Resistir con la fuerza de la fe y la caridad

La alegría que provoca el encuentro con el Señor cada vez que acudimos a su divina presencia, alcanza en esta ocasión momentos de esplendor, al celebrar a las mamás que siguen siendo para nosotros, el reflejo más cercano del amor y de la ternura de Dios.

Estos días, en nuestras comunidades cristianas, no faltan las oraciones, las muestras de cariño y los detalles hacia nuestras mamás. Nos nace del corazón reconocerlas, agradecerles y ratificarles nuestro cariño y nuestra admiración, por todos sus desvelos, por la obra buena que han realizado en nosotros y por lo que han representado en nuestra vida.

De manera providencial, como siempre sucede, la palabra de Dios no se ha querido quedar al margen de lo que experimentamos y va señalando algunas reflexiones que iluminan, proyectan y sostienen la misión de nuestras mamás.

De hecho, podríamos decir que este terreno lo venía preparando la palabra Dios desde el domingo pasado, al señalar a Jesús como el Buen Pastor. Nuestras madres, a ejemplo de Jesús, nos conocen bien, nos han guiado, se han arriesgado por nosotros y son capaces, como pide Jesús hoy en el evangelio, de permanecer a pesar de todo.

Por eso, quisiera destacar dos cosas que la palabra de Dios señala este domingo, para decir especialmente a las mamás y a todos los hermanos, que cada vez que se trate de hacer el bien, cada vez que se intenta realizar la obra de Jesucristo, basada en la paz, en la justicia y el amor, se puede presentar una serie de factores que nos desanime e intente provocar que venga a menos esta misión.

De manera especial, cuando no hay correspondencia, cuando no se reconoce esta labor y cuando no se agradece todo el bien que hacemos a los demás. Muchas veces en el contexto familiar no se reconocen ni se agradecen los sacrificios, los desvelos, la entrega que se va realizando. Lo mismo puede pasar en el contexto laboral o social, cuando no vemos el fruto inmediato de tantas acciones buenas.

Haciendo bien las cosas y estando del lado del bien, se puede uno desanimar cuando las cosas siguen igual o se van complicando, o incluso cuando lo bueno, lo verdadero y bello es sistemáticamente atacado por las ideologías.

Frente a esta compleja realidad que las mamás y muchas personas pasan en esta vida, la palabra de Dios nos recuerda, en primer lugar, que la obra que realizamos no es nuestra, sino de Dios y que cada uno de nosotros somos enviados. No realizamos esta labor por ser buenos o porque nosotros hayamos tomado la iniciativa. Más bien somos enviados de parte del Señor.

Habrá que luchar contra todo desaliento y llegar a convencernos de que no importa que no nos reconozcan, que no nos agradezcan y que no nos correspondan, porque lo importante es que uno es enviado y trabajamos en la obra de Dios.

Dios sigue impulsando esta obra de salvación y la llevará a buen término. Por lo tanto, qué importante es, para no desmoralizarse, activar esta conciencia de que somos enviados cada vez que hacemos el bien a los demás, aunque en el fondo llegáramos a pensar que no se lo merecen.

Trabajamos no para generar aplausos y reconocimientos, sino convencidos de la fuerza del amor y del poder de la semilla que sembramos en los demás. Compartimos vida y bendición en el evangelio de Jesucristo, no nuestras propias ideas, no lo que uno personalmente pudiera inventar.

En segundo lugar, la palabra destaca una lección que jamás debemos olvidar a fin de nunca claudicar o perder entusiasmo en la misión. El Señor nos envía de avanzada, nos manda por adelantado: este ministerio que realizamos en la familia y en la sociedad haciendo el bien hay que realizarlo con la conciencia de que el Señor va a pasar.

Lo podemos reconocer en el libro de los Hechos de los apóstoles. Sabemos del problema histórico entre judíos y samaritanos que no se podían reconciliar ni superar la barrera del odio. Jesús en su momento superó este distanciamiento acercándose a la mujer samaritana en el pozo de Sicar y haciendo posible que ella cambiara su vida y, junto con ella, otras personas de esa aldea.

Ahora el libro de los Hechos de los apóstoles narra un segundo acercamiento, en este caso de los discípulos que llegan otra vez como Jesucristo a tierra de samaritanos y logran la conversión de este pueblo. Donde hablemos de Dios, donde sembremos valores, donde hagamos el bien, no olvidemos que Dios va a pasar.

Aunque no se dieran los resultados esperados y no se presentaran las cosas que aguardamos, nuestra misión no tiene desperdicio, pues aunque al momento no se vieran los resultados, recuerden que el Señor nos envía a los lugares donde va a pasar. El Señor va a pasar para completar esta obra de salvación en la que debemos persistir.

Lo decimos ahora de las mamás, pero también lo podemos decir de los maestros, de los papás, de los guías espirituales y de todos aquellos que hacen el bien en el nombre de Dios. No olvidemos esta iluminación que nos da la palabra: somos enviados, no es únicamente nuestra tarea, sino la obra de Dios, y somos enviados a los lugares donde Dios va a pasar.

El Señor va a pasar y pondrá su morada entre nosotros, como nos recuerda también María Santísima. La Virgen en sus apariciones ha anunciado el amor de Dios, nos ha hecho experimentar su cercanía, nos ha invitado a la reconciliación y nos ha pedido un cambio sincero, como lo hizo en el Tepeyac, en Lourdes y en Fátima.

Recordemos de manera especial las palabras de la Virgen de Fátima. Nos invita, en un tono maternal y de ternura que nos conmueve: “Es preciso que los hombres se enmienden, que pidan perdón de sus pecados… Que no ofendan más a Nuestro Señor, que ya es demasiado ofendido”. Por lo menos nosotros en nuestras familias y en la Iglesia, no ofendamos más a Dios viendo cómo es ofendido, pisoteado y cómo el hombre se burla de él.

Estas palabras maternales de la Santísima Virgen María las relaciono con las palabras que en alguna ocasión Nuestro Señor Jesucristo dijo a Santa Margarita María de Alacoque, ante las ofensas y el desprecio al Sagrado Corazón de Jesús:

“He aquí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que no se ha reservado nada hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en respuesta no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sus sacrilegios, ya por su frialdad y desprecio con que, me tratan en este Sacramento de Amor”. Y al final concluye con gran ternura diciendo: “Al menos tu ámame”.

Frente al cansancio y los desánimos, no hay que olvidar la petición tan sentida de parte del Señor: “Al menos tú ámame”. Al menos tú no dejes de hacer el bien, no dejes de servir a los demás, no dejes de anunciar a Dios, no dejes tu misión, no dejes de amar a los demás, aunque no te reconozcan ni haya correspondencia.

No hay que perder la fe y la esperanza. Así lo hacía ver la Virgen de Fátima a los niños pastores. Que ante las embestidas del mal que nos ataca de muchas maneras, no dejemos de recurrir a María. El triunfo de Dios ya se ha dado y por eso María expresa en el mensaje de Fátima que: “Al final mi Inmaculado Corazón triunfará”.

Se trata de las palabras de una madre dirigidas a sus hijos, que pasan por este valle de lágrimas, que no podemos olvidar para que generen valor y carácter en esta lucha contra el mal y en la fidelidad a nuestra misión. Decía el Cardenal Piacenza: “Cumplir la voluntad de Dios, discernir los signos de los tiempos, significa para nosotros hoy, aquí en Fátima, ¡resistir! Resistir con la fuerza de la fe y la caridad”.

María Santísima, que es fervientemente celebrada este mes de mayo por el pueblo cristiano, nos ayude a acoger su mensaje y que especialmente llegue al corazón de las mamás y de todos los que hacen el bien. No desfallezcan: son enviadas a los lugares donde el Señor va a pasar. Que este mensaje nos dé esperanza y que, como lo anunciaron los niños de Fátima, todos en la Iglesia esperemos el triunfo del Inmaculado corazón de la Santísima Virgen María.

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