Los encuentros con la Santísima Virgen María nos acercan más a Jesús y hacen posible que nos mantengamos fieles y jamás le perdamos el sentido a la vida cristiana. Jesucristo mismo sembró en nuestro corazón el cariño hacia su propia madre y nos pidió, ya estando en agonía clavado en la cruz, que la recibiéramos, que la cuidáramos, que la lleváramos a vivir con nosotros.
No se trata sólo de la preocupación de un hijo para asegurar el futuro de su madre, sino de la inquietud del Señor para fortalecernos en nuestra vida como discípulos. Por medio de este encargo que nos hace, en la persona del apóstol Juan, Jesús nos estaba diciendo: si quieres ser discípulo mira a María, aprende de ella, de sus gestos, de sus palabras e incluso de sus silencios; déjate educar y formar por ella, como hacen todas las madres con sus hijos.
En efecto, una madre no nos mete solo en este mundo, sino que hace posible la vida todas las veces que es amenazada. Esta madre hace posible la vida cristiana cada vez que vienen las persecuciones y sentimos el cansancio; hace posible la fortaleza y la fidelidad cuando nos toca estar al pie de la cruz.
De esta forma lo explica el papa Francisco: “El Señor mismo sabe que necesitamos refugio y protección en medio de tantos peligros. Por eso, en el momento más alto, en la cruz, dijo al discípulo amado, a cada discípulo: «He ahí a tu Madre!» (Jn 19, 27). La Madre no es (…) una cosa opcional, es el testamento de Cristo. Y nosotros tenemos necesidad de ella como un caminante del descanso, como un niño de ser llevado en brazos. Es un gran peligro para la fe vivir sin Madre, sin protección, dejándonos llevar por la vida como las hojas por el viento. El Señor lo sabe y nos recomienda acoger a la Madre. No es un simple gesto de cortesía espiritual, es una exigencia de vida. Amarla no es poesía, es saber vivir. Porque sin Madre no podemos ser hijos. Y nosotros, ante todo, somos hijos, hijos amados, que tienen a Dios por Padre y a la Virgen María por Madre”.
Reconozco con la emoción y la gratitud de un hijo la ternura y el carácter esencial de la Virgen María en la vida cristiana, pero también soy consciente de las dificultades y resistencias que tienen algunos hermanos para acoger a la Santísima Virgen María. Algunos se han quedado bloqueados por una serie de prejuicios y otros, intentando abrirse a la maternidad de María, sienten dificultades para dar este paso. Sin pretensión de ser exhaustivo, quisiera señalar algunas razones que expliquen esta situación.
En primer lugar, se puede explicar por razones psicológicas: cuando, por ejemplo, una persona no ha tenido una buena relación con su mamá, ante la Virgen también proyecta el rechazo o la reserva que siente hacia su madre. Por supuesto que puede suceder lo contrario, como lo vemos con frecuencia en la vida de los santos. Ante la muerte de una madre, ante su ausencia o ante la falta de afecto maternal, alguien se puede sentir impulsado a amar a la Santísima Virgen María y a adoptarla como su madre.
En segundo lugar, se pueden explicar estas resistencias por razones doctrinales: cuando estamos expuestos a constantes ataques a nuestra fe y se escuchan con frecuencia controversias ideológicas que desacreditan a María. Cuando vivimos en ambientes de fuerte confrontación se pueden sembrar sospechas y se inhibe, definitivamente, el afecto natural que tenemos a la Virgen María. Hay personas que, confundidas, sienten que exageran al amar tanto a María y llegan a creer que se están portando como idólatras, ofendiendo el señorío de Dios.
El papa Juan Pablo II compartió que en algún momento de su vida tuvo este temor: si acaso nosotros como cristianos nos estábamos excediendo en el amor a la Virgen María. Pero comentaba con gran sorpresa que descubrió que no solo María nos lleva a Cristo -como siempre lo hemos sostenido-, sino que Cristo también nos lleva a María.
Jesús no irrumpió en nuestro mundo como un meteorito ni apareció como de repente. El Padre del cielo nos entregó a Jesús por María y permitió que María nos presentara al Mesías, al Salvador del mundo. Si algún día tenemos el temor de exagerar o de extralimitarnos en el culto a María conviene que recordemos esta verdad bíblica. El Padre es mariano, hizo tan bella a María, amó a María y la escogió.
Procedemos como el Padre que nos entregó a Jesús por medio de María. Por lo tanto, nuestra devoción a María es una forma de imitar al Padre que la escogió para ser la Madre del Salvador del mundo. Lo podemos decir de manera más precisa con las palabras de San Luis María Grignion de Montfort: “El entregarse así a Jesús por María es imitar a Dios Padre, que no nos ha dado a Jesús sino por María”.
María llevó en su seno y formó al Hijo de Dios. De la misma manera, sostiene San Juan Eudes, el Padre del cielo le permite engendrar a Jesús en el corazón de todos nosotros: “Así como el Padre eterno concedió a María concebir a su Hijo primero en su Corazón y luego en su seno virginal, así también le dio el poder de formarlo en el corazón de los hijos de Adán”.
Así que somos nosotros los que proyectamos nuestros complejos, prejuicios, intereses e ideologías, suponiendo que Dios se enoja si queremos mucho a María. Dios no reacciona con celos y envidias como solemos reaccionar.
Muchas personas que aman a la madre de Jesús han resultado lastimadas en lo más profundo ante las críticas y señalamientos a María, pues se le suele criticar de manera despiadada. Ante la persistencia de estas campañas anti-María hay hermanos que sucumben, dudan y llegan a abandonar su devoción mariana con serias consecuencias, porque en el fondo la aman, la reconocen. Y así reprimen el amor a María Santísima.
En tercer lugar, no podemos dejar de referirnos a las razones pastorales: cuando la catequesis, el culto y la pastoral de la Iglesia no fomentan el amor a la santísima Virgen María. Es cierto que somos un pueblo mariano y que por naturaleza estamos inclinados a María, pero ante los ataques despiadados hace falta defenderla, promoverla y proponerla como un camino auténtico para llegar a Jesús.
La pastoral de la Iglesia a veces puede quedar atrapada en los modernismos y en las cosas novedosas, olvidando los fundamentos de la fe y la religiosidad tan necesarias para experimentar el fuego del amor divino.
Finalmente, hay que señalar las razones culturales: cuando reprimimos y escondemos las expresiones de nuestra fe ante el ambiente social que desacredita y se burla de la vida cristiana. El amor a María se puede quedar muchas veces en una práctica secreta y privada, así como en una cuestión devocional que no transforma la vida.
María nos ayuda a volver a lo esencial, a reafirmar nuestra identidad como hijos de Dios y a consolidar nuestra vocación como discípulos. Lo maravilloso de la Virgen María es que, aunque nos olvidáramos ingratamente de ella o la hiciéramos a un lado en nuestra vida cristiana, no le podemos pedir a una madre que deje de ser madre. María buscará protegernos y llevarnos hacia Jesús.
De hecho, dice el santo Cura de Ars que: “La Santísima Virgen nos ha generado dos veces: en la encarnación y al pie de la cruz. Es, por tanto, dos veces nuestra Madre”. En Nazaret asiste a la anunciación y en el Calvario recibe una nueva anunciación: no sólo ser madre de Dios, sino la madre de todos los hijos de Dios.
Meditando en este misterio de maternidad no dejemos de reconocer a qué precio nos ha engendrado al pie de la cruz: “No puedes adentrarte en el misterio del dolor si no estás sostenido por los brazos de María. María místicamente nos ha generado al pie de la cruz a través del martirio más atroz que corazón de madre haya jamás conocido. Somos verdaderamente hijos de sus lágrimas” (San Leopoldo Mandic).
Edward Schillebeeckx en su libro, María, Madre de la redención, señala de forma muy bella que: “Cuando los misioneros cristianos llegan a un territorio de misión desconocido hasta entonces, encuentran que María está allí desde hace ya mucho tiempo, y que ha llenado ya de agua los cántaros, y que tan sólo espera sacerdotes que la sigan y produzcan de nuevo el milagro de Caná en nombre de Cristo”.

