Mientras el Primer MInistro homosexual de Francia, Gabriel Attal, reaviva el debate sobre la gestación subrogada, este asunto aparece como un síntoma de un mundo que se ha vuelto loco.
Si bien las recientes declaraciones de Gabriel Attal sobre la gestación subrogada han reavivado el debate en Francia, un caso que acaparó titulares en todo el mundo en 2019 ha vuelto a la mente de muchos.
En aquel entonces, Cecile Eledge, una mujer estadounidense de 61 años, gestó y dio a luz a un niño concebido con el esperma de su hijo gay. Presentado por algunos medios como una historia de amor y generosidad familiar, este nacimiento sigue planteando profundas cuestiones éticas, legales y antropológicas.
Para la Iglesia Católica, constituye uno de los ejemplos más llamativos de los abusos a los que puede conducir la gestación subrogada cuando no se ponen límites a las posibilidades que ofrece la medicina.

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Los hechos son bien conocidos.
- Matthew Eledge y su «esposo», Elliot Dougherty, deseaban tener un hijo. Se organizó una fecundación in vitro (FIV) .
- El esperma provino de Matthew.
- Los óvulos fueron donados por Lea Dougherty, hermana de Elliot.
- El embrión resultante fue implantado en el útero de Cecile Eledge, madre de Matthew.
- El 25 de marzo de 2019, esta mujer de 61 años dio a luz a su propia nieta.
- Desde el punto de vista médico, se trató tanto de técnicas de reproducción asistida (TRA) como de gestación subrogada.
- La fecundación tuvo lugar en un laboratorio antes de que el embrión fuera transferido al útero de una mujer que no estaba destinada a ser la madre legal de la niña.
En aquel momento, algunos medios de comunicación elogiaron lo que consideraron una notable muestra de amor familiar.
- Reuters lo describió como el «regalo» que una madre quería darle a su hijo.
- Otras publicaciones hablaron de un «acto de amor extraordinario».
- Los implicados explicaron que simplemente querían permitir el nacimiento de un hijo muy deseado.
- Pero esta interpretación entusiasta oculta una sensación de fatalidad inminente… y plantea preguntas inquietantes.
- De hecho, la mujer que dio a luz es la abuela biológica del niño.
- La donante de óvulos era la tía biológica del niño.
- El padre biológico era el hijo de la mujer que gestó el embarazo.
Para la Iglesia Católica,
la transmisión de la vida humana
no puede reducirse
a una operación técnica.
Forma parte de una realidad
que atañe al misterio mismo de la creación.
Cada niño
es considerado una persona querida por Dios
y llamada a un destino único.
Por lo tanto,
no puede equipararse
con el objeto de un contrato,
ni siquiera uno
celebrado libremente
o basado en ciertos deseos o buenas intenciones.
Esta convicción impregna toda la enseñanza de la Iglesia sobre bioética.
- Ya en 1987, la instrucción Donum Vitae de la Congregación para la Doctrina de la Fe advertía contra las técnicas que separan la procreación de la unión conyugal.
- El documento reiteraba que el niño tiene derecho a «ser concebido, gestado, nacer y criarse en el matrimonio».
- En 2008, la instrucción Dignitas Personae reafirmó esta posición con particular firmeza.
- El texto argumenta que la gestación subrogada es «objetivamente contraria a las obligaciones del amor maternal, la fidelidad conyugal y la maternidad responsable».
- Añade que «socava la dignidad y el derecho del niño a ser concebido, gestado en el vientre materno, dar a luz y ser criado por sus propios padres».
Más recientemente, la declaración Dignitas Infinita , publicada en 2024 por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y aprobada por el Papa Francisco, describió la gestación subrogada como una «grave violación de la dignidad de las mujeres y los niños». El texto subraya que el niño corre el riesgo de convertirse en «objeto de un contrato» y reitera que no existe un «derecho a un hijo», incluso cuando el deseo de ser padre o madre es sincero y comprensible. El propio Papa Francisco había pedido repetidamente una prohibición universal de la gestación subrogada. En su discurso al Cuerpo Diplomático el 8 de enero de 2024, afirmó: «Considero deplorable la práctica de la llamada gestación subrogada, pues viola gravemente la dignidad de las mujeres y los niños». Añadió que «un niño es siempre un don y nunca objeto de un contrato».
La crítica de la Iglesia
no se basa únicamente
en la protección de las mujeres
que podrían ser explotadas
por redes comerciales
de gestación subrogada.
También concierne
a la dignidad del niño mismo.
En la visión cristiana, la maternidad posee un carácter profundamente sagrado:
- El embarazo no es una mera función biológica que pueda alquilarse, transferirse o subcontratarse. Implica a la persona en su totalidad.
- El cuerpo humano no se considera un objeto desechable, sino una realidad que participa de la dignidad misma de la persona.
- La tradición católica concibe la maternidad como un vínculo único entre una madre y su hijo.
- Durante nueve meses, se teje entre ellos una relación singular.
- Transformar esta relación en un servicio o un objeto de contrato, según la Iglesia, altera profundamente el significado de la procreación humana.
- El cuerpo de la mujer corre entonces el riesgo de ser reducido a una función, mientras que el niño se convierte en el objeto de un proceso organizado y planificado basado en un proyecto parental.
El caso Eledge también ilustra lo que varios bioeticistas denominan la «fragmentación de la paternidad ».
- En este caso concreto, cuatro personas distintas participan directamente en el nacimiento del niño: el padre biológico, el segundo padre legal, la donante de óvulos y la madre subrogada.
- Esta fragmentación de la maternidad y la paternidad es precisamente uno de los aspectos que la Iglesia considera más problemáticos.
- Para la doctrina católica, la filiación no es una construcción arbitraria que pueda recomponerse a voluntad.
- Se fundamenta en una realidad humana esencial que une al niño con su padre y su madre.
- Cuando varios adultos comparten las diferentes dimensiones de la paternidad, la cuestión deja de ser meramente biológica o legal para convertirse en antropológica.
Lejos de negar el sufrimiento de las personas que se enfrentan a la infertilidad o el legítimo deseo de formar una familia, el magisterio católico nos recuerda que una intención generosa no basta para hacer moralmente aceptable todo lo que la tecnología hace posible.
Como ya enfatizó san Juan Pablo II, el progreso científico no puede separarse de la reflexión moral.
- Una sociedad no puede limitarse a preguntarse de qué es capaz; también debe considerar qué es lo correcto.
- Detrás del debate sobre la gestación subrogada subyace una cuestión más fundamental: ¿sigue siendo el nacimiento de un niño un misterio que se debe aceptar, o se está convirtiendo gradualmente en un proyecto que la tecnología nos permite organizar según las expectativas de los adultos?
Para quienes apoyan la gestación subrogada, la historia de Cecile Eledge seguirá siendo la de una madre que realizó un acto excepcional por su hijo, pero en realidad representa uno de los ejemplos más impactantes de las conmociones antropológicas provocadas por ciertos avances en la reproducción asistida.
Siete años después de acaparar titulares en todo el mundo, este nacimiento continúa alimentando un debate que va mucho más allá del caso de una sola familia y una pareja del mismo sexo. Cuestiona cómo nuestras sociedades pretenden definir la maternidad, la paternidad y, en un sentido más amplio, el papel de la tecnología en el origen mismo de la vida humana. Para la Iglesia Católica, la respuesta sigue siendo la misma: la gestación subrogada es moralmente inaceptable porque atenta contra la dignidad de la mujer, los derechos del niño y la verdad del linaje humano.
Por MARIE DELORME.
PARÍS, FRANCIA.
TCH.

