Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad, es decir, la realidad del Dios en el que creemos que es un solo Dios verdadero, en tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
¿Has pensado alguna vez qué es lo que más desea una persona que ama de verdad? Cuando amas a alguien no te basta darle cosas, deseas compartir tu vida con ella, quieres cercanía, comunión, encuentro. Por eso las relaciones más dolorosas no son necesariamente aquellas donde hay distancia física, sino aquellas donde aún estando cerca ya no existe verdadera unión del corazón.
Algo semejante puede suceder en tu relación con Dios. Puedes creer en Él, rezar e incluso participar en la vida de la Iglesia, pero vivir sin experimentar una verdadera comunión con Él. Por eso el Evangelio de hoy nos revela el corazón del misterio de la Santísima Trinidad.
Jesús nos dice, tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único. La Trinidad no es un problema teológico incomprensible, es la revelación de que Dios es amor. El Padre te ama, el Hijo es entregado por amor para nuestra salvación y el Espíritu Santo es el amor que une eternamente al Padre y al Hijo y que ha sido derramado en nuestros corazones.
La primera verdad que debes grabar en tu alma es esta, Dios te ama. No eres fruto de la casualidad ni estás abandonado a tu suerte. El Padre pensó en ti, te creó por amor y quiere llevarte a la plenitud de vida.
Por eso Jesús añade algo que cambia completamente la imagen que muchos tienen de Dios. Dice, Dios no envía a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él. Con frecuencia vivimos con miedo, cargando culpas, heridas o fracasos.
A veces imaginamos a Dios como un juez severo que espera nuestros errores para castigarnos, pero Jesús nos muestra un Padre que busca salvar, levantar, perdonar y devolver la esperanza. Sin embargo, el amor necesita una respuesta. Dios no obliga, invita, respeta tu libertad y espera que abras tu corazón.
Por eso hoy la pregunta no es si sabes quién es Dios, sino realmente vives como Hijo suyo. Una cosa es conocer ideas sobre Dios y otra muy distinta dejarte amar por Él y permitir que transforme tu vida. Quizá necesitas confiar más y controlar menos.
Quizá necesitas dejar atrás el resentimiento, la autosuficiencia o la indiferencia espiritual. Quizá necesitas volver a la oración sencilla y confiada de quien sabe que tiene un Padre en el cielo.
Esta semana te propongo dos compromisos concretos. Primero, haz cada mañana la señal de la cruz lentamente, recordando que perteneces al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Segundo, realiza un acto concreto de amor. Reconcíliate con alguien, escucha con paciencia o ayuda generosamente a quien lo necesite.
Porque cada vez que construyes comunión, reflejas en el mundo el rostro de la Trinidad que es unión. Al acercarte hoy a la Eucaristía recuerda, has sido creado para vivir en el amor de Dios. El Padre te ama, el Hijo te salva y el Espíritu Santo habita en ti.
Señor, ayúdame a vivir como hijo tuyo, a dejarme amar por ti y a reflejar con mi vida el amor a la Santísima Trinidad. Amén.
Feliz domingo. Dios te bendiga.

