* «La destrucción de ciudades enteras no puede considerarse una acción defensiva proporcionada».
En su discurso, en el Aula Pablo VI, el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe exhortó a ir más allá del concepto de guerra justa. Se centró en los acontecimientos de Oriente Medio y Ucrania, y habló de las contradicciones de Europa, que condena o apoya a determinados países según sus propios intereses. El cardenal instó a no ceder ante la cultura del poder y a fomentar la cultura alternativa de la fraternidad y el bien común.
- La guerra justa
- Gaza y el sur del Líbano, destrucción total
- El concepto de autodefensa
- Segunda sesión del Consistorio extraordinario: la fe en Cristo no es solo teoría
- Desvalorizar al adversario
- La inconsistencia de Europa
- La Iglesia es ajena a los intereses electorales
- El Papa a los cardenales: Necesito su apoyo firme, franqueza y lealtad
Aceptar la invitación contenida en la encíclica Magnifica Humanitas a «ir más allá de la teoría de la guerra justa»; abordar la profunda transformación cultural que facilita el estallido de nuevas guerras, gracias en parte a los recursos potenciados por la inteligencia artificial; reafirmar que la Iglesia es ajena a los intereses electorales, «no recurre a la violencia verbal ni exige privilegios», sino que defiende la dignidad humana.
Estos son algunos de los conceptos expresados, en la tarde de ayer, 26 de junio, por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en la apertura de la segunda sesión del Consistorio Extraordinario. Una profunda reflexión sobre la «cultura del poder» que subyace en el capítulo V de la encíclica del Papa León XIV.
El primer punto en el que insiste el cardenal se refiere a la difusión de una cultura globalizada que también involucra a quienes están lejos de la guerra, pero que «se orienta hacia cierta pasividad frente al avance desenfrenado de ciertas formas de poder, en gran parte gracias a los nuevos recursos de comunicación enormemente mejorados por la inteligencia artificial».

La guerra justa
El prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe se centra entonces en la manipulación de la Doctrina Social de la Iglesia, que se utiliza para fundamentar teóricamente las guerras más injustas; «en lugar de detener las guerras, contribuye a justificarlas». El concepto de legítima defensa también se invoca en las llamadas «guerras preventivas», pero, según el Catecismo de la Iglesia Católica, los límites son claros: daños permanentes causados por el agresor; que todas las vías exploradas hayan resultado ineficaces; que una guerra no deba prolongarse indefinidamente simplemente para evitar una injusticia; y que exista «proporcionalidad» entre el ataque recibido y la respuesta defensiva y sus efectos.
Gaza y el sur del Líbano, destrucción total
Recordando Gaudium et Spes, el cardenal Fernández subraya que «la destrucción de ciudades enteras no puede considerarse una acción defensiva proporcionada».
Cita a este respecto «el carácter enormemente desproporcionado de las intervenciones militares en Gaza y el sur del Líbano», recordando «la enorme cantidad de niños muertos (en una proporción mucho mayor que en otros países en guerra) y la cantidad de hogares bombardeados», lo que «nos permite», subraya el cardenal, «hablar de destrucción total».
«Sin embargo», continúa, «tanto en Rusia como en la cooperación de Estados Unidos en las guerras de Oriente Medio, la justificación siempre es alguna forma de autodefensa ».
El concepto de autodefensa
En este contexto, el derecho internacional humanitario ha quedado en el olvido y presenciamos una «normalización de la guerra», pero también, como señala la encíclica, la «preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de la política internacional », con una grave «pérdida de memoria histórica». En este sentido, las guerras preventivas «invocan unilateralmente posibles —pero no probadas— acciones preparatorias para la agresión externa», lo que justifica lo que «seguimos viendo en Gaza, Líbano, Ucrania y otros lugares». Por lo tanto, es necesario replantearse el concepto de legítima defensa y guerra justa.

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Desvalorizar al adversario
La reflexión del prefecto Fernández dedica un espacio considerable al problema «cultural» del poder. Denuncia una batalla cultural, «un esfuerzo meticuloso, detallado y global que relativiza todo y, por lo tanto, termina otorgando amplia libertad a los líderes violentos». Por consiguiente, insta a los obispos a estar alerta ante tres cosas que no pueden aceptar. La primera se refiere a la constante descalificación de quienes piensan diferente y a la construcción de miedos y resentimientos que allanan el camino a nuevos conflictos. «La violencia, el cinismo y los ataques verbales malintencionados de los líderes políticos en algunos países», subraya el cardenal, «han alcanzado niveles inimaginables no hace mucho».
La inconsistencia de Europa
Otro aspecto a tener en cuenta es considerar la paz y el diálogo como posturas utópicas o irracionales. Por eso, la gente se acostumbra a la violencia política y la guerra, que luego se vuelve necesaria. «A veces, incluso los obispos caen en esta trampa para no ser tachados de ingenuos». Finalmente, la incoherencia como estrategia. «Si un país es enemigo, se le condena como antidemocrático y se le sanciona de diversas maneras; pero si es aliado, se ignora que carece de libertad de expresión, derechos humanos o democracia». Esto se refiere a los líderes más criticados del mundo, pero también a la Unión Europea, que aplica sanciones económicas a un país y envía ayuda en forma de dinero y armas a otro. Contradicciones que surgen en nombre de la conveniencia y que resultan en la falta de un marco real y estable de verdad y valores.
La Iglesia es ajena a los intereses electorales
«La buena noticia en este panorama sombrío», afirma el cardenal Fernández, «es que hoy se abre un espacio nuevo e inusual para la Doctrina Social de la Iglesia. Nuestra enseñanza social, en verdad, posee una integridad, armonía y coherencia que no se encuentran en la política, las propuestas ideológicas ni otros sectores de la sociedad». El mensaje del Evangelio se opone a la guerra, está del lado de los vulnerables y es provida. Por lo tanto, «la Iglesia es ajena a los intereses electorales, no recurre a la violencia verbal ni exige privilegios. Siempre proclama el amor salvador de Cristo, pero jamás lo separa de la defensa constante de la dignidad humana en toda circunstancia».
En conclusión, el mensaje se dirige a la Iglesia en general. «Si tenemos cuidado de no ceder ante la cultura del poder», subraya el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, «y si nos esforzamos por cultivar la cultura alternativa de la fraternidad y el bien común, solo así será posible la plena inculturación del Evangelio en nuestros países y en nuestros tiempos».

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