Ante el “tesoro” lo demás se vuelve superfluo

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XVII Domingo del Tiempo Ordinario

Hace ocho días escuchábamos tres parábolas que nos describían cómo es el Reino de los cielos del que nos habla Jesús, hoy se nos describe cuál debe ser la actitud del ser humano que descubre ese Reino. Jesús trataba de comunicar a la gente su experiencia de Dios y de su gran proyecto de ir haciendo un mundo más digno y dichoso para todos. No siempre lograba despertar su entusiasmo; estaban demasiado acostumbrados a oír hablar de un Dios sólo preocupado por la ley, el cumplimiento del sábado o los sacrificios del templo. No era fácil creer a Jesús; algunos se sentían atraídos por sus palabras; en otros, por el contrario, surgían no pocas dudas. ¿Era razonable seguir a Jesús o era una locura? Hoy sucede lo mismo: ¿Merece la pena comprometerse en su proyecto de humanizar la vida o es más práctico ocuparnos cada uno de nuestro propio bienestar? Mientras tanto, se nos puede pasar la vida sin tomar decisión alguna. Jesús cuenta dos pequeñas parábolas para sacudir la indiferencia y seducir el corazón de aquellos campesinos y de todos nosotros. Escuchamos la primera parábola que hace alusión a un campesino que encuentra un tesoro en un campo. Se trata de un jornalero pobre, que trabaja en un campo que no le pertenece. No se plantea el problema jurídico del terreno; trabajando encuentra el tesoro y su alegría es tan desbordante, que es capaz de vender todo lo que tiene para comprar aquel terreno. No anda buscando tesoros, pero es capaz de reconocer lo encontrado. Ante el “tesoro” lo demás se vuelve superfluo.

Es semejante la reacción del mercader de perlas, en la segunda parábola, y toma la misma decisión. Su hallazgo no es casual, vive dedicado a esa búsqueda de perlas finas. Este mercader encuentra una perla fina y todas las demás palidecen ante la encontrada; vende todo cuanto tiene y la compra lleno de alegría. Existen dos datos comunes en las parábolas: los dos se llenaron de alegría con aquel hallazgo y venden “todo” para adquirir lo encontrado. Nada es más importante que buscar el Reino de Dios y su justicia.

Si analizamos la vida de los santos a lo largo de la historia, nos damos cuenta que ellos no le dieron importancia a lo que dejaron. Recordemos a Pedro que dijo: “Maestro, nosotros que lo hemos dejado todo para seguirte” (Mc,10,28). San Francisco de Asís regala las piezas de tela y el caballo de su padre, tira sus vestidos. Lo maravilloso no es el abandono de lo adquirido, sino el cambio de actitud, esa alegría por haber encontrado el mayor tesoro. Es claro que el Reino de Dios es un don, no es algo que podamos construir con nuestras manos. Es un don que requiere una respuesta humana. El campesino no hubiera encontrado el tesoro, si no hubiera cavado en el campo; ni el mercader hubiera encontrado la perla fina, si no la hubiera buscado. Dios abre la puerta al ser humano, pero es el ser humano el que debe cruzarla. Jamás Dios lo empujará para que cruce el dintel.

Las parábolas nos enseñan que el Reino de Dios ya está en el mundo, al ser humano le toca poner lo que está de su parte para encontrarlo; se necesita trabajo, búsqueda, disposición, etc. Las parábolas nos enseñan que el Reino de Dios no llega de manera aparatosa, sino que está presente de manera sencilla, hasta parece insignificante, pero está presente.

Hermanos, no nos cansemos de cumplir nuestra misión, como el labrador que haciendo su trabajo encontró el tesoro. No nos cansemos de ser buscadores, un buscador no se conforma, sigue haciendo su trabajo, sabe lo que busca. En la sociedad actual, pareciera que las nuevas generaciones no saben lo que buscan; seamos impulsores, motivadores, para que encuentren sus objetivos, sobre todo que descubran la grandeza del Reino de Dios. Ustedes padres de familia, ayuden a que sus hijos sean buscadores como el mercader; ellos tienen que encontrar la perla preciosa; ustedes como papás ayúdenles y motívenles para que ellos sean los que busquen y puedan encontrar lo buscado, la perla preciosa, el tesoro escondido.

En nuestros días, he escuchado que los jóvenes cambian de trabajo con frecuencia, quizá se cansen de la rutina o caen en la monotonía; lo peor sería que no quisieran trabajar y sentados o acostados quieran encontrar el tesoro que cambie sus vidas. Aquel campesino trabajaba una tierra que no era de él; hacía lo que le tocaba cada día, enfrentando las dificultades ordinarias: el calor, el cansancio, el sol abrazador del medio día, etc. Y allí en medio de sus dificultades, encontró el tesoro. ¿Papás, saben lo que buscan sus hijos? ¿Serán capaces de distinguir una perla fina, de una piedra común?

¿Cómo les están ayudando a ser buscadores?

Hermanos, me parece que en nuestros días hemos perdido el espíritu de búsqueda; nos enfrascamos tanto en las redes sociales, que no somos capaces de ver la vida; buscamos en las aplicaciones lo que deseamos encontrar, pero en la comodidad de un sillón y así nos aburrimos. Recordemos que sólo el que busca encuentra, busquemos en el lugar adecuado.

Estas parábolas nos conducen a reflexionar en la búsqueda del gran tesoro, el Reino de Dios; busquémoslo, pero al encontrarlo, ojalá contemos con estas dos actitudes esenciales:

1ª- Tener la capacidad de desprendimiento. El campesino y el buscador de perlas vendieron todo lo que poseían para adquirir lo encontrado. Lo que poseían dejó de tener valor para ellos frente a lo encontrado.

2ª- La capacidad de adhesión. No es suficiente desprendernos de lo que tengamos, es necesario adherirnos a lo encontrado. Lo esencial es adherirnos a la persona de Cristo si ya lo encontramos, y hacerlo con alegría, con gozo.

Estas parábolas nos ayudan a reflexionar sobre: ¿Qué buscamos? ¿Qué buscan los jóvenes de ahora? ¿Qué buscan nuestros políticos tan empeñosos en sus campañas?

Hermanos, pensemos: Jesús, su proyecto de un mundo nuevo, ¿es nuestro tesoro, nuestra perla fina? Si los cristianos no descubrimos el proyecto de Jesús, en la Iglesia no habrá alegría.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *