel, sino que despliega una acción extraordinaria de paz y bienaventuranza. La solución de los problemas no tiene su base en la violencia, sino en la acción de DIOS que ofrece modos alternativos de proceder cuando el corazón humano se ha convertido.
Doce cestos de sobras (v.20)
Todos comieron hasta saciarse y sobró del pan y el pescado bendecidos. La comida sobrante recalca la acción sobreabundante y gratuita de DIOS. “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Cf. Jn 10,10). El Amor de DIOS se enriquece cuando da y su don es aceptado. La pobreza de DIOS es nuestra ruina, y la riqueza de DIOS nuestra salvación. Es fácil deducir el simbolismo de los doce cestos de pan y pescado sobrantes, porque nos está remitiendo a la Gracia inagotable de la Nueva Jerusalén con sus doce entradas (Cf. Ap 21,12). La acción mesiánica de JESÚS comienza aquí, en este mundo, y prepara la estancia del Reino de los Cielos junto al PADRE. La lectura de este milagro en línea estrictamente sociológica es contraria a su verdadera finalidad, pues el Reino de los Cielos tratado en las parábolas, recibe ahora, con este signo, un impulso nuevo. Estamos a medio camino entre la predicación y la Eucaristía, pero el signo preanuncia el Reino futuro.
Fueron cinco mil (v.21)
Como en el relato de san Juan, los que estuvieron en aquella cena, al final del día, fueron “cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” (v.21; Jn 6,10). Sabemos que a la hora de ofrecer cantidades, los autores sagrados no tiene intención estadística ni cuantitativa; por lo que el dato debe interpretarse con amplitud. A JESÚS lo buscaba la gente por distintos motivos, y el testimonio evangélico señala que movía multitudes. Como le confesó en su día el sanedrita Nicodemo: “Nadie puede hacer las obras que TÚ realizas, si DIOS no está con él” (Cf. Jn 3,2). Lo desplegado por JESÚS en aquellos tres años de vida pública coronado con su muerte en la Cruz y la resurrección, llega hasta nuestros días, y continuará hasta que la vida del hombre en la tierra esté presente; porque la Redención es primeramente para los hombres; y la vida de cada uno le ha costado muy cara al VERBO que se encarnó y murió por nosotros.
San Pablo, carta a los Romanos 8,35.37-39
El Amor de CRISTO
Estos últimos versículos del capítulo ocho, de la carta a los Romanos prosiguen con una interrogación retórica, que es todo un pronunciamiento doctrinal: “¿Quién nos separará del Amor de Cristo?” (v. 35). El apóstol mencionará una serie de posibles causas, unas de origen humano y otras de carácter espiritual, para resaltar la fortaleza y trascendencia del Amor de CRISTO. Estos versículos están en la misma línea del capítulo trece de la primera carta a los Corintios, donde san Pablo concluye, hablando de la Caridad que “todo lo cree, todo lo espera, todo lo disculpa y todo lo soporta” (Cf. 1Cor 13,7). Un Amor con estas características, sólo puede ser divino, pues las fuerzas personales son muy precarias y limitadas. “¿La persecución, el hambre, los peligros, la desnudez, la espada? (v.35). No estaba hablando de teorías, pues cuando san Pablo escribe tales cosas menciona en concreto lo que él ha vivido, como nos cuenta en la segunda carta a los Corintios: “Es una locura lo que digo, también presumo yo. ¿Qué son hebreos? también yo lo soy. ¿Qué son israelitas? ¡también yo! ¿Son descendencia de Abraham? ¡también yo! ¿Ministros de CRISTO? ¡digo una locura! ¡yo más que ellos! Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez”; (Cf 2Cr 11,21-27).El apóstol habla del Amor de JESUCRISTO con el testimonio de su vida y sabe gracias a la fidelidad de CRISTO que pudo soportar situaciones extremas en distintas ocasiones. Pero si los contratiempos humanos fueran poca cosa, tenemos a las potencias espirituales intentando con un máximo interés apartarnos del seguimiento de JESÚS. Y san Pablo señala algunos de estos poderes actuantes: “Estoy seguro, que ni la muerte, ni la vida, ni los Ángeles, ni los Principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni criatura alguna podrá separarnos del Amor de DIOS manifestado en CRISTO JESÚS, SEÑOR nuestro” (v.37-38). No existe altura o profundidad, a la que no sea capaz de alcanzar el Amor de CRISTO. Tampoco existe Potestad o Principado angélico que no esté en el señorío de CRISTO, incluidos aquellos de signo satánico, que abismándose en su distanciamiento también doblan “la rodilla ante ÉL” (Cf. Flp 2,10). La muerte perdió su letalidad, porque el Amor de CRISTO entró en ella para destruirla. El tiempo está redimido, porque entró en la intersección de la eternidad por la Cruz y la Resurrección de CRISTO. Y no existe proyecto humano o angélico, que pueda afectar al futuro abierto por el Amor eterno de DIOS, en CRISTO JESÚS. Esta apoteosis del Amor de CRISTO no es un triunfalismo, sino la cumbre del proyecto de DIOS manifestado en CRISTO JESÚS.

