Las parábolas y el Reino

Isaías 55,10-11 Salmo 64 Romanos 8,18-23 Mateo 13,1-23

La pregunta por el objetivo central de la misión de JESÚS se contesta sin ambigüedades: todas las energías de JESÚS están destinada al anuncio del Reino de DIOS. JESÚS elabora enseñanzas, predica, da instrucciones, amonesta y expone en parábolas grandes cuestiones como el amor al prójimo, en la parábola de “El buen samaritano” (Cf Lc 10,25-37); el perdón incondicional de DIOS, en la parábola de “El siervo que debe diez mil talentos” (Cf. Mt 18,23-35); la justificación por la humildad, en la parábola de “El fariseo y el publicano en el Templo” (Cf. Lc 18,9-14); el crecimiento misterioso del Reino de DIOS, en la parábola de “La semilla que crece en el campo”  (Cf. Mc 4,26-29). En las parábolas anteriores, JESÚS establece una pequeña historia o narración, pero en otras ocasiones ofrece el Mensaje mediante una comparación, como en el caso de los niños jugando en la plaza que se dicen unos a otros: “hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos tocado lamentaciones y no habéis llorado” (Cf. Mt 11,16-19). Un número importante de palabras evangélicas y máximas traspasaron las lindes institucionales de la religión y llegaron al uso común, porque en algún momento nuestra religión se pasaba de generación en generación por trasmisión oral. Entra dentro del orden natural de las cosas que determinados contenidos fundamentales se transmitan verbalmente, de viva voz de padres a hijos. Están bien las ayudas y colaboraciones en la educación de los hijos, siempre que actúen verdaderamente como complementos en la tarea educativa; pero el papel de los padres en la trasmisión de contenidos fundamentales es inexcusable. El ser humano no nace y crece por generación espontánea: los padres marcan el origen de la vida humana. Al mismo tiempo el comienzo de cualquier persona tiene una dimensión histórica, que fundamenta al propio origen y le confiere una orientación y sentido. Nuestra religión es portadora de civilización y esa herencia no se puede perder, salvo que decidamos devolvernos a etapas nada recomendables de la historia humana. Desde los primeros años el niño es capaz de memorizar y comprender historias del Antiguo Testamento como lo que cuenta la Biblia sobre José y sus hermanos (Cf Gen 45, 37-50); la entrada de Josué en la Tierra Prometida y la caída de las murallas de Jericó (Cf. Jos 6). Cualquier niño es capaz de recordar vivamente la historia de Gedeón o Sansón (Cf. Jc 6,11ss; 13,1ss); los episodios de la vida de la reina Esther o Judit; o la de Tobías y su padre Tobir. Otros personajes bíblicos pueden requerir alguna explicación dada la complejidad de sus vidas, como es el caso de Saúl, David o Salomón; la vida del profeta Jeremías o la revolución encabezada por los Macabeos. Las palabras de JESÚS y las parábolas del Reino recogidas en los evangelios representan la traducción a nuestro lenguaje de los planes de DIOS para con los hombres, tanto en lo personal como en general. Las palabras de JESÚS dicen lo que DIOS quiere de los hombres, al mismo tiempo que ofrecen el modo de encontrarnos con ÉL y permanecer en su presencia. DIOS, entonces, va reinando en el mundo, porque nosotros, sus hijos, aceptamos ese fin y destino, para el cual hemos sido creados. El Reino de DIOS está cerca, si DIOS reina en el corazón de los hombres. Por otra parte, tenemos el hecho objetivo de la cercanía de DIOS por la presencia de JESUCRISTO.

Los misterios del Reino

Los discípulos preguntan a JESÚS la razón por la que utiliza las parábolas en la predicación en general; y ÉL les responde: “a vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no” (Cf. Mt 13,11). La parábola está destinada a ser memorizada inmediatamente y sin esfuerzo, porque utiliza un lenguaje conocido y unas imágenes familiares. La parábola encierra su enseñanza y la va ofreciendo a medida que la persona está en disposición de aceptar la revelación que se contiene en ella. Aún siendo discípulo, después de entrar en el grupo que sigue al MAESTRO, las parábolas disponen de enseñanza para ser comunicada y recibida. Según este versículo, JESÚS podría evitar la exposición de su Mensaje en parábolas, si todos sus seguidores fueran verdaderamente discípulos. Dos grandes categorías se establecen: los discípulos y los seguidores ocasionales. No es poca cosa haber tenido un encuentro con JESÚS y volver a las ocupaciones diarias que exige la profesión o el estado de vida; pero los que pudieran mantener un seguimiento a tiempo completo como los discípulos, tendrían la oportunidad de recibir las enseñanzas con un grado de concreción mayor. Recordamos que la categoría de discípulo equivale a la de pequeño o pobre. El discípulo es el que “está permanentemente con JESÚS para ser enviado” (Cf. Mc 3,13-14). El discípulo es el que “camina humilde con su DIOS” (Cf. Is 66,2). El aprendizaje es amplio y complejo, pues DIOS tiene muchas cosas que enseñarnos. Los conocimientos que DIOS transmite cambian inmediatamente las actitudes personales. No es posible recibir una iluminación sobre la caridad, sin mejorar de forma clara las relaciones fraternas con los que tenemos alrededor. Un nuevo conocimiento sobre las realidades de los Cielos o los bienaventurados repercute de forma inmediata en paz y alegría interior. Uno de los mayores bienes espirituales que cualquier persona recibe está en el hecho de haber tenido una relación espiritual de encuentro con JESÚS, que a modo de MAESTRO ofrece una enseñanza a su discípulo, ocupando ese lugar uno mismo por un momento. La parábola encierra una enseñanza comprendida en imágenes, que se muestra con el tiempo con distinta intensidad y de acuerdo con las circunstancias. Estamos ante el milagro continuo de la presencia del SEÑOR que nos acompaña en el tiempo: “sabed que YO estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Cf. Mt 28,20).

DIOS nos puede sorprender

Muchas personas consideran que DIOS no tiene nada que decirles o mostrarles. Además consideran que lo referente a la religión es anticuado y aburrido, carente de aliciente alguno. Sin embargo DIOS sigue teniendo las claves de nuestro mundo y de la existencia de cada uno en particular. Si DIOS no tiene las grandes respuestas a los interrogantes fundamentales, esas respuestas ¿las poseemos nosotros? ¿Sabemos de nuestro origen y destino, sin que DIOS hable y nos lo diga? ¿Sabemos lo que hay después de la muerte y de las cosas del más allá? ¿Tenemos respuestas, orientación y sentido para los que vienen detrás y necesitan fundamentar sus vidas?. Cuando una persona deja de considerarse hija de DIOS, ¿quién toma su lugar para apropiarse de ella o dirigirla? El Cristianismo construyó la Civilización donde la humanidad ha conseguido el mayor progreso de su historia conocida, ¿se han agotado los tesoros espirituales del Cristianismo y se puede permanecer impasibles ante su demolición? ¿Va a resolver la inteligencia artificial los misterios de la condición humana y de los individuos en particular?. Algunos están a la espera de la aparición de una redacción de la Biblia por parte de la inteligencia artificial, de la que se podrán fiar, porque opinan que será la verdadera. Afortunadamente DIOS tiene muchas más formas de manifestarse en el imprescindible diálogo personal con sus hijos. A la inteligencia artificial, ni le podemos rezar o pedirle protección; ni tampoco es posible recibir de ella moción espiritual alguna.

Conocer a DIOS

En el Nuevo Testamento encontramos distintos términos con un significado similar, que sólo difieren en cuestión de matices: ver a DIOS, conocer, permanecer, estar con el SEÑOR o guardar su Palabra. JESÚS dice: “a vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos” (Cf. Mt 13,11); y en el versículo siguiente añade el SEÑOR algo desconcertante a primera vista: “al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará incluso lo que tiene” (v.12). Lo mismo que sucede con el siervo al que se le entregó el talento y lo devolvió sin haber negociado con él (Cf. Mt 25,24-28). Podemos pensar que venimos a este mundo con una dotación espiritual suficiente para iniciar un camino de acercamiento a DIOS, y desarrollo de virtudes y cualidades propicias para realizar una misión. Quien da muestras de ejercitar los dones recibidos se dispone a acoger otros que perfeccionen los anteriores y amplíen su campo de acción, beneficiando a los otros y cumpliendo así el Plan de DIOS. Este versículo da pie a pensar, que DIOS lleva a cabo su Designio, aunque algunas personas no realicen el plan previsto, porque los dones y la tarea son transferidos a otros que dan muestras de querer llevarlo a cabo. La Palabra, por tanto, tiene una función de capacitación para el discípulo. En cualquiera de las partes del camino o de las fases del proceso, que dura toda la vida, es necesario acudir al encuentro con el SEÑOR mediante la Palabra para recibir todo lo necesario y cumplir así la misión. Se podrían poner múltiples ejemplos que nos acercan a esta verdad evangélica. Alguien inicia la tarea de impartir catequesis, e inicialmente encuentra dificultades, pero mediante la oración asidua, la meditación de la Palabra y el estudio debido, supera obstáculos y se capacita para nuevos niveles de catequesis. Este camino también tiene que considerar el fracaso, del que se extraen lecciones y forjan un nuevo ánimo. A JESÚS no siempre lo llevaron las masas en volandas, y tuvo que encontrarse con la burla, el vacío e incluso la calumnia. La identificación con JESÚS está en la cruz y en algún tramo del camino se hará presente.

Dureza de corazón

“Les hablo en parábolas, porque viendo no ven; y oyendo no oyen ni entienden” (v.14). JESÚS como el gran MAESTRO que es, tiene una consideración de máxima compasión para con todos nosotros. Ante la dureza de corazón, JESÚS podía pasar de largo y desentenderse de una condición humana de “dura cerviz”; pero adopta una solución de gran comprensión y Misericordia. JESÚS expone la sublime enseñanza del Reino de los Cielos en parábolas, para que el contenido profundo de las mismas sea captado a medida que la persona o el discípulo vaya siendo receptivo. Después de dos mil años de Cristianismo no hemos agotado las posibles lecturas de la parábola de “El hijo pródigo” (Cf. Lc 15,11ss); de “La boda del hijo del Rey” (Cf. Mt 22,1-14); la parábola de “El trigo y la cizaña” (Cf.  Mt 13,24-30); o de la parábola que se proclama este domingo de “El Sembrador” (Cf. Mt 13,1-9). Estas dos últimas parábolas disponen de la interpretación que ofrece el propio JESÚS a los discípulos, pero no agota contenidos que van surgiendo por la meditación y el estudio de estos textos. Las parábolas en la palabra revelada muestran que han nacido de la inspiración del ESPÍRITU SANTO, y es el mismo ESPÍRITU el que las tiene que desvelar o quitar los velos según las necesidades de la Iglesia y de cada uno de los bautizados.

La obstinación culpable

La cerrazón culpable es la más inquietante, pues la persona se desliza en contra de DIOS en el vehículo que le ofrece la propia soberbia. JESÚS se encontró con personas que se le enfrentaron y lo acusaron de poseído por el Diablo (Cf.  Mt 12,24; Jn 10,20). Son aquellos en los que se cumple la profecía de Isaías: “oír, oiréis, pero no entenderéis; mirar, miraréis, pero no veréis, porque se ha embotado el corazón de este Pueblo…” (v.14-15). Un sector de escribas y fariseos, miembros del Sanedrín con el sumo sacerdote a la cabeza responden bien a esta descripción: oyen y no entienden, miran y no ven. Estos se cargan de razones contra JESÚS con lo que justifican su muerte. Los propios discípulos, como nos cuenta san Lucas (Cf. Lc 24,25-27), necesitan una instrucción especial para entender en las Antiguas Escrituras lo que se decía sobre el MAESTRO; pero aquellos dirigentes religiosos estuvieron de forma permanente a la contra de las enseñanzas y obras de JESÚS.

Bienaventurados los que ven y oyen

Además de las cuatro bienaventuranzas de san Lucas (Cf. Lc 6,20-22), o de las ocho de san Mateo (Cf. Mt 5,2-12) los evangelios recogen algunas palabras de JESÚS en línea de bienaventuranza, que inciden sobre la Fe. Son bienaventurados los que entienden el comportamiento compasivo de JESÚS y extraen las conclusiones convenientes de los signos que realiza: “dichosos los que no se escandalizan de MÍ” (Cf. Lc 7,23). Los discípulos que permanecen con JESÚS son testigos privilegiados de lo que dice y los signos que realiza. Algunos de ellos provienen del círculo de discípulos de Juan Bautista, y van entrando en la escuela de Sabiduría del MESÍAS: “dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos porque oyen; pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron” (v.17). La visión de los discípulos no se desliga de la Fe, de tal forma que concluimos que la Fe es un modo inicial de visión, que aporta seguridad y certeza sobre la persona misma de JESÚS, su Mensaje y las señales dadas por ÉL. La Fe del apóstol Tomás en el RESUCITADO va en esta línea. JESÚS acepta la actitud del Apóstol y le dice: “trae tu dedo, aquí tienes los agujeros de los clavos, trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente” (Cf. Jn 20,27). Aún después de tocar con sus manos las llagas del REDENTOR, Tomás sigue siendo creyente, porque los velos de la propia humanidad no desaparecen, y las palabras de JESÚS lo siguen incluyendo en el grupo de creyentes y bienaventurados: “dichosos los que crean, sin haber visto” (Cf. Jn 20,29). Nadie puede ver a DIOS en este mundo sin el filtro de la Fe, aunque este don esencial pueda revestir grados distintos según el creyente. La VIRGEN MARÍA es creyente: “bienaventurada tú que has creído, porque lo que te ha dicho el SEÑOR se cumplirá” (Cf. Lc 1,45). Siendo MARÍA creyente, lo es en un orden muy superior a cualquier persona, y también con respecto al anciano Simeón que da gracias por haber visto al SALVADOR: “ahora, SEÑOR, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu SALVADOR” (Cf. Lc 2,29-30). El anciano Simeón era un adelantado de la Fe y los ojos de su alma podían asegurarle con toda certeza, que el NIÑO contemplado en sus brazos era el MESÍAS, el SALVADOR de todos los hombres. Unos y otros entran dentro de la categoría que marca la bienaventuranza: “bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a DIOS” (Cf. Mt 5,8) Según esta promesa no habremos de esperar a la muerte física para “ver a DIOS”, pues el camino de Fe que inauguró JESÚS hace próxima la Presencia de DIOS. La Fe en esta vida inicia la visión oscura de DIOS, que continuará en la LUZ para toda la eternidad, admitiendo que DIOS siempre será más grande que el campo de visión personal adquirido en el más allá. La Fe es un camino de humildad para aprender que nunca agotaremos el conocimiento de DIOS.

Una sola PALABRA

Pronto la comunidad cristiana entendió que JESÚS de Nazaret es la PALABRA eterna del PADRE, que viene a este mundo para hacer nuevas todas las cosas. De manera especial el Prólogo del evangelio de san Juan y el libro del Apocalipsis dan razón de lo anterior. Pero en realidad la Biblia, en el Antiguo Testamento, es un gran precedente del valor y eficacia de la Palabra de DIOS en la formación de la historia del Pueblo, que no se puede entender a sí mismo, si no es en diálogo con DIOS. En obediencia unas veces, y en clara rebeldía en otras; el Pueblo elegido marca el itinerario de las acciones de DIOS hasta nuestros días. Como sucede con cualquier interlocución humana, los silencios entran dentro de los diálogos y los encuentros. Si alguien se queja en estos momentos del silencio de DIOS, lo primero que debe hacer es pararse y atender a las múltiples voces que hablan con voz profética en su Nombre. La Palabra de DIOS en la Biblia es normativa, pero no es un tratado de revelación, sino la Revelación misma. Por tanto, requiere de la Fe para entender lo que DIOS dice, porque aún siendo una palabra en origen con siglos de antigüedad, sin embargo tiene la facultad de hablar en presente a todos los tiempos. La Palabra en la Biblia no está dictada desde una cátedra, o la visión de un vidente que comunica su revelación a un grupo de secretarios que lo ponen por escrito. La Biblia como Palabra de DIOS encierra en sí misma rasgos únicos, por los que descubrimos la presencia del ESPÍRITU SANTO que movió los hilos de sus protagonistas, sin alterar su libertad, para llevarlos al hecho más trascendental de la historia humana: la aparición del HIJO de DIOS en la historia de los hombres.

Primera lectura, Isaías 55,10-11

El foco de la Liturgia de la Palabra, en este domingo, está puesto en la Palabra misma que se predica, enseña y revela. También en el Antiguo Testamento, la Palabra ocupa un lugar prioritario, pues la Palabra es el lugar de encuentro del creyente con DIOS. Lo mismo que Moisés acudía al propiciatorio del Arca de la Alianza, que estaba en la Tienda del Encuentro (Cf. Ex 25,22), así también cada creyente se dirige al Libro Sagrado para encontrar en él la palabra de DIOS, que lo revela y hace presente. El tercer Isaías escribe al Pueblo elegido después del destierro babilónico, por tanto el Arca de la Alianza había desaparecido, y en el Segundo Templo el Santo de los Santos está vacío. Se restaurará el régimen de sacrificios en el Templo, pero se mantendrá en paralelo la presencia de sinagogas iniciadas en los setenta años de destierro en Babilonia. Las sinagogas son lugares de encuentro para la oración y la lectura de los textos sagrados. La Palabra cobra una importancia capital en la vida religiosa del Pueblo elegido. Dice Isaías: “aplicad el oído, y venid a MÍ; y vivirá vuestra alma, pues voy a firmar con vosotros una Nueva Alianza, las fieles promesas hechas a David” (v.3). Todavía cuatro siglos hasta que aquellos anuncios al rey David se cumplan, pero esto nos da una idea de los tiempos de DIOS. El profeta anima a la escucha de la Palabra y se tomen en serio las promesas hechas a David. Palabra y promesa obrarán en el corazón del creyente la combinación perfecta para superar los obstáculos de la vida. Los israelitas tienen que vivir mirando hacia el futuro dentro de la Esperanza mesiánica, lo mismo que nosotros vivimos la dimensión de la Esperanza con la certeza de la revelación de la Segunda Venida del SEÑOR, cuya dilación a nosotros nos puede parecer muy amplia, pero resulta insignificante con respecto a los tiempos de DIOS, y al cómputo de las edades del hombre sobre este planeta. La Fe se alimenta principalmente por el oído, porque eso es lo propio en nuestro estado de vida. No están descartadas las visiones, pero estas no dicen nada sin la Palabra que es capaz de interpretarlas; y la Palabra que les da sentido escapa a los límites de la propia imagen. Una imagen sin la interpretación adecuada puede convertirse en un anti-mensaje.

DIOS cuenta con los profetas

Dice el profeta Amós: “no hace nada el SEÑOR en el escenario humano, sin advertirlo a los profetas” (Cf. Am 3,7). Este es un compromiso permanente de DIOS: esclarecer desde distintos foros, tribunas, púlpitos, cátedras u otros medios, lo que está pasando y las próximas acciones que el mismo SEÑOR piensa llevar a cabo. Lo mismo que en la montaña de información que se genera diariamente es necesario hacer una selección, así también tendremos que aplicar criterios de discernimiento para dar por buenas o descartar aquellas palabras, anuncios o denuncias, que sean propuestas en el Nombre de DIOS. La profecía no se ha apagado, ni mucho menos, pero estamos en unos tiempos de proliferación de mensajes contradictorios y es preciso agudizar el análisis, que no puede estar lejos, nunca, del sentido común. Isaías en la breve lectura de este domingo nos orienta en la dirección que conduce a la aparición del MESÍAS.

La Palabra que da Vida

“Como desciende la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer; así será mi Palabra, que sale de mi boca, no volverá a MÍ vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (v.10-11). En este caso, la Palabra se la asemeja a la lluvia que empapa la tierra. La nieve opera como una reserva de agua que tiene su momento en el tiempo del deshielo cuando las lluvias dan paso a la estación cálida. DIOS siempre provee y atiende a las necesidades del hombre, y de forma especial de los que confían en ÉL. Sabemos que una semilla para germinar y crecer necesita del agua, pero también de la luz del sol. Esta última agostaría la planta antes de su crecimiento si no va acompañada de la humedad debida que disponga los convenientes nutrientes del terreno. La Fe que está unida a la Palabra se ejemplifica en estos versículos mediante el agua y la nieve. La vida es muy plural, y ofrece gran cantidad de facetas y posibilidades. A DIOS no lo ganamos en diversidad -una de las palabras talismán actuales-. DIOS no se repite en ninguna de sus criaturas y es capaz de multiplicar lo diferente a partir de elementos básicos y singulares. Todavía el SEÑOR no ha agotado la variedad de mensajeros de su Palabra, ni los matices de la misma; pero nos orienta en todas sus manifestaciones hacia la única PALABRA que sale de SÍ MISMO desde siempre. Esa PALABRA es la Segunda Persona de la Santísima TRINIDAD, que se hace hombre en la persona de JESÚS de Nazaret, naciendo de la VIRGEN MARÍA. Esta PALABRA no vuelve al PADRE vacía habiendo realizado su encargo. Todo fue renovado por la Encarnación, Cruz y Resurrección de JESÚS. La PALABRA de DIOS toma partido en todas las iniciativas humanas y nada queda ajeno a su radio de actuación. La PALABRA entró en la tierra y la ha hecho germinar con vitalidad renovada. Pero ese hecho no impide que el enemigo siembre cizaña por la noche (Cf. Mt 13,24-25), y parezca que la siembra de DIOS ha sido infructuosa. Misteriosamente, trigo y cizaña crecen juntos hasta el momento de la siega, que en cada etapa de la historia tiene su momento. El tiempo presente no sólo ofrece el crecimiento del trigo y la cizaña, sino que se da una gran confusión dando por trigo lo que es cizaña y a la inversa.

El Sembrador

Del extenso evangelio de este domingo se pueden seleccionar los primeros versículos, que exponen la parábola y los últimos que dan la explicación de JESÚS a los discípulos sobre la misma. El comentario temático lo hemos hecho, en este caso, teniendo en cuenta los versículos centrales de este evangelio, que pueden ser omitidos en la proclamación de la Liturgia de la Palabra. JESÚS es el SEMBRADOR que deposita en la Palabra la eficacia de su misión. ÉL reconoce abiertamente el poder benéfico o maléfico de las palabras humanas. La Palabra del SEMBRADOR sigue la línea de la Antigua Revelación: DIOS habla a los hombres mediante el lenguaje y categorías humanas. JESÚS no es ingenuo con respecto a la importancia de la palabra humana e incluso advierte de la repercusión para cada uno en el momento del juicio particular después de la muerte: “os digo que de toda palabra ociosa darán cuenta los hombres el día del juicio. Por tus palabras serás declarado justo, y por tus palabras serás condenado” (Cf. Mt 12,36-37). Nuestras palabras construyen y destruyen; levantan ánimos y hunden en la oscuridad; proponen trampas o hablan con verdad; simulan hechos o atestiguan con verdad; proclaman a DIOS o lo niegan; se adhieren a JESUCRISTO o lo rechazan con la indiferencia y el agnosticismo. La palabra es poderosa y forma los pensamientos y da razón de los sentimientos del corazón. La palabra es vehículo de confianza y de violencia. La palabra inspirada en la Biblia impulsó la Civilización cristiana, en la que, hasta ahora, el hombre realizó las mayores cotas de humanidad. La perversión de la palabra, o de sus significados, viene rompiendo los cimientos de esta civilización. La Palabra del SEMBRADOR es la referencia que DIOS propone para toda palabra humana, y fuera de esta referencia la palabra se vuelve anti-palabra, o lo que es lo mismo, mentira. JESÚS expone la parábola de “El sembrador” sentado en una barca a la orilla del Lago de Galilea (v.1).

Salió el sembrador

El capítulo doce de san Mateo nos recoge profundas tensiones entre JESÚS y algunos de su auditorio. Puede ser que lo allí recogido tuviera lugar en distintas jornadas, pero presenta un acumulado inquietante para la seguridad del MAESTRO, que por otra parte no se cohíbe o amdrenta, y abiertamente se presenta ante aquellos que lo siguen. Se inicia el capítulo trece, probablemente en Cafarnaum y JESÚS que se dirige a la orilla del Lago de Galilea: “aquel día salió JESÚS de casa y se sentó a orillas del Mar. Se reunió tanta gente junto a ÉL, que tuvo que subirse a una barca y sentarse, quedando la gente en la orilla” (v.1-2). JESÚS en su misión siempre hace gala de una cierta previsión o de un acompañamiento permanente de la Divina Providencia. Los evangelios no presentan actos fallidos por parte de JESÚS. Cabe pensar que ÉL sabía de los que lo estaban esperando y había que disponer de un lugar amplio. San Mateo también dispone una elevación en descampado para impartir el Sermón de la Montaña. Ahora la enseñanza del MAESTRO versa sobre aquellas parábolas, que sin ser las únicas, tienen un contenido especial y hay que tenerlas en cuenta. De nuevo la imagen de la barca y la actitud sedente de JESÚS nos recuerda el papel de la Iglesia como la institución que continúa en el tiempo la obra y enseñanza del MAESTRO.

Les dijo muchas cosas

Mucha gente se reunió y JESÚS tenía palabras para todos: “les habló muchas cosas en parábolas” (v.3) De forma anticipada los encuentros con JESÚS anunciaban lo que sucedería en Pentecostés: “en que cada cual escuchaba a los Apóstoles hablar de las cosas de DIOS en su propia lengua” (Cf. Hch 2,5-11). JESÚS no ofrece consignas generales de forma indiscriminada, sino un Mensaje de Salvación que es entendido por cada persona de forma particular. La parábola expuesta, la que fuese, no se podía separar de la persona misma de JESÚS que la había predicado, pues sólo relacionada con ÉL adquiría el significado preciso en el momento de ser recordada y meditada. La parábola siguiente, desligada de la persona de JESÚS puede ser hasta inconveniente.

Decía JESÚS…

“Una vez salió un sembrador a sembrar; al sembrar unas semillas cayeron a lo largo del camino, y vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal donde no tenían mucha tierra y brotaron en seguida, al no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol por no tener raíz se secaron. Otras cayeron entre abrojos, y crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas ciento, otras sesenta, otras treinta. El que tenga oídos que oiga” (v.4-9). Es difícil pensar en un sembrador que eche semilla en el camino, en pedregal o entre zarzas. Para el sembrador que debe mirar por la semilla elige con prioridad la mejor parte del terreno. El sembrador que relata JESÚS llama la atención por su desatención, o por el empeño de hacer brotar espigas hasta en el último rincón, incluso allí donde es del todo improbable que nazca cualquier planta. Este sembrador tan especial, sólo puede ser DIOS mismo que hace brillar su obra en medio de circunstancias extremadamente difíciles. JESÚS dedica la mayor parte de la parábola a relatar los lugares improbables en los que la semilla prospere, pues directamente son las aves las que darán buena cuenta de ellas; pareciera que el buen sembrador quisiera colaborar con la Divina Providencia a dar alimento a las aves del cielo que no siembran ni cosechan (Cf.  Mt 6,26). Sabemos que JESÚS quiere dar a entender que DIOS atiende al hombre allí donde se encuentre y le ofrece sus dones en las circunstancias más difíciles: los terrenos pedregosos y entre zarzas. La interpretación que JESÚS ofrece a sus discípulos nos ahorra muchos comentarios, pero la meditación de esta parábola nos ayuda en la comprensión de la importancia que JESÚS otorga a la Palabra revelada que llega a nuestros corazones.

Enseñanza destinada al discípulo

“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador” (v.18). Los discípulos escucharán de nuevo la parábola con un nuevo contenido por parte de JESÚS. Los discípulos habían oído la parábola con el resto de los presentes en la orilla del lago, pero ahora en privado el SEÑOR la expone de nuevo. Al aplicar el hecho a nuestro caso deducimos que la Palabra está para ser escuchada con todos en la asamblea y también para ser meditada en el ámbito privado. Ambas modalidades de escucha de la Palabra son necesarias, pues la convicción profunda, la sabiduría que transmite o la fuerza espiritual que ofrece, surgen del encuentro con el SEÑOR en el recinto interior o aposento (Cf. Mt 6,6). El corazón se vuelve entonces tierra fecunda donde la Palabra puede germinar, echar raíces y con el tiempo crecer y producir fruto.

La semilla en el camino

“Sucede a todo el que escucha la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo que ha sido sembrado en su corazón. Esta es la semilla sembrada a lo largo del camino” (v.19). Estas palabras de JESÚS disipan cualquier duda sobre la necesidad de la meditación de la Palabra. Una Palabra no comprendida, aceptada, valorada o guardada, queda a la intemperie y se pierde sin remedio. El problema es que la Palabra de la Escritura es una Palabra que da Vida, y no una vida cualquiera, sino que es una Palabra que aporta Vida a la inteligencia del espíritu humano, que es imagen y semejanza de DIOS. Dice JESÚS en otra parte: “las palabras que YO os he hablado son Espíritu y son Vida” (Cf. Jn 6,63). Recordamos “al ministro etíope, que volvía a su tierra después de las fiestas, e iba leyendo al profeta Isaías. Preguntado por el diácono Felipe, si entendía lo que leía, le responde: cómo voy a entender, si nadie me instruye” (Cf. Hch 8,28-31). También nosotros debemos buscar los medios a nuestro alcance para entender la Palabra que vivifica nuestro espíritu. El SEÑOR tiene que vernos motivados por reconocer lo que su Palabra encierra.

Terreno pedregoso

“El que fue sembrado en pedregal es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría, pero no tiene raíces en sí mismo, sino que es inconstante, y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por la Palabra, sucumbe en seguida” (v.20-21). Muchas personas quieren vivir instaladas en la fugacidad de los sentimientos, estados de ánimo o percepciones varias, que cambia por los motivos más insospechados. Las nuevas tecnologías que invaden la mayor parte del planeta fomentan los hábitos de lo fugaz, lo instantáneo, de los contenidos mínimos que duren la fracción de tiempo más pequeña posible, porque hay que acumular muchas sensaciones diferentes, a veces contrapuestas y otras en el mismo sentido que contribuyan a elevar los niveles de lo placentero. Hay contenidos que no tienen otro recorrido que el crecimiento lento. La primera impresión que nos da una persona la tenemos en unos instantes, pero el conocimiento de la misma lleva años. El agrado o desagrado inicial no es criterio para casi nada, y en lo que toca a las cosas de DIOS resulta de lo más inconveniente. Hemos comentado más arriba, que a lo largo de la Escritura tenemos términos sinónimos: permanecer en el SEÑOR, guardar en el corazón, estar con el SEÑOR y conocer. La inteligencia de lo que es importante lleva tiempo, dedicación y esfuerzo. Si alguien no quiere andar por esa senda corre un grave riesgo, porque veredas hay muchas, pero CAMINO uno sólo. La imagen que aporta la parábola en esta parte es muy actual: personas que se entusiasman con enorme facilidad rodeadas de grandes obstáculos, representados por los pedruscos del terreno.

Entre zarzas

“El grano, que fue sembrado entre abrojos es el que oye la Palabra y las preocupaciones del mundo, y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra y queda sin fruto” (v.22). San Mateo señala dos malas hierbas en el zarzal, que hacen improductiva la planta derivada de la semilla plantada: las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas. Una buena parte de la sociedad vive con punzantes preocupaciones, que trata de aliviar de la forma que mejor entiende, dejando a DIOS como su principal punto de apoyo o fuerza interior. El domingo pasado la Palabra giraba en torno a: “venid a MÍ los que estáis cansados y agobiados, que YO os aliviaré” (Cf. Mt 11,28). Aunque la fórmula empleada es de ofrecimiento, sin embargo la realidad es que fuera de JESÚS de Nazaret no existe fuerza interior adaptada al hombre, porque JESÚS, siendo DIOS, es el hombre que nos humaniza en plenitud. Las riquezas de este mundo actúan como señuelos inalcanzables para una mayoría. Sólo algunos pueden disponer de unas riquezas, que al final tampoco dan la felicidad que en un principio prometen de forma seductora. Todavía san Marcos añade otra hierba que produce estragos en los hombres: el ansia de placeres (Cf. Mc 4,19). La experiencia del placer está dentro de la naturaleza humana. Estamos dotados de una capacidad sensorial, que aporta placer y dolor al organismo. Por otra parte la persona puede desarrollar el placer estético por la belleza de las cosas y el placer intelectual por la investigación, la formulación de un pensamiento o la exposición de una historia. El placer se convierte en problema cuando se establece la pretensión de vivir con elevadas tasas de placer permanentemente. Esto último ni es humano y tampoco posible. La elevación o excitación placentera mediante el uso de drogas, crea adicción y destruye a la persona como bien sabemos. La utilización inadecuada de las pantallas con el fin de estimular de forma continua determinadas hormonas cerebrales, terminan originando graves disfunciones y pérdida de la masa neuronal. La fuerza de la Palabra está para contrarrestar la acción de los tres frentes negativos antes mencionados, y hacer de la persona un discípulo del SEÑOR con capacidad de dar fruto abundante.

Buen terreno

“El grano que fue sembrado en tierra buena es el que oye la Palabra y la comprende. Este sí que da fruto, y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta (v.23). El ciclo completo de la Palabra empieza en la escucha de la misma, continúa por su entendimiento y comprensión; y concluye en la acción constructiva de la propia personalidad, de la comunidad cristiana y de la sociedad en general. La Palabra misma es portadora de Luz que aporta el conocimiento al corazón receptivo. El entendimiento conoce cuando se dispone en actitud de discípulo que necesita aprender para afianzar su vida y la de los suyos. El discípulo recibe la enseñanza de la Palabra: “cada mañana el SEÑOR me despierta el oído, para que escuche como los iniciados, para dar al abatido una Palabra de aliento” (Cf. Is 50,4). El discípulo escucha con humildad la Palabra que se le ofrece y espera de ella la ración conveniente de conocimiento, con el fin de servirla con discreción a los que están necesitados de ella. Las relaciones humanas están constituidas por numerosos intercambios de palabras, que transmiten contenidos de lo más diverso. Nada puede impedir que entre los contenidos principales afloren aquellos que nacen de la interiorización de la Palabra, porque “de la abundancia del corazón habla la lengua” (Cf. Mt 12,34).

¿Predestinación?

Si en algún momento se habla de predestinación (Cf. Rm 8,29-30) es para indicar que todo lo pensado por DIOS tiene la finalidad de acabar en la perfección. En DIOS no existe una predestinación negativa sobre sus criaturas. Otra cosa bien distinta a de ser las decisiones libres, que las personas, creadas a imagen y semejanza de DIOS, vamos tomando a lo largo de nuestra existencia. La parábola del “El Sembrador” recoge la distribución de la semilla, que representa la Palabra, en cuatro tipos de terrenos, dando a entender las circunstancias ambientales en las que se encuentran los destinatarios. La experiencia nos dice que la transformación es posible. La conversión de una persona hace que la Gracia realice una transformación milagrosa y sorprendente. Nadie está determinado a pasar su existencia en el camino a merced de los asaltos del Maligno; tampoco se está predestinado a vivir en la falsedad de un pedregal o en la fascinación de unos placeres destructivos, que más pronto que tarde acarrean gran dolor y sufrimiento. Normalmente la Palabra llega a través del profeta que la atestigua y da muestras de su validez. Bastaría un solo gesto hacia DIOS por parte del que está atrapado en las redes del mal, para que la acción de la Gracia se desencadene realizando una acción redentora o liberadora. 

San Pablo, carta a los Romanos 8,18-23

La doctrina de san Pablo insiste en que somos hijos de DIOS (v.16). El ESPÍRITU SANTO que se une a nuestro espíritu ratifica nuestra filiación divina con carácter adoptivo (Cf. Ef 1,5). Este asunto no es menor en los tiempos que corren, cuando al ser humano se le despoja de su dignidad para subordinarlo, incluso, a la categoría de cualquier animal de la naturaleza. DIOS da al hombre la categoría y dignidad de ser su hijo. Cuando se elimina a DIOS del horizonte humano, entonces quedamos a merced de la calificación que otros hagan sobre sus semejantes. Si otros semejantes rebajan la dignidad del ser humano se justifica cualquier modo de eugenesia. En el momento presente rebrotan con fuerza planteamientos eugenésicos que parecían irreproducibles. Si el ESPÍRITU SANTO no se une a nuestro espíritu se entiende que vuelvan páginas negras, que se intentan colorear de otra forma.

Coherederos con CRISTO

“Somos hijos de DIOS, y también herederos: herederos de DIOS y coherederos de CRISTO, ya que sufrimos con ÉL, para ser también con ÉL glorificados” (v.17) Por la Redención, JESÚS nos ha hecho posible recuperar una herencia que la humanidad había despilfarrado. Por la Redención tenemos abierto el camino que conduce a la casa del PADRE para ser reconciliados y admitidos como hijos rehabilitados: “este hijo estaba perdido y lo hemos encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Cf. Lc 15,32). El camino de vuelta a la casa del PADRE sigue la vía del arrepentimiento, “PADRE he pecado contra el Cielo y contra ti, y no merezco llamarme hijo tuyo” (Cf. Lc 15,18-19). La herencia de cada uno es la de ser coherederos con CRISTO. No se puede aspirar a un don más alto en la vida futura. ¿Qué heredó JESÚS?.

La vida presente

“Considero que los sufrimientos de la vida presente no son comparables con la Gloria que se ha de manifestar en nosotros” (v.18). Ahora tenemos el mismo ESPÍRITU SANTO que resucitó a JESÚS de entre los muertos (Cf. Rm 8,13). JESÚS pide para que estemos con ÉL y participemos de su misma Gloria (Cf. Jn 17,1ss). San Pablo cuando escribe esta carta llevaba años suficientes de trayectoria cristiana, y había pasado por episodios en los que estuvo a punto de perder su vida en varias ocasiones. En un momento de desahogo les dice a los de Galacia: “en adelante que nadie me moleste, porque llevo en mi cuerpo las señales de los sufrimientos de CRISTO” (Cf. Gal 6,17). El Apóstol dice en este versículo de Romanos, que los sufrimientos de la vida presente no son nada para la Gloria que nos está reservada, aunque ahora a nosotros nos resulte un peso excesivo en algunos momentos. Si las cosas no fueran así, entonces no estaríamos llevando la Cruz con el SEÑOR, que es una de las tareas del cristiano en esta vida. Si esto nos parece inapropiado, podemos intentar desentendernos de llevar la Cruz con el SEÑOR, pero la alternativa será que entonces la llevaremos solos, y el peso resultará aún mayor. La sonrisa y felicidad de los anuncios se queda en la propaganda, pero en la vida real no existe. Toda alegría es bienvenida cuando nace de la Paz interior, y todo lo demás echa más leña a la hoguera del dolor y el sufrimiento.

Dimensión cósmica

“La ansiosa espera de la Creación desea vivamente la revelación de los hijos de DIOS” (v.19). Entre líneas san Pablo puede aludir a las tensiones espirituales presentes en el cosmos por la pugna de las fuerzas angélicas. La conducta humana puede otorgar más capacidad y presencia a los poderes malignos o a los Ángeles que han permanecido en el Plan Divino para la Creación y la Redención. Tengamos en cuenta lo que sigue diciendo san Pablo: “la Creación fue sometida a la vanidad, pero no espontáneamente; sino por aquel que la sometió, en la Esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de DIOS” (v.20-21). Todo lo que está en la Creación es obra de DIOS y diferente de ÉL absolutamente; pero al mismo tiempo consideramos la existencia de dos líneas dentro de la Creación: el cosmos material y el universo de los Ángeles. El hombre está en el vértice del mundo material y los Ángeles pertenecen a la creación invisible, que confesamos en el Credo nicenoconstantinopolitano. Dice el libro de la Sabiduría: “por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Cf. Sb 2,24). Vivimos en un mundo donde el pecado ha echado raíces por las insidias de Satanás (Cf. Gen 3,1-2); y desde entonces el hombre espera la aplicación de las fuerzas redentoras desplegadas en el mundo por la Cruz y Resurrección de JESUCRISTO. El Príncipe de este mundo está juzgado y vencido, su destino está decretado (Cf. Jn 16,11); pero estamos en el tiempo en el que los hijos de DIOS deben manifestar su adhesión al SEÑOR para erradicar a todos los poderes del Mal con su ayuda. Este es el tiempo de la Esperanza, que plantea una pugna espiritual, que va creciendo en intensidad de forma sorprendente. Vemos en la actualidad como las anteriores formas de guerra van dando paso a la guerra integral, que va dirigida directamente a colonizar las conciencias para dirigirlas en el sentido del poder, que dan muestra de una concienzuda deshumanización. Satanás tiene como objetivo acabar con la obra de DIOS, pues directamente a DIOS mismo no le puede hacer nada; pero conoce todas las debilidades del hombre particular y la sociedad en su conjunto. El objetivo prioritario de Satanás es acabar con el hombre como hijo de DIOS y desnaturalizarlo absolutamente. Dos objetivos de fondo en la actualidad por parte de los poderes: la reducción drástica de la población mundial y el transhumanismo. Esto último consiste en determinar mediante la biología y la tecnología individuos híbridos, que de hecho dejen su condición humana y personal.  Resulta escalofriante y perturbador, pero la lucha en el plazo medio se ventila en esas categorías. La colonización de las conciencias persigue el silencio del Cristianismo en su distintas formas, y en gran medida lo está consiguiendo; aunque todo este aparataje satánico pueda venirse abajo mucho más rápido de la fuerza con que en estos momentos está emergiendo.

Una espera tensa

“Sabemos que la Creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros que poseemos las primicias del ESPÍRITU SANTO, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (v.22-23). San Pablo de forma velada recuerda la Segunda venida del SEÑOR que la espera tanto la Creación como el cristiano particular, que está en posesión de las “primicias del ESPÍRITU SANTO”. ÉL es el “Amor de DIOS derramado en nuestros corazones” (Cf. Rm 5,5), y nos trae la añoranza de la casa paterna. El paso por este mundo es fugaz y el destino definitivo nos espera después de un breve tiempo de prueba.

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