Del santo Evangelio según san Juan: 20, 19 – 23
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los ju- díos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los dis- cípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
Palabra del Señor. R. Gloria a ti, Señor Jesús.
COMENTARIO:
1. En Pentecostés celebramos la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia de Cristo, por tanto sobre los Apóstoles y todos los que han aceptado ser discípulos del Señor, conformando todos juntos la primera comunidad de la Iglesia de Cristo (cf. Hech 2,42).
2. El impulso del Espíritu Santo a la Iglesia en Pentecostés podríamos decir que es uno solo, pero tan potente y permanente que la conducirá hasta convertirla en la “Jerusalén Celestial” (Heb 12,22). El Espíritu Santo nunca ha interrumpido su impulso salvífico en la Iglesia; todo lo que en la Iglesia se hace en el orden de la salvación, todo es realizado por el Espíritu Santo que nos ha sido enviado en virtud del misterio pascual de Cristo.
3. En efecto, toda esa fuerza del Espíritu Santo procede del misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y victoria en su Resurrección. Y es el Espíritu Santo el que realiza en cada cristiano todo el misterio de la salvación que Cristo nos alcanzó por su pasión, muerte y resurrección, en obediencia al Padre celestial.
4. Así, este impulso del poder del Espíritu Santo, arranca desde el día de la Resurrección: Jesús les dijo “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22). Así, el poder de Cristo garantiza la victoria de la Iglesia ante las dificultades y la persecución, por ello a cada uno Jesús Resucitado nos comunica la potencia del Espíritu Santo y nos dice “la paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).
5. Con ese mismo poder que procede del Padre, somos enviados los discípulos de Cristo: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío Yo” (Jn. 20,21).
6. Cristo, constituido por su victoria pascual en “Señor” (Hech 2,36), ya no sólo Señor en su divinidad sino ahora también en su humanidad, puede así, como Señor, enviar el Espíritu Santo a su Iglesia, el cual realiza en nosotros su obra, la obra de Cristo, la redención y el perdón de los pecados, y así nos hace “creaturas nuevas” (cf. 2 Cor. 5,17).
7. Abramos siempre a la acción del Espíritu Santo nuestro corazón de bautizados en Cristo, para ser “testigos” (Lc 24,48) convencidos de su Resurrección en medio de un mundo tremendamente necesitado de la esperanza cristiana; resurrección que es, por obra del Espíritu Santo en nosotros, potente fuerza transformadora de nuestra vida y también de la de toda la humanidad.
8. Pentecostés es la fiesta de la Iglesia, pues ella surge como un poderoso sacramento de Dios para salvación de la humanidad, y ello gracias a la fuerza del Espíritu Santo en ella. El Espíritu Santo es enviado a la Iglesia por el Señor Resucitado, que ha sido constituido Señor del Cielo y de la Tierra. La Iglesia no es una realidad meramente humana, es el Cuerpo místico de Cristo, animado por el Espíritu Santo, cuya misión es que todos creamos en Cristo como enviado del Padre, triunfador sobre la muerte, sobre el diablo, la condenación, el pecado.
9. Cristo envía a su Iglesia el Espíritu Santo, y en virtud de este Santo Espíritu, nunca deja de ser transmisora de la salvación para toda la humanidad. El Espíritu Santo actúa en toda la Iglesia; pero también actúa en toda la humanidad para llevarla a Cristo y también llegue a ser parte de la Iglesia; pero también es “dulce huésped del alma”, es decir está presente en cada bautizado, en cada confirmado, para hacernos templos de la Santísima Trinidad, y santificarnos, purificándonos del pecado, alejándonos siempre del pecado y llenándonos siempre de Dios, santificándonos. Imploremos este Espíritu de verdad y de santificación también para nuestra Patria, tierra bendita de los mártires cristeros, y cantando en verdad y con mucha fe y alegría: ¡ Reine Jesús por siempre, reine su Corazón !¡ Que nuestra Patria y nuestro suelo, es de María la Nación!
10. En este domingo de Pentecostés, pidamos al Padre celestial la luz de su Espíritu Santo en nosotros, su paz, su fortaleza, su discernimiento para realmente actuar como fermento del Reino de Dios en el mundo, contando como estamos seguros, con la poderosísima intercesión de la Virgen Madre de Dios, quien el día de Pentecostés acompañó a la Iglesia, y ahora sigue acompañándola en su caminar hacia la patria celestial.

