No aspiro a la gloria; lo que quiero es abrazar al Glorificado

Llegamos a considerarlos como situaciones normales o experiencias que forman parte de la vida; no hemos profundizado de dónde vienen o por qué se experimentan en momentos determinados; los experimentamos como cosas que van y vienen, pero sin reparar en su carácter de don y misterio; los recibimos y los disfrutamos sin agradecer que han llegado gratuitamente a nuestra vida y, sobre todo, sin dejar que estos dones aniden en nuestro corazón y comiencen a generar un nuevo estilo de vida.

Eso nos ha pasado con los dones del Espíritu Santo, con los regalos que ofrece a los hombres; vienen del cielo, inundan nuestra vida, nos asisten a cada momento, pero no agradecemos por haberlos recibido ni los ponemos como cimientos de una nueva vida. Muchos de esos dones se marginan o se quedan en el olvido, cuando nuestro estilo de vida rechaza la acción del Espíritu Santo.

Pero basta tomar conciencia del carácter de novedad, de sorpresa, de gratuidad, de alegría inexplicable que tantas veces hemos experimentado para caer en la cuenta que no se trata de cosas normales, de situaciones ordinarias que forman parte de la vida, sino de la irrupción sutil e imperceptible del Espíritu Santo.

Cuando sentimos inexplicablemente una presencia que nos consuela; cuando experimentamos de repente la alegría; cuando caemos en la cuenta de algo que no entendíamos; cuando finalmente damos el paso al perdón, después de tanto tiempo cerrados al amor; cuando dan ganas de comenzar de nuevo; cuando se siente el deseo de cambiar de vida; cuando nos duele el pecado que cometemos; cuando nos sentimos insatisfechos; cuando deseamos profundamente una vida diferente a la que llevamos; cuando se nos abre la inteligencia a situaciones que no entendíamos; cuando sentimos gusto por las cosas de Dios; cuando somos impulsados a una vida diferente, a pesar de los caminos torcidos que hemos recorrido.

Se trata de la actuación del Espíritu Santo que siempre anda aleteando entre nosotros y constantemente nos asiste con sus sagrados dones. Este mundo es el mundo del Espíritu, porque a pesar de todo lo que pasa nos mantiene en la vida, nos sostiene en la esperanza, nos impulsa al amor, nos saca de nuestro encierro, nos fortalece en la adversidad, nos anima en la desgracia, nos compromete en la adversidad y nos ilumina en la oscuridad.

El Espíritu siempre está actuando, aunque no le concedamos el crédito necesario, ya que pensamos que se trata de nuestro gran corazón o de nuestras propias capacidades las que generan los resultados que alcanzamos en la vida. El Espíritu Santo se está derramando constantemente, pero con nuestra forma de vivir bloqueamos muchas veces su acción y opacamos la presencia del dulce huésped del alma, pues el Espíritu Santo ha hecho su morada entre nosotros.

Karl Rahner, el gran teólogo alemán, con la profundidad de su pensamiento, nos ofrece algunas pistas para reconocer su presencia misteriosa pero real.

“Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con perseverancia hasta el final, con una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar… Cuando uno corre el riesgo de orar en medio de las tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar… Cuando uno acepta y lleva libremente una responsabilidad sin tener claras perspectivas de éxito y de utilidad… Cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil… Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre las demás esperanzas particulares y abarca con su suavidad y silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas… Entonces el Espíritu de Dios está trabajando. Allí está Dios. Allí es Pentecostés”.

Necesitamos ser conscientes de la acción del Espíritu Santo en nosotros a través de sus sagrados dones. Esto es lo que trae a la Iglesia la fiesta de Pentecostés: el don del Espíritu que ilumina, pacifica, fortalece, sana y hace nuevas todas las cosas. Se trata de la promesa de Jesús que nunca dejará de cumplirse, aunque a nosotros nos toca pedir estos dones, desear esta presencia y estar a la expectativa de la llegada del Espíritu a nuestras vidas.

Así nos encontramos estos días en la Iglesia: unidos en la plegaria, pues a la oración vamos a aumentar la capacidad de nuestro corazón para recibir todos los regalos que Dios nos tiene preparados. San Agustín reflexiona al respecto: ¿Por qué Dios quiere que recemos?

“Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña” (Carta 130 n.17).

El poder de la oración siempre va más allá de lo que pedimos. La oración, como reflexiona San Agustín, acrecienta nuestra capacidad de desear. Por eso, llegamos a experimentar que no solo deseamos y necesitamos los dones de Dios, sino al mismo Donante.

La paz y el consuelo que ofrece la oración a veces nos hace experimentar que las necesidades personales que nos llevaron a Dios pasan a segundo término, cuando disfrutamos la presencia de Dios y somos sorprendidos por la gloria del Señor que nos inunda. En una de sus oraciones Lydia de la Trinidad le dice al Señor: “Señor, te quiero a Ti, no a tus regalos, te busco a Ti, no a tus consuelos, y aunque los haya buscado, ahora sólo en Ti me quedo”.

De la misma forma, san Gregorio de Narek, monje armenio, confiesa así su amor a Dios: “No es a causa de Sus dones por los que me acuerdo de Dios, sino porque Él es la esencia misma de la vida… No hay lugar para la esperanza sino las cadenas de amor que me devuelven a Él; ningún lamento de sus dones, sino más bien del Donante”.

Y siguiendo este mismo deseo escribió esta hermosa oración:

“Aspiro al Donador más que a sus dones.

No hay lugar para la esperanza, sino las cadenas de amor que me devuelven a Él.

Tengo siempre nostalgia del Donante, no de sus dones.

No aspiro a la gloria; lo que quiero es abrazar al Glorificado (…).

No es por el deseo de la vida, sino por el recuerdo de Aquel que da la vida que yo me consumo.

No es detrás del deseo de gozos que yo suspiro, sino por el deseo de Aquel que los prepara…

No busco el descanso; lo que pido, suplicante, es ver el rostro de Aquel que da el descanso.

Lo que ansío no es el banquete nupcial, sino estar con el Esposo”.

Mantengámonos unidos a María Santísima que hace posible que aguardemos la venida del Espíritu Santo. Unidos a María, esposa del Espíritu Santo y dispensadora de todas las gracias, pidamos los dones del Espíritu Santo, pero sobre todo el deseo de estar siempre con Dios. San Pedro Damián así se refiere a la Santísima Virgen María, hablando de su divina concepción:

“Hoy es el día en que Dios comienza a poner en práctica su plan eterno, pues era necesario que se construyese la casa, antes que el Rey descendiese para habitarla. Casa hermosa, pues, si la Sabiduría construyó una casa con siete columnas trabajadas, este palacio de María está conectado a la tierra en los siete dones del Espíritu Santo”.

San Bernardino de Siena, a quien celebramos recientemente y que tanto amó a la Santísima Virgen María y al Señor San José, reafirma cómo las gracias que Dios nos concede, nos vienen por medio de la madre de Jesús:

“Por María, de la cabeza de Cristo, pasan todas las gracias vitales a su Cuerpo Místico. El día en que siendo Virgen fue hecha Madre de Dios, adquirió una suerte de posesión y autoridad sobre todas las gracias que el Espíritu Santo concede a los hombres de este mundo, que nadie jamás obtendrá gracia alguna, sino según lo disponga esta Madre piadosísima”.

Llega a afirmar, incluso, este santo franciscano: “Ya que toda la naturaleza divina se encerró en el seno de María, no temo afirmar que por ello adquirió la Virgen cierta jurisdicción sobre todas las corrientes de las gracias, pues fue su seno el océano del cual salieron todos los ríos de las divinas gracias”.

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