Yo no he venido a llamar a losjustos, sino a los pecadores

Xº Domingo del Tiempo Ordinario

  • Del santo Evangelio según san Mateo: 9,9-13

         En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.

          Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo,  muchos  publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?. Jesús los oyó y les dijo: «No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia  y  no  sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Palabra del Señor.        R. Gloria a ti, Señor Jesús.

COMENTARIO: 

  1. En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió”: Jesús siempre nos está viendo, y viendo con amor. Nos ha amado desde antes que naciéramos (cf. Jer 1,5), y por ello con amor y por nuestro bien a cada uno nos da una misión, y nos elige para ello. Así, en este pasaje del Evangelio Jesús ve con amor a Mateo, quien hasta ese momento, como muchos de nosotros, tenía un trabajo: era recaudador de impuestos. Jesús le da una nueva y trascendente misión, la de ser evangelizador y apóstol, y para ello, Cristo lo invita a lo mejor que le pudo haber sucedido: Sígueme. Esa invitación que Jesús nos hace a todos sin distinción, es siempre una llamada de amor para que nos suceda lo mejor en nuestra vida: descubrir, seguir y amar a Jesús, tener vida eterna en Él, ser absolutamente felices viviendo y permaneciendo en su amor.
  2. Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo,  muchos  publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos: la conversión de san Mateo fue ocasión para que muchos, que de entrada estaban lejos de Dios, sea por sus trabajos en el mundo como por su condición de pecadores, concibieran la posibilidad real para cada uno de ellos de también tener esa misma alegría de Mateo, ser recibidos y amados por Cristo,  invitados  a  seguir  al  Maestro transformando sus vidas.
  3. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: ‘¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores? : los fariseos creen conocer la mente de Dios al condenar que Jesús coma con publicanos y pecadores. Muy ignorantes estaban de que en la mente de Dios no estaba el condenar a los pecadores y alejados. En el corazón de Dios no estaba el rechazar al hombre caído en pecado, o alejado de su amor y misericordia. Pero esto ellos no lo veían. Será Jesús quien revele la verdadera actitud de Dios para con los pecadores.
  4. Jesús los oyó y les dijo: No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos : En efecto, Jesús, el Hijo santísimo del Padre, eterno como Él, Dios como Él, nos revela con su actitud y con sus palabras que el Padre es misericordioso, dispuesto a perdonarnos todo con tal de que estemos arrepentidos sinceramente. La máxima prueba de que nos ofrece su perdón será la salvación que nos brinda en la cruz de Cristo. Por la pasión, muerte y resurrección de Cristo se ofrece a toda la humanidad el perdón de sus pecados, la supresión de su condenación, su salvación y felicidad eternas, la felicidad plena en la eterna comunión con Dios.
  5. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia  y  no  sacrificios: Jesús, citando la Sagrada Escritura (Oseas 6,6) acentúa la verdadera actitud de Dios hacia el hombre pecador y alejado de Dios: la misericordia, la salvación gratuita en la sangre redentora de Cristo. Dios brinda, en la cruz de Cristo, a toda la humanidad la posibilidad real de la salvación, pasando de ser hijos de cólera (Ef 2,3) a ser hijos amados de Dios (cf. Jn 1,12).
  6. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores: Jesús concluye esta enseñanza de la misericordia de Dios con una frase contundente y que no deja lugar a dudas: Cristo ha venido a redimir a los pecadores, a venido a morir por todos, pues todos somos pecadores. Los justos en sí mismos, sin Cristo y sin Dios, no existen. Sí existían, y existen, los que creían ser “justos”, basados en su supuesto impecable comportamiento externo, pero sin tener a Cristo en su corazón, y por ello, si no ven a Cristo, no ven que Dios nos quiere perdonar en Él, y que su cruz es la causa de salvación para todos. No ven que ellos, por sí mismos y en sí mismos, están muy lejos de ser justos a los ojos de Dios, serán justos a los ojos del mundo, pero su corazón no se ha convertido hacia Cristo, ni  ha entendido la verdadera misericordia de Dios: la ternura de Dios Padre que busca en cada uno de nosotros al hijo pródigo para que vuelva a la felicidad de la casa del Padre. Sólo Cristo nos puede traer de vuelta al amor del Padre.
  7. Y todo esto tan hermoso ¿dónde, nosotros cristianos del siglo XXI, lo podemos encontrar?, y la respuesta es que Jesús dejó un sacramento especial para ello, es decir, en un acto sensible y presente en el aquí y ahora que hace presente ese perdón de Dios: el sacramento de la reconciliación, la confesión. Ahí, a través del ministro que es el sacerdote, está Dios esperando para perdonarnos todo, absolutamente todo aquello de lo que sinceramente le pidamos perdón. Y el perdón que ahí se da es absolutamente el perdón de Dios, declarado por las palabras de absolución del ministro. Un sacramento tan hermoso, pero tan atacado por el diablo, sabedor de que por esa puerta pasamos a la verdadera vida, la vida en Cristo. De ese sacramento salimos renovados, perdonados, fortalecidos y con Cristo en el corazón. Aprovechemos siempre la gran oportunidad que Dios nos da de poder recibir ese hermoso y salvífico sacramento.
  8. Que la Santísima Virgen María, Madre de misericordia y Madre tierna de los pecadores, nos guíe al caudal de misericordia que el Corazón de Cristo derrama siempre en el santo sacramento de la confesión.
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