Antes de narrar la parábola del Sembrador “que salió a sembrar” el evangelista nos presenta a Jesús que sale de casa a encontrarse con la gente para sentarse sin prisas y dedicarse durante mucho rato a sembrar el Evangelio. Por eso en la lectura de hoy, nos encontramos a Jesús predicando a la orilla del mar, como es tanta la multitud, tiene que hacerlo desde una barca y da inicio a enseñar con parábolas; desea iniciar a los oyentes en los misterios del reino de Dios, lo hace con imágenes o comparaciones que invitan a la reflexión, imágenes sencillas que todos pueden entender.
Jesús les habla a pescadores, artesanos, agricultores y la parábola que hoy escuchamos es muy entendible para todos; lo hace en un lenguaje sencillo pero que conduce a la reflexión. Jesús deja claro en sus oyentes la suerte que corre la semilla. En cada siembra existen una serie de fracasos, y no es poca la cantidad de semilla que se pierde debido a la esterilidad del suelo; aunque la semilla sea de calidad, las condiciones del terreno muchas veces no son propicias, pero no por eso la siembra resulta infructuosa.
Jesús muy pronto se encuentra con obstáculos hacia su proyecto; se encontró con críticas y un rechazo directo por los dirigentes del pueblo, tanto políticos como religiosos. Entre sus seguidores cercanos empieza a despertarse el desaliento y la desconfianza. Surgen dudas o preguntas: ¿Merecía la pena seguir a Jesús? ¿Aquel proyecto no era una hermosa utopía? Jesús los conoce y les cuenta lo que piensa y a través de la parábola del sembrador desea dejarles claro con qué realismo trabaja y la fe inquebrantable que le anima. Existe un trabajo infructuoso que se puede echar a perder, pero el proyecto final no fracasará. No hay tiempo para el desaliento, se debe seguir sembrando; al final habrá cosecha abundante. Así era Jesús, sembraba su Palabra en cualquier parte que miraba una pizca de esperanza; sembraba gestos de bondad y de misericordia en ambientes difíciles, entre gente alejada de la religión. Jesús siembra como aquellos sembradores de Galilea, que sabían que mucha semilla se echaría a perder en aquellas tierras desiguales; pero eso no desalentaba a nadie, no por eso se dejaría de sembrar.
Jesús predicó, lanzó su Palabra como semilla a sus oyentes, muchos cambiaron, otros lo escucharon y volvieron a sus trabajos ordinarios reflexionando lo escuchado, otros no entendieron y siguieron igual. Jesús no se quedó en cálculos, con gran esperanza lanzó su Palabra.
Hermanos, Jesús nos sigue invitando a sembrar, porque no somos sólo tierra donde Él ha sembrado, somos también sembradores. Éste es el primer trabajo arduo y que ha de ser acompañado de la esperanza; se necesitan sembradores y no cosechadores. Lo nuestro no es cosechar éxitos, conquistar corazones para nosotros; llenar las iglesias de adeptos; imponer una doctrina. Debemos pasar de la obsesión por ver frutos o cosechar, a la paciente labor del sembrador. Recordemos que Jesús nos deja la parábola del sembrador y no la del cosechador. La parábola del sembrador es una invitación a la esperanza. A pesar de todos los obstáculos y dificultades, con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda y debe llevarnos a no desanimarnos ante ciertos fracasos.
Hermanos, nos encontramos en un mundo donde nos desanimamos muy fácilmente; donde podemos hacer cálculos de pérdidas y ganancias para todo; donde no queremos desperdiciar esfuerzos; donde nos cuesta caminar en la incertidumbre y la confianza en Dios. Que la indiferencia de muchos, no nos lleve al desaliento; debemos sembrar la semilla, es esa fuerza interna que crece en el corazón de los creyentes y permitamos que sea Dios el que siga dando el crecimiento, nosotros hagamos eso que nos toca: sembrar.
Nos encontramos en una cultura marcada por ciertos factores que ahogan el Evangelio; una cultura del consumo, materialista, individualista; una cultura que tiende a apartarse del culto al Dios verdadero y a llevarnos a postrar ante los ídolos de este mundo. El Evangelio sigue siendo exigente, exige una acogida sincera y una disponibilidad total. La Iglesia sigue contando con la fuente inagotable del Evangelio, con la que ha querido dar respuestas a los interrogantes de cada época; quizá falta analizar lo que vuelve estéril la tierra; encontrar la manera propicia para saber remover la tierra e insertarle los ingredientes necesarios para que pueda ser tierra productiva, tierra en espera de la semilla.
Hermanos, todos los bautizados somos sembradores del Evangelio. Agentes de pastoral, laicos, sacerdotes, religiosos no olvidemos que somos sembradores, analicemos nuestra vida, porque puede ser que nos dediquemos a sobrevivir más que sembrar vida nueva, la cual hemos de aprender a sembrar con fe, con realismo y con verdad; porque evangelizar no es trasmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo. Dios no se cansa de hablarnos, de sembrar; incluso cuando su Palabra parece ser ignorada. Para Dios no hay vidas inútiles, ni corazones descartados; a todos busca, a todos llama, a todos ofrece salvación. No olvidemos que también, además de sembradores, somos terrenos donde la Palabra de Dios se deposita en nuestros corazones. Que nuestro corazón sea terreno fértil, para que la Palabra de Dios dé fruto y así pueda ser reflejo del amor de Dios para los demás. Agradezcamos todos los días la dicha de ser “discípulos” (tierra) y “misioneros” (sembradores) de Jesús, y pidamos con humildad que nos ayude a comprender su palabra. Que María Santísima, quien guardaba la Palabra de Dios y la meditaba en su corazón, interceda por nosotros para que no cerremos y endurezcamos el corazón a Dios. Como sembradores no podemos caer en desánimos, en resignaciones; es tiempo de seguir sembrando, seguir tirando la semilla, como diría el gran Cardenal Newman: “La semilla es de calidad, de eso no hay duda; se siembra con alegría, tampoco debemos dudar; faltaría ver la manera de preparar esa tierra donde será sembrada la semilla”. De allí que nos surjan interrogantes: ¿Cómo preparar nuestros corazones y el de todos los hermanos para que acojamos la Palabra de Dios? ¿Qué ramas o piedras debemos quitar? ¿Cómo podemos abonar esa tierra?
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

