Durante este tiempo de pascua, al ver a Cristo resucitado experimentamos gozo, paz y fortaleza. Pero también al reflexionar en la experiencia de los discípulos al encontrarse con Cristo resucitado, recapacitamos sobre la situación que vivimos y sobre el estilo de Dios para ir procurando nuestro crecimiento espiritual.
Viendo a los discípulos reconocemos que también nosotros caemos en la queja, en la impaciencia y en la falta de comprensión de la pedagogía que Dios lleva con nosotros. Llega el momento en que solemos quejarnos que Dios se ha ido de nosotros, que ya no nos escucha y que nos ha olvidado.
Se trata de una queja porque siente uno el dolor y el vacío de esta experiencia. Pero se puede tratar también de un problema de impaciencia y de falta de comprensión de la pedagogía divina. No sabemos fiarnos de Dios ni alcanzamos a comprender la forma como Dios va llevando nuestra vida. Las cosas de este mundo tienen su propio ritmo, pero la vida espiritual tiene una dinámica diferente.
En este tiempo de pascua Dios ha venido respondiendo, a través de su palabra, a esta queja, a la impaciencia que sentimos y a la falta de comprensión de la pedagogía divina. Podemos considerar tres respuestas que ha venido señalando la palabra de Dios.
En primer lugar, muchas veces no sentimos a Dios no porque se haya ido, sino porque nos centramos en el dolor. Puede ser tan grande el sufrimiento que no vemos nada más, pues el dolor eclipsa nuestra mirada. Eso le sucedió a María Magdalena que desbordada por su dolor confunde a Jesús con el jardinero y con un ángel. Ahí estaba Jesús, peo su dolor no le permitió verlo.
No se trata de negar el dolor, sino de no permitir que tenga la última palabra y que eclipse nuestra mirada. Jesús le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras?” Hay dolores que te ciegan, que te impiden incluso reconocer las cosas que siempre has amado. De esta manera, María Magdalena no se da cuenta de que es Jesús mismo quien le habla, y comienza su letanía de súplicas: “Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo iré a buscarlo”.
Refiriéndose a la Magdalena, reflexionaba el P. Luigi Maria Epicoco: “Hay preguntas que elevamos al cielo, soluciones que proponemos a Dios que, a ojos de un observador externo, parecen meras palabras delirantes. Pero a todo esto, Dios responde no con una «explicación», sino con una «vocación»: «Jesús le dijo: “¡María!”. Ella se volvió y le dijo en hebreo: “¡Rabboni!”, que significa “¡Maestro!”». Él nos llama por nuestro nombre, nos responde dirigiéndose a nosotros personalmente”.
No se trata de cerrar los ojos ante el dolor del mundo, sino más bien cambiar de orientación, dejar de vivir con la mirada clavada en las tumbas -incluso en las tumbas interiores- y aprender a vivir como resucitados. Con Cristo aprendemos que nuestra vida no está definida por nuestros pecados, miedos y derrotas.
En segundo lugar, el pecado cometido lleva a los apóstoles a descartarse. Han sido cobardes, lo han negado, lo han dejado solo y en situaciones así uno piensa que Dios no se acercará más a nuestra vida. Cuando hemos pecado y cuando nos hemos portado de manera miserable, uno no siempre espera que Dios sea bondadoso. No esperamos que Dios sea misericordioso cuando hemos cometido injusticias. Quizá en esos momentos uno espera el rechazo y nuestro propio pecado nos lleva a descartarnos. Pero el Señor resucitado nos sorprende haciéndonos ver que cuando menos lo merecemos, Dios nos ama más que nadie.
En tercer lugar, muchas veces nuestras quejas e impaciencia reflejan la necesidad de afianzar una vida de fe. No basta mantener una actitud religiosa y buscar a Dios cuando tenemos ganas de estar con él. ¿Mi fe depende de que todo me salga bien y todo tenga sentido, o soy capaz de confiar incluso cuando no entiendo? Esa es la cuestión más importante: buscar a Dios, aunque no tengamos ganas; seguir a Dios, aunque no entendamos todo; ser fieles a Dios, aunque haya muchas adversidades a nuestro alrededor.
La fe regala una mirada profunda y nos permite reconocer la presencia de Dios en lugares y momentos inesperados, como el apóstol Juan que en el lago llega a gritar: “¡Es el Señor!”, al reconocer que aquel hombre que los esperaba en la orilla era Jesús, después de haber conseguido la pesca milagrosa. La fe es desarrollar esa sensibilidad de Juan para señalar emocionados al Señor que está con nosotros.
Dice el papa Francisco que: “En esa exclamación: «¡Es el Señor!», está todo el entusiasmo de la fe pascual, lleno de alegría y de asombro, que contrasta fuertemente con el desconcierto, el desánimo, el sentimiento de impotencia que se habían acumulado en el ánimo de los discípulos”.
No se necesita una experiencia sensorial o un milagro, sino la mirada profunda que da la fe y que lleva a Juan a contagiar a los apóstoles de alegría, una vez que reconoce a Jesús.
La fe hará posible que reconozcamos a Dios en nuestra vida, a pesar de los errores que cometemos y de las caídas que podamos tener. La fe no es un depósito de doctrinas, es algo vivo, que siempre quiere crecer y desarrollarse. El Señor siempre estará estimulándote para que tu vida cristiana crezca y se haga más bella.
Por eso, si se despierta en tu corazón el deseo de crecer, si sientes ganas de amar más, si deseas tener una fe más alegre o más comprometida, es el Señor que está golpeando a tu puerta. No sofoques esos impulsos divinos, no los escondas, no los apagues. Vienen de Dios que te ama y quiere darte algo mejor.
Dios siempre está actuando en nuestra vida. Cuando dan ganas de rezar, cuando siente uno el deseo de perdonar, de ayudar a los demás, de empezar una nueva vida, de superar las esclavitudes que libremente hemos aceptado. Cuando no nos quedamos indolentes ni indiferentes ante el dolor y el mal que hay en el mundo. Cuando nos preguntamos qué tenemos que hacer para llevar luz delante de tanta oscuridad, para poner amor donde prevalece el odio, para anunciar la verdad donde reina la mentira.
Cada vez que experimentamos estas ganas de crecer, de comprometernos y de hacer el bien, se trata de decir, como Juan: “¡Es el Señor!”. No es que seamos buenos, sino que el Espíritu de Dios nos impulsa. Si tengo buenos pensamientos y quiero hacer el bien, si tengo ganas de rezar, si hay una fuerza que me levanta en mis desánimos y caídas, si quiero perdonar y empezar de nuevo: “¡Es el Señor!” que está actuando en mi vida.
Es bueno gritar como Juan para reconocer que Dios sigue actuando. Cuando queramos regresar al Señor y perdonar y hacer bien las cosas no reprimamos este impulso del Espíritu para que nosotros digamos como Juan: “¡Es el Señor!”.
Lo mismo que nosotros experimentamos, hace falta reconocerlo cuando vemos el compromiso de otros hermanos y la dedicación de tantas personas para anunciar a Dios y construir el reino, a pesar de tanta violencia y oscuridad que hay en el mundo.
El grito de Juan: “¡Es el Señor!” se parece al estremecimiento que nosotros podemos sentir cuando, en la dura brega de la vida, intuimos que el Señor está en la entrega de los hermanos, aunque no nos habíamos dado cuenta. El Señor está en las personas que están pendientes de nosotros y cuyo amor sólo se nos hace patente cuando han desaparecido. En la comunidad cristiana que, con todo el peso de sus limitaciones, nos ofrece el pan de la Palabra y de la Eucaristía. En los que, sin alardes publicitarios, han comprendido que ya es hora de arrimar el hombro para que se abra camino la justicia. En los que son fieles a su vocación matrimonial o consagrada sin que nadie lo vaya a saber jamás. En los que, pudiendo ganar más a base de mentir, se mantienen en la verdad.
Es el Señor actuando en nosotros e impulsando a otros. El amor hace a Juan más perspicaz que los demás y a Pedro más veloz, que de inmediato se lanza al agua para llegar lo antes posible ante el Señor. Señala San Josemaría Escrivá: “Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros?”

