El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día

Solemnidad movible, jueves después del domingo de la Sma. Trinidad

  • Del santo Evangelio según san Juan: 6, 51-58

         En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida.

         Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?.

         Jesús les dijo: Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

         Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

         Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre.

Palabra del Señor.        R. Gloria a ti, Señor Jesús.

CATEQUESIS:

Antes de comentar el Evangelio de este solemne jueves, repasemos, conforme a la fe de la Iglesia, las Verdades de Salvación relativas a esta solemnidad; en este contexto de la fe de la Iglesia, entenderemos rectamente la revelación profunda de la Sagrada Escritura en relación al gran don de la Eucaristía:

  1. La Iglesia desde sus inicios, en cumplimiento del mandato del Señor “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19), celebra la Eucaristía, la Santa Misa. Hay testimonios desde hace dos mil años que la Santa Misa se celebraba en el día domingo, en virtud de ser el día de la victoria de la Resurrección del Señor, victoria que celebramos en cada Santa Misa. En el tiempo de los apóstoles, inmediatamente después de la ascensión del Señor, encontramos que a la Eucaristía se le llamaba la “fracción del pan” (Hech 2,42). Así, la Iglesia, desde hace dos mil años, celebra este misterio de la Eucaristía, cada domingo, y a través de este misterio Jesús cumple su promesa de estar siempre, todos los días, con sus discípulos hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20 ).
  2. Al hablar de la Eucaristía hablamos en primer lugar de la celebración de la Santa Misa, el Sacrificio de Cristo en la Cruz, sacrificio ofrecido sacramentalmente en el altar; y al participar del cual en la Comunión eucarística, recibimos a Jesús sacramentado en la hostia consagrada (o también en el vino consagrado, cuando es bajo las dos especies), y por ello a la hostia consagrada también le llamamos Eucaristía.
  3. Desde siempre la Iglesia cree con absoluta certeza que Jesús está presente en el Sacramento de la Eucaristía.
  4. Esto no se refiere a un mero simbolismo, sino a una absoluta realidad, pues Jesús lo afirmó, y la Iglesia desde siempre le cree a su Señor. Ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía, se impone el acto sincero y absoluto de la adoración, es decir, del reconocimiento en la fe de esta presencia real, física, substancial de Cristo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad (cf. Concilio de Trento, “Cánones sobre el Santísimo Sacramento de la  Eucaristía” , 1).
  5. La Iglesia en el Concilio de Trento afirmó solemnemente que se debe adorar la Sagrada Eucaristía, incluso externamente, lo que la liturgia y devoción de todos los tiempos ha traducido con la acción de hincarse ante la presencia real de Cristo en la Santísima Eucaristía (cf. Concilio de Trento,“Cánones sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía”,  6 ).
  6. La gran maravilla de la Eucaristía no se queda sólo en la admiración de un hecho externo y objetivo, sino en el aprovechamiento interno y espiritual de tan gran don para nuestra salvación: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré el último día” (Jn 6,54).
  7. Toda la vida de la Iglesia mana de la celebración de la Eucaristía y culmina y se plenifica en ella (cf. Lumen Gentium 11), por ello, el precepto de la Iglesia de participar en la Misa dominical no es tanto una carga, sino la exigencia moral de corresponder al amor tan grande de Aquél que se entrega por nosotros en el Sacrificio del altar, y lo cual conlleva un enorme beneficio para el fiel que participa en la Eucaristía, y para toda la humanidad invitada a alimentarse del Cuerpo del Señor.
  8. Y por ello mismo, esta solemnidad del “Corpus Christi” (“Cuerpo de Cristo) actualmente también es Fiesta de precepto (por tanto la Misa es obligatoria, aunque no caiga en domingo; en México actualmente son cuatro los días de Precepto, y por tanto de Misa obligatoria que no caen en domingo: 12 y 25 de diciembre; 1 de enero, y, aunque es de fecha movible o variable, el jueves de “Corpus Christi”).
  9. Todos los himnos y alabanzas no alcanzan para hacer una adecuada adoración de este santísimo Sacramento; las procesiones tradicionales con el Santísimo Sacramento, están mandadas realizarse, así como otros actos de reconocimiento público, como pueden ser los Congresos Nacionales e Internacionales Eucarísticos. Todo ello nos hace tomar conciencia como Iglesia del enorme don recibido, pero lo que más nos beneficia es sin duda alimentarnos con el Pan de Vida eterna, aquel Pan que nos puede introducir hasta el Cielo mismo.

COMENTARIO  DEL  TEXTO  DEL  EVANGELIO:

  1. En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida’”: Jesús es el Hijo eterno del Padre que sin dejar de ser Dios quiso además ser hombre verdadero. Él es la Palabra eterna del Padre. Y para nosotros, que fuimos creados para la comunión con Dios, ello es nuestra felicidad eterna; la comunión con Cristo es el verdadero alimento para nuestra humanidad, en lo más profundo y fundamental de la misma; Cristo es lo único que nos lleva a plenitud y felicidad, por ello es nuestro pan más esencial, el que nos eleva a la verdadera vida, que es estar en comunión con Dios, comunión eterna de plenitud y amor.
  2. Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? : como en todos nosotros, en los judíos brotó inmediatamente el nivel material delrazonamiento, siempre pensando que lo que no podemos nosotros realizar tampoco Dios lo podría hacer, pues pensamos que Dios se mueve en nuestros límites, y no nos elevamos a pensar que Dios está muy por encima de lo que podemos imaginar y hacer. Aquello que a nosotros nos parece increíble, es perfectamente posible para Dios; y así, nos hace partícipes de su propia vida divina: “…el que coma de este pan vivirá para siempre.
  3. Jesús les dijo: Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes’”si alguien no nos miente nunca es Cristo. Y Él ha anunciado que su carne es verdadera comida para que el mundo viva. Lo dice y lo reafirma. Sólo un corazón duro, aun viendo los milagros de Jesús, se resistirá a creer en Él, anclando su mente a lo material, y no dejando elevarse a su espíritu a través de la fe en el Hijo de Dios.
  4. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día: ya se ve en estas palabras de nuestro Señor como su promesa tiene un horizonte de vida eterna. Sólo el que comulga con Jesús tiene esa vida eterna que nadie más nos puede dar, y sólo quien recibe a Jesús como alimento será resucitado en el último día.
  5. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí”: Jesús, a través de la comunión con su cuerpo y su sangre, nos hace partícipes de su misma vida divina, y por eso el que come su cuerpo y bebe su sangre permanece en Jesús y Jesús en él. Hermosamente añade Jesús, que así como Él vive por el Padre, así el que come su cuerpo vivirá por Jesús. Que vida más elevada la del que en gracia comulga el cuerpo de Cristo, pues participa de la misma vida divina.
  6. “Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre: los judíos sabían que el maná había llovido del cielo como un pan dado por Dios y que los sostuvo en los duros años de su caminar en el desierto después de salir de Egipto, pero Jesús aclara que el maná no es el verdadero pan del cielo, pues de él comieron sus padres y murieron; en cambio el que come el cuerpo de Cristo vivirá para siempre; Jesús es el verdadero pan del cielo que nos da el Padre celestial.

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Adoremos verdaderamente agradecidos, exultemos y gocemos en este jueves, el gran don de Cristo mismo hacia cada uno de nosotros, en el Santísimo Sacramento del altar.

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