¿Cómo es nuestra forma de creer?

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el Domingo de la Santísima Trinidad.

El domingo pasado hemos terminado el tiempo de Pascua con la fiesta de Pentecostés y proseguimos nuestro camino en el tiempo Ordinario que habíamos dejado antes de la Cuaresma; el color litúrgico de este tiempo es el verde, hoy usamos color blanco por la solemnidad que celebramos, la Santísima Trinidad. Celebramos el misterio central de nuestro cristianismo, del cual se nos ha hablado desde muy niños, cuando nuestras mamás nos enseñaron la doxología que recitamos: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, mientras trazamos una cruz en nuestro cuerpo.

En esta solemnidad celebramos que Dios no es un ser ocioso que se limita a observar desde el cielo lo que pasa aquí abajo, ni es una especie de máquina que hace que el mundo funcione, ni mucho menos es un personaje imaginario creado por el ser humano. Todo lo contrario, hoy celebramos que Dios es “Comunidad” y se hace presente aquí y ahora.

Los grandes teólogos de los primeros siglos lucharon por encontrar fórmulas sencillas para hacer alusión a grandes misterios, con la finalidad de que se retuvieran en la mente con mayor facilidad. Así crearon lo que llamamos doxología, que hace alusión al gran misterio cristiano: “Dios que es Uno y Trino”. Un Dios en Tres Personas distintas, armonía de la creación, plenitud del ser humano. Más que pretender explicar el misterio trinitario, mantengamos una actitud de adoración que nos conduzca a contemplar la grandiosidad de Dios que ha querido manifestarse en Jesucristo y que nos deja su Espíritu Santo, que nos da la paz y nos impulsa a la misión.

La fórmula trinitaria la aprendimos desde niños, y la repetimos al levantarnos y al acostarnos; en su nombre, salimos en la madrugada a cumplir nuestro trabajo; en su nombre, salta el deportista al terreno del juego, observemos en el próximo mundial de football que en unos días se llevará a cabo en nuestro País. Todo lo emprendemos con esta invocación Trinitaria, la celebración de los sacramentos, los sacramentales, nuestras reuniones, etc. Es tan sencilla y tan repetitiva, que corremos el riesgo de hacerlo sin ser plenamente conscientes de lo que estamos recitando y lo podemos hacer de manera mecánica. Qué bueno que empecemos a valorar esta expresión tan sencilla y tan llena de sentido. Qué hermoso que al recitar la doxología lo hagamos de manera consciente, pausada, pensando en lo que van pronunciando nuestros labios. El invocar o el ponernos en las manos de la Santísima Trinidad no se ocupa mucho tiempo, pero sí ocupa mucha atención para hacerlo de mejor manera; dejemos de hacer cualquier cosa y centrémonos en lo que estamos pronunciando.

Aquel Dios que se ha empeñado una y otra vez en que el hombre no ande solo, tampoco quiso para sí mismo la soledad. ¡Bendito este misterio Trinitario! Si Dios es tres en uno, también nosotros estamos llamados a ser uno en Dios.

En el Evangelio hemos escuchado a Jesús hablando con un maestro judío, llamado Nicodemo; no conversan sobre los problemas conflictivos de la ley judía, Jesús centra la atención en temas de los que apenas se habla en Israel: cómo renacer a una vida nueva, qué camino seguir para tener vida eterna. De pronto Jesús pronuncia unas palabras que trascienden cualquier conversación humana, y resumen de manera grandiosa todo el misterio que se encierra en Él, cuando dice: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”. ¿Qué podemos sentir hermanos, al escuchar estas palabras, los hombres y mujeres de hoy, atraídos por todo bienestar inmediato y tan escépticos ante promesas divinas de vida eterna? ¿Qué nos puede decir el amor de Dios en una sociedad llena de intereses, objetivos y luchas tan contrarios al amor? Las palabras de Jesús destacan lo inmenso y universal del amor de Dios. No podía ser de otra manera. Dios ha amado al mundo entero, no sólo a Israel, a la Iglesia, a los cristianos… Ha enviado a su Hijo, no para condenar, sino para salvar, no para destruir, sino para dar vida eterna. Lo sepa o no, el mundo existe, evoluciona y progresa bajo la mirada amorosa de Dios.

Sabemos que el ser humano en su libertad, le da la espalda a Dios, pero no por eso Dios deja de ser lo que es: “AMOR”, Dios sigue amando su creación y su amor es tan grande que nos regala a su Hijo único; con el nacimiento de Jesús se cumplen las promesas realizadas en el Antiguo Testamento. La irrupción de Jesús en la historia, no es para juzgar o condenar, escuchemos su objetivo: “Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él”.

Dios en su intimidad más profunda, es sólo amor, acogida, ternura. Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es Amor, fácilmente nos relacionamos con Él desde el interés o desde el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho, o un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador; pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.

Hermanos, Jesús no viene a condenar o a juzgar, viene a manifestar el amor de Dios; en la Persona de Jesús, nos damos cuenta que Dios es amor; sus palabras y sus obras, nos muestran el amor de Dios; su proyecto es un proyecto de amor. Al amor de Dios nada ni nadie escapa, sólo el que no quiera aceptarlo: “El que cree en Él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado…” El ser humano en su libertad puede darle la espalda a Dios, pero Dios sigue amándolo.

Hermanos, podría ser sencillo elaborar una homilía sobre la Santísima Trinidad y su amor hacia la humanidad, pero para ser merecedores de ese amor, existe esta condición: creer en Jesús. Dios no obliga a nadie a amarlo, le respeta la libertad, así que podemos acoger a Dios o lo podemos rechazar; nadie nos fuerza, somos nosotros los que debemos de decidir: creer en Jesús o rechazarlo. Reflexionemos: ¿Cómo es nuestra forma de creer?

Hermanos, el gran misterio Trinitario nos lleva a reflexionar en que, hemos de esforzarnos por vivir la unidad en la diversidad. Dios es Uno en Tres personas distintas; cada persona tiene su función y están unidas por el Amor. A esta unidad estamos llamados en este mundo marcado por la división de fronteras, de partidos políticos, de ideologías, de gustos, etc. Debemos preguntarnos: ¿Cómo podremos lograr la unidad respetando las diferencias? Pareciera que es más sencillo dividirnos, tomar partido, que buscar la unidad. Pero Jesús nos descubre que el Padre Dios tiene un proyecto nacido de su corazón: Construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama Reino de Dios e invita a todos a entrar en este proyecto. ¿Estás dispuesto a hacer cada día más tuyo este proyecto del Reino? Recordemos que allí donde el amor se hace don sincero, paciencia activa y apertura al otro, Dios mismo se hace presente. Vivir trinitariamente, es aprender a amar sin poseer y a construir comunión cada día. Que nuestras relaciones humanas, sean un amor que permita ser distintos, diversos y complementarios.

Preguntémonos: ¿Qué valores y actitudes deberíamos cultivar para que nuestra familia, nuestra comunidad eclesial y nuestra sociedad encarne la vida Trinitaria?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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