Cada año, la fiesta de Pentecostés irrumpe en el calendario litúrgico como un viento huracanado que nadie puede domesticar. Recordamos el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego, les concedió el don de hablar en cualquier idioma y transformó a un puñado de hombres asustados en testigos audaces del Resucitado.
Aquel día nació la Iglesia, no como una institución cómoda, sino como una comunidad enviada al mundo con una vocación clara e innegociable, la santidad, que pronto hizo sentir incómodos a los poderosos en turno. No se trata de una meta opcional ni de un ideal piadoso para unos pocos. La Iglesia existe para ser santa porque su Esposo es santo y el Espíritu es el que la hace capaz de esa radicalidad.
Sin embargo, hoy el Espíritu Santo sigue siendo, para muchos fieles y no pocos pastores, el Gran Desconocido. Lo invocamos en las oraciones, lo mencionamos en los documentos, lo afirmamos en el Credo, pero actuamos como si su presencia fuera un estorbo o un recurso negociable. Sectores enteros de la Iglesia han caído en la tentación de manipular a la tercera persona de la Santísima Trinidad a su conveniencia, pretendiendo controlarlo según sus intereses. Lo hacen desde dos extremos igualmente destructivos.
Por un lado, ciertas tendencias progresistas han convertido el “sinodalismo” en un supuesto “viento fresco del Espíritu”. Bajo esa bandera se ha promovido una babel de emociones, opiniones y sentimentalismos que poco tienen que ver con los siete dones del Espíritu Santo. En lugar de sabiduría y entendimiento, se impone la confusión; en lugar de fortaleza y piedad, prevalecen asambleas interminables donde la verdad se diluye en consensos emocionales. El resultado es una Iglesia mareada y una marejada humana que ya no sabe distinguir entre la novedad del Espíritu y la novedad de la moda cultural. El fuego pentecostal se ha rebajado a una brisa agobiante y bochornosa que no quema ni purifica.
En el extremo opuesto, el conservadurismo más férreo ha transformado el cristianismo en un club de privilegiados del rito. Se refugian en el puro ritualismo, en idiomas litúrgicos que muchos ya no comprenden, y en una repetición mecánica de formas que ahoga la vida. Con esa actitud han impulsado cismas de hecho sin atreverse a declararlos, creando guetos donde la fe se vuelve una reliquia orgullosa y excluyente. Aquí el Espíritu tampoco tiene cabida, se le reduce a garante de tradiciones congeladas, a un simple sello de aprobación para quien ya se siente superior por el solo hecho de asistir a la misa correcta o recitar las fórmulas exactas.
Ambos extremos comparten la misma soberbia, creen poder domesticar al Espíritu y apaciguarlo según sus gustos. Y mientras lo hacen, el clero y los laicos más autosuficientes han desterrado de hecho los dones del Espíritu de la vida ordinaria de la Iglesia. La autosuficiencia clerical, en particular, ha sido devastadora, se ha instalado una actitud de control, de gestión técnica de lo sagrado, que apaga el fuego y deja solo humo de incienso ocultando la corrupción bajo solideos morados, mitras adornadas o casullas de algarabía.
El Espíritu Santo mueve a una Iglesia sin miedo, pero profundamente apegada a la tradición viva. La tradición no es un museo que apolilla la fe, sino un cimiento que la revitaliza. Solo desde esa raíz firme puede la Iglesia entender las diversas lenguas de nuestro tiempo y llevar la Verdad a quienes viven en la obstinación, sumidos en falsedades que aparentan salvación pero que solo producen confusión, desánimo y tristeza.
Hemos querido encerrar al Espíritu Santo en una jaula de oro a capricho nuestro alimentándolo con el alpiste de nuestro pecado. Hoy más que nunca necesitamos que el Espíritu irrompa, derribe ideologías y nos devuelva la audacia de los apóstoles para anunciar una cosa fundamental: Que el Resucitado es el Camino, la Verdad y la Vida.

