Un lenguaje que ya no se atreve a nombrar al padre y a la madre corre el riesgo de no poder expresar el origen, la transmisión o incluso la verdad de la humanidad.
En los Países Bajos, una nueva tendencia lingüística está generando considerable preocupación.
El Ministerio de Educación publicó recientemente una guía que recomienda evitar los términos «moeder» (madre) y «vader» (padre) en las comunicaciones oficiales.
- El objetivo declarado, dice, es promover un lenguaje considerado más «inclusivo», adecuado para «familias de todo tipo».
- Esta recomendación, dirigida a los funcionarios públicos, forma parte de una política más amplia de «pluralismo familiar ».
- Su propósito es modificar el vocabulario tradicional utilizado en las instituciones estatales, sustituyendo aquellos términos que siempre han estructurado las relaciones familiares por términos considerados neutrales.
El gobierno progresista liderado por Rob Jetten impulsa así una profunda transformación del lenguaje administrativo.
Esta dirección representa un paso más en la evolución social que se ha gestado en el país durante varias décadas.
En 2001,
los Países Bajos se convirtieron
en el primer país del mundo
en legalizar el matrimonio
entre personas del mismo sexo.
Veinticinco años después,
esta nueva directiva lingüística
se presenta como una extensión directa
de esta dinámica,
pero ahora ataca
la esencia misma
de los conceptos fundamentales
de la paternidad.
Este cambio
constituye un desafío explícito
a los fundamentos antropológicos
sobre los que se asientan
las sociedades humanas.
Los términos «padre» y «madre»
no son meros usos administrativos;
expresan una realidad universal,
arraigada en la naturaleza humana
y en la experiencia concreta
de la procreación
y la transmisión de la vida.
Desde la perspectiva
de la antropología cristiana,
la familia
ocupa un lugar central e insustituible.
Se fundamenta
en la unión
de un hombre y una mujer
y está orientada
a la transmisión de la vida.
Constituye el espacio primordial
para la educación,
la solidaridad
y el aprendizaje del bien común.
La paternidad y la maternidad
se reconocen
como realidades distintas
y complementarias
que estructuran
la identidad del niño
En este contexto,
la eliminación de los términos
«padre» y «madre»,
del lenguaje institucional,
no puede considerarse neutral.
Afecta la capacidad misma
de nombrar la realidad familiar
tal como la entiende
la tradición cristiana.
Sustituir estas palabras
por expresiones indiferenciadas
socava los marcadores fundamentales
de la filiación.
No se trata simplemente
de una evolución lingüística,
sino de una transformación
que implica una visión particular
de la humanidad,
de la familia y
de la transmisión.
Esta tendencia se presenta,
por lo tanto,
como un paso más
en un proceso de deconstrucción
de los fundamentos antropológicos
del cristianismo.
Al pretender ampliar el marco conceptual, se termina disolviendo lo que constituye el fundamento mismo de cualquier sociedad.
Un lenguaje que ya no se atreve a nombrar al padre y a la madre corre el riesgo de perder la capacidad de expresar el origen, la transmisión e incluso la esencia misma de la humanidad.
Tal borrado no es una simple adaptación; constituye una ruptura grave, con consecuencias profundas y duraderas para la comprensión misma de la familia y la dignidad humana.
Por FABIEN FERTAL.
MARTES 21 DE ABRIL DE 2026.
TCH.

