¿Te has sentido alguna vez cansado de la vida? No físicamente, sino por dentro, cansado de los problemas, de las preocupaciones, de las decepciones, de luchar y no ver resultados. Muchas personas viven así, caminan, trabajan, sonríen, cumplen sus obligaciones, pero en el fondo se sienten vacías, desorientadas, como si les faltara algo esencial.
Precisamente esa es la escena que contempla Jesús en el Evangelio de hoy. San Mateo nos dice que al ver a la multitud se compadeció de ella, porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor. Jesús no ve simplemente una multitud, ve personas concretas, ve corazones heridos, vidas confundidas, almas que buscan sentido. Y la realidad entonces no es muy distinta de la nuestra.
También hoy hay muchas personas que viven sin rumbo, sin esperanza, sobreviviendo más que viviendo. Han perdido la paz, la alegría y muchas veces la cercanía con Dios. Por eso Jesús siente compasión.
Y esta palabra es muy importante. La compasión no significa lástima, significa padecer con, sufrir con el otro, hacer suyo su dolor. Así ama a Cristo.
Si estás lejos de Dios, él no se aleja de ti. Si has caído, no te desprecias. Si te has equivocado, no deja de amarte.
Al contrario, su corazón se conmueve por ti y sale a buscarte. Pero Jesús no se queda solamente en la compasión. Dice a sus discípulos, la mieza es mucha y los trabajadores pocos. Hay muchos corazones que necesitan ser alcanzados por el amor de Dios. Y aquí debemos entender algo importante.
Los trabajadores de la mies no son solamente los sacerdotes o los religiosos y religiosas. Por el bautismo también tú has sido llamado a colaborar en la obra de Dios. Por eso Jesús llama a los doce y los envía a anunciar el reino, a expulsar demonios y a curar enfermedades. Con ello nos enseña que la peor enfermedad del hombre no es la del cuerpo sino la del alma cuando vive lejos de Dios, esclavizado por el pecado, el egoísmo y la desesperanza.
Hoy el Señor te invita a una conversión concreta. Deja de vivir encerrado en ti mismo. Mira a tu familia, a tus vecinos, a tus compañeros de trabajo. Quizás cerca de ti haya alguien cansado, herido o alejado de Dios que necesita una palabra de esperanza.
Esta semana te propongo dos compromisos. Reza cada día por las vocaciones sacerdotales y religiosas y acércate a una persona que necesite ser escuchada, consolada o ayudada.
Recuerda, Cristo tuvo compasión de ti para que tú tengas compasión de los demás. Quien ha experimentado el amor del buen pastor se convierte también en pastor para sus hermanos.
“Señor Jesús, buen pastor, gracias porque nunca te cansas de buscarme cuando me pierdo. Mira mis cansancios, mis heridas y mis pecados. Llena mi corazón de tu compasión y hazme instrumento de tu amor para quienes viven desorientados y lejos de ti. Que nunca tenga miedo de responder a tu llamada y de trabajar en tu mies. Amén”.
Feliz domingo. Dios te bendiga.

