¿No te parece extraño que muchas personas hoy tengan un nivel de vida como nunca y sin embargo vivan llenas de ansiedad, vacío y miedo? Trabajan, corren, producen, se entretienen, buscan distraerse, pero en el fondo sienten una inquietud que no desaparece. Y es que el corazón humano no fue creado solamente para esta tierra. Cuando el hombre vive mirando únicamente lo inmediato, termina encerrado en una vida pequeña, frágil y desesperanzada.
Por eso la solemnidad de la Ascensión del Señor que hoy celebra la Iglesia no es una fiesta lejana ni una simple despedida de Jesús. Es un descubrimiento decisivo sobre el sentido de tu vida. Jesús, antes de subir al cielo ante sus discípulos, pronuncia una frase contundente. Dice, “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.
No se trata de un poder como el mundo basado en la fuerza o el dominio. Es el poder del amor que venció al pecado y la muerte. Nada está por encima de Cristo. Él fue crucificado, pero el odio no pudo destruirlo. Descendió a la muerte, pero la muerte no puede retenerlo. Y después asciende al cielo.
Pero, ¡Atención! La Ascensión no significa que Jesús se aleja. Significa que ahora su presencia ya no está limitada a un lugar o a un momento.
Cristo permanece vivo en medio de su iglesia, en la Eucaristía, en su palabra, en los sacramentos, en el pobre y en el corazón del discípulo. Por eso dice, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Todos los días, también en los días de cansancio, en los días de enfermedad, en los días en que dudas, en los días en que sientes que tu fe se debilita.
Además, la Ascensión revela algo maravilloso. Nuestra humanidad ya tiene un lugar en el corazón de Dios. Cristo subió al Padre llevando consigo nuestra carne glorificada. Él ha ido a prepararnos una morada. Por eso el cristiano tiene los pies en la tierra, sí, pero la mirada puesta en el cielo. Y quizá ahí está una de las grandes crisis de nuestro tiempo.
Hemos bajado demasiado la mirada. Vivimos atrapados por lo inmediato, obsesionados por el dinero, lo que piensan los demás, los problemas o las satisfacciones momentáneas y terminamos olvidando la eternidad. Sabemos bien que aquello en lo que una persona fija constantemente su atención termina modelando sus emociones, sus pensamientos y sus decisiones.
Cuando alguien vive solo, concentrado en el miedo, el enojo o lo material, su interior se llena de ansiedad y desesperanza. En cambio, cuando el corazón tiene un horizonte más alto, la vida adquiere sentido y fuerza para seguir adelante.
Por eso hoy Cristo te invita a levantar nuevamente la mirada. No vivas como si esta vida fuera lo único que existe. No reduzcas tu existencia solamente a trabajar, consumir y sobrevivir. Tú has sido creado para la eternidad.
Y entonces el Señor te dice también: Vayan y hagan discípulos; es decir, no te encierres en una fe privada y cómoda. El mundo necesita testigos, no solamente creyentes de costumbre.
Hay personas cerca de ti que viven sin esperanza, sin dirección, sin conocer verdaderamente a Dios. Y quizá la única presencia de Cristo que encontrarán será a través de tu palabra, tu paciencia, tu caridad y tu manera de vivir.
Estas semanas haz dos cosas concretas. Dedica cada día unos minutos al silencio y la oración, levantando el corazón hacia Dios. Y busca acercarte a una persona que necesite escucha, consuelo o esperanza.
“Señor Jesús, ayúdame a no vivir atrapado solamente en lo pasajero. Levanta mi mirada cuando el miedo, el cansancio, las preocupaciones me hagan olvidar el cielo. Quédate conmigo todos los días. Fortalece mi fe y hazme testigo tuyo en medio del mundo”. Amén.
Feliz domingo. Dios te bendiga.

