León XIV en España, el salto hacia Iberoamérica

Editorial ACN Nº203

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La decisión del Papa León XIV de iniciar su viaje apostólico a España, antes que en cualquier otra nación de habla hispana, no obedece a cálculos diplomáticos ni a una agenda geopolítica. Es un acto deliberado de memoria y de profecía. Al elegir la península Ibérica como primer destino, y no México, Perú o Argentina, el Sucesor de Pedro está señalando las raíces comunes de una identidad que trasciende fronteras: aquella que surgió del anuncio del Evangelio llevado desde España y que modeló, para bien y para siempre, el alma de las naciones hispanoamericanas.

España fue el puente histórico por el que llegó a América no solo una religión, sino una cosmovisión integral. Los misioneros no se limitaron a bautizar. Fundaron universidades, codificaron derechos en las Leyes de Indias, erigieron catedrales que aún hoy hablan de eternidad y, sobre todo, proclamaron la dignidad inviolable de toda persona redimida por Cristo. Esa herencia no es un capítulo superado de la historia, es el sustrato cultural, moral y espiritual que sigue configurando lenguas, fiestas, valores familiares y anhelos de justicia en todo el continente.

León XIV encarna este vínculo de manera singular. Antes de ser Papa sirvió como misionero y obispo en Perú. En la vigilia de oración con los jóvenes celebrada el pasado 6 de junio en la Plaza de Lima de Madrid, recordó con gratitud aquellos años, el testimonio de fe de un pueblo “marcado por muchas dificultades, pero lleno de esperanza”. Mientras anunciaba el Evangelio, confesó, él mismo era transformado por la vida y la fe de aquellos hermanos. Al evocar también a santo Toribio de Mogrovejo, el obispo español que en el siglo XVI evangelizó Perú estudiando las lenguas locales y defendiendo a los más pobres frente a los abusos, el Papa traza un círculo fecundo: las raíces que España sembró en América regresan ahora, a través de un pontífice con corazón latinoamericano, para ser reavivadas en su fuente originaria.

Las implicaciones de este gesto para el mundo hispanoamericano son hondas y actuales. En un tiempo en que ciertas narrativas ideológicas pretenden reducir la evangelización ibérica a mero episodio colonial o “imposición cultural”, la visita de León XIV recuerda que aquel anuncio fue, fundamentalmente, un acto de humanización. Elevó la condición de los débiles, sembró instituciones de caridad y generó una civilización mestiza en la que lo mejor de las culturas originarias se encontró con la novedad cristiana. Pretender amputar esta memoria colectiva no es progreso, es empobrecimiento. Debilita los resortes morales que hoy resisten al relativismo, al materialismo utilitarista y a las nuevas formas de deshumanización que avanzan tanto desde el mercado como desde el Estado.

En España misma el mensaje adquiere un tono profético. Un país que durante siglos exportó fe, derecho y cultura enfrenta hoy una secularización acelerada, con tasas de práctica religiosa entre las más bajas de Europa y legislaciones que contradicen frontalmente la antropología cristiana. La presencia del Papa en Madrid, en vísperas del Corpus Christi, no es un ejercicio de puro folclor. Es un recordatorio de que la grandeza de una nación no se mide solo por su influencia económica o su alineación internacional, sino por su capacidad de generar personas “humanas como lo es Cristo”.

Precisamente ahí reside el núcleo del mensaje que León XIV confió a los jóvenes y, por extensión, a toda la Iglesia hispana, durante aquella vigilia:

“Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad (cf. Ga 5,6). Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. ¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!”

Estas palabras no proponen un programa político ni una consigna de partido. Ofrecen un estilo de vida, la caridad que se hace carne en el servicio concreto, que cambia la historia más que cualquier revolución o algoritmo. Los primeros cristianos, minoría en un imperio hostil, transformaron su mundo con el testimonio coherente del amor. Hoy, ante las pobrezas materiales (exclusión, violencia, migraciones forzadas) y espirituales (soledad, desesperanza, relativismo) que atraviesan México, Centroamérica, los Andes o el Cono Sur, la misma llamada resuena con urgencia.

La visita de León XIV a España, por tanto, no se agota en Madrid, Barcelona o Canarias. Es un hito que reverbera desde la Plaza de Lima hacia Guadalajara, Lima, Bogotá o Buenos Aires. Nos recuerda que el mundo hispanoamericano no es un archipiélago de países aislados, sino una familia espiritual nacida de un mismo anuncio. Una familia que, en medio de las crisis del presente, está invitada a ser de nuevo misionera de aquella caridad que cambia la historia porque, como nos recordó el Papa, nosotros podemos cambiar la historia. Hagámoslo con el amor.

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