Si la Resurrección es la victoria de Cristo sobre la muerte, con la Ascensión del Señor, 40 días después, celebramos su triunfo definitivo a la derecha del Padre. No es que se haya marchado y tengamos que sentirnos solos, Jesús sigue presente de manera distinta. Podemos decir que llegó el tiempo de los Apóstoles, llegó el momento de que la Iglesia naciente comparta con los demás la experiencia de haber vivido junto a Jesús.
Teológicamente la Ascensión es una consecuencia de la Resurrección. La Ascensión desde luego no es el final, es como un capítulo más de la vida de Jesús para seguir comprometiendo a sus Apóstoles poco a poco. De ahí que, unos Ángeles se aparecen diciendo: ¿Qué hacen ahí parados mirando al cielo? El que ha vencido a la muerte, el viviente, no podía estar destinado a una vida en las coordenadas del tiempo y del espacio. La Ascensión es una vuelta al Padre, pero lleva nuestra humanidad como lo dice San Ambrosio: “bajó Dios, subió Hombre”. El que descendió era solo Dios, el que ascendió era Dios y Hombre. Con su Ascensión Jesús no nos deja huérfanos, sino que se quedó entre nosotros con otras formas de presencia.
Estamos en el ciclo A y nos ha tocado escuchar la Ascensión del Señor desde el Evangelio de San Mateo, su contexto es en Galilea, en aquel lugar donde los había citado Jesús. Es un monte. Recordemos que ese lugar es simbólico, desde Galilea inició su ministerio Jesús, y desea que desde Galilea se empiece a difundir el Evangelio por parte de los Apóstoles. Recordemos, desde un monte Moisés recibe las tablas de la Ley, desde un monte Jesús proclama el sermón de la montaña, y desde un monte ahora los envía: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.
Mateo no termina su Evangelio con la Ascensión, ya que podría haber creado una sensación de orfandad ante la partida definitiva de Jesús, Mateo termina su Evangelio con una frase inolvidable: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Esta es la fe que ha animado y sigue animando a las comunidades cristianas. Jesús está con nosotros, su presencia por momentos no la sentimos, pero Él está animándonos a seguir adelante, así que no podemos caer en desalientos, en lamentaciones, en derrotismos, no podemos olvidar que Él está con nosotros. Jesús no es un personaje histórico del pasado, no es un difunto a quien se le rinde culto, sino que es alguien que vive, Él mismo lo dijo: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Así que nuestras Asambleas de creyentes no son Asambleas de hombres huérfanos, abandonados, que tratan de alentarse unos a otros, que viven de un recuerdo, sino que en medio de nosotros está el Resucitado, el Viviente, ahí esta con una presencia nueva y una fuerza dinamizadora. Esta presencia nos sigue alentando.
Hermanos, es momento de reflexionar en las distintas presencias de Jesús en medio de nosotros: es verdad que está en la comunidad cuando se reúne a celebrar la Eucaristía, está presente en las especies consagradas, ahí donde nos reunimos para hacer oración, está presente en la persona del sacerdote que realiza algún sacramento, pero no olvidemos que Jesús está presente ahí donde encontramos a personas necesitadas, despreciadas, abandonadas, personas explotadas y desplazadas por la violencia, personas que cada vez son más pobres, aunque reciban programas de bienestar y se diga lo contrario, ahí en aquellos que fueron sus preferidos esa presencia de Jesús nos debe seguir impactando y moviendo a la solidaridad como Él lo hizo. No podemos olvidar que, antes de ascender Jesús a la derecha del Padre, les deja una tarea a sus Apóstoles: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado”.
Aquellos seguidores de Jesús se quedan con una misión muy concreta, que debe ser prolongada a lo largo de la historia y a lo ancho de cada cultura. Esta misión pasa de los Apóstoles a las comunidades y a todo bautizado. Es la misma misión en tiempos y espacios distintos. De allí que debamos cuestionarnos, primero como católicos y como Agentes de Pastoral, ¿cómo estamos llevando la misión dejada por Jesús? ¿cómo estamos haciendo discípulos para Jesús, no para nosotros, sino para Él?. Analicemos nuestros Sacramentos ¿qué sentido tiene en nuestros días recibir el Bautismo? ¿cómo cumplimos lo que Jesús nos dejó?
Hermanos, estamos en un ambiente social que tiende a ser “arreligioso” (vivir sin religión), todo lo que haga referencia a Dios pareciera que es un añadido, como algo que podemos prescindir de Él. Como cristianos, debemos sentir esa misión dada a los Apóstoles; misión que nos compete en el aquí y en el ahora; nos toca a todos los seguidores de Jesús. Y para llevarla a cabo, recordemos que no estamos solos, Jesús con su Espíritu nos sigue alentando; Jesús sigue estando presente con nosotros e impulsando la misma misión en un mundo diferente y muy necesitado de Dios.
Hoy celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, es decir, a donde su Padre Dios, pero también celebramos la partida de aquellos Apóstoles, urge que partan a llevar el Evangelio; esa urgencia también nos apremia a nosotros. Sigamos cumpliendo el mandato de Jesús con palabras, pero, sobre todo, con nuestro ejemplo… Creo que lo primero es “testimoniar sobre Jesús” y después “explicar sobre Él”. No olvidemos que la misión de nosotros los cristianos es ser signos de la presencia de Dios en el mundo. Aunque el mundo le haya dado la espalda a Dios y quiera llevar un rumbo que deshumaniza; como cristianos seguimos siendo signos de esa presencia de Dios…Urge que el Evangelio se siga difundiendo; decía el Papa Francisco “salgamos a las periferias” no sólo territoriales, sino existenciales; se requiere una Iglesia en salida… como aquella comunidad eclesial en salida, la de los primeros Apóstoles y discípulos.
Hermanos, es hora de ser testigos de lo que Él nos dejó y nos legó, es el momento de descubrir los peldaños de esa inmensa escalera de la Ascensión que están diseminados en los pobres, en la lucha por la igualdad, por la paz, en la caridad, en el compromiso dentro de la comunidad católica. No podemos caer en la tentación de pensar: ¡qué bueno, Jesús ya nos espera en el cielo!, los brazos cruzados no sirven para abrir puertas, sino todo lo contrario. Recordemos que el Señor Jesús mientras se marchaba les bendecía, subió a los cielos con los brazos abiertos, como los tuvo en la cruz, bendiciendo a la humanidad y abriendo definitivamente la senda y las puertas del cielo a todos.
Les bendigo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

