Si no creen en mis palabras, crean al menos en mis llagas

La gente comenzaba a reconocer la cercanía y solicitud que Jesús tenía con los enfermos y los pobres. Generaba alegría y esperanza entre los más necesitados, al insistir que no había venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Como lo atestiguan los relatos de milagros que aparecen en los evangelios, Jesús se acercaba a sanar las heridas del cuerpo y del alma y esas heridas desaparecían.

¡Cuántos milagros hizo Jesús! ¡Cuántas heridas desapareció de la vida de las personas que acudían a Él! Abrió los ojos de los ciegos, puso a caminar a los paralíticos, curó tantas enfermedades, regresó la alegría y la esperanza a los que estaban oprimidos por el pecado y el sufrimiento.

En nuestro caso muchas de las oraciones que elevamos al cielo tienen que ver precisamente con las heridas. Las heridas nos hacen tomar conciencia de nuestras limitaciones y de la necesidad imperiosa de Dios. Tenemos tanta necesidad de la paz y la sanación ante tantas heridas que nos punzan, heridas que nos duelen, heridas que no soportamos y heridas que cuando las vemos nos hacen recordar momentos dolorosos y trágicos en la vida.

Por eso buscamos a Jesús, para decirle que sane nuestras heridas, que cicatricen nuestras heridas y que puedan desaparecer para que recuperemos la armonía y el entusiasmo en la vida.

Qué diferente es el caso de Jesús, porque en los milagros que relatan los evangelios las heridas de tantas personas desaparecen, en cambio el resucitado se presenta mostrando sus heridas.

De hecho, muestra sus llagas ante los apóstoles que no dan crédito a lo que ven, que no alcanzan a entender lo que ha sucedido, para que salgan de su asombro, para que crean en Él y para que consideren que el resucitado es el mismo que fue crucificado.

Nosotros le suplicamos a Jesús: “¡Cura nuestras heridas!” y Él, por su parte, nos muestra sus llagas. Les mostró las manos y los pies que habían sido perforados por los clavos.

Se trata de una lección para que sepamos qué se hace con las heridas. Porque las heridas, como todos lo hemos experimentado, nos arrebatan la alegría, nos quitan la paz y a través del sufrimiento nos hacen vislumbrar la muerte. Sin embargo, a partir de nuestro Señor Jesucristo por medio de las heridas se cuela la gloria de Dios.

Por eso Jesús se presenta así. Él nos muestra las heridas para que no olvidemos lo que ha hecho por nosotros. En el fondo a través de sus heridas nos está presentando las cicatrices del amor. Y eso no lo podemos olvidar. Ante una prueba de amor como esta sólo podemos decir: “Gracias, gracias por tanto amor, gracias por lo que hiciste por mí, gracias porque a través de tus heridas llega hasta mi vida la salvación”.

Dice Fabrice Hadjadj: “Para creer, Tomás pide no sólo ver, sino meter su dedo en las llagas del Resucitado. Exige una especie de milagro al revés. En un milagro normal, las llagas desaparecen. Con el Resucitado, las llagas permanecen para la eternidad. Es lo que espera Tomás, porque él rechaza una gloria espiritualista que no se tome en serio las tragedias de la historia, que rechace el horror como si no hubiera existido”.

Por lo tanto, estamos llamados a postrarnos ante las heridas de Jesús, a reconocer la gloria de Dios y agradecer lo que el inmenso amor de Dios ha hecho por nosotros. Ante las heridas que están abiertas, entrará la gloria de Dios. Nuestras heridas constatan las diversas maneras como el mal nos golpea, pero también por medio de las heridas se mostrará la gloria y la misericordia de Dios en nuestra vida.

De esta manera, la herida no es sólo signo del pecado y de la muerte, sino también es un signo de la vida nueva que llega hasta nosotros y que reconocemos en estos encuentros con Cristo resucitado. No nos encontraremos con el resucitado si huimos de sus heridas.

El Señor Jesús le dijo a Santa Faustina Kowalska: “Recuerden mi pasión y si no creen en mis palabras, crean al menos en mis llagas”. Creemos en el amor y la misericordia de Jesús cuando constatamos sus llagas abiertas por nuestra salvación.

Eclipsados por nuestros dolores, miedos y preocupaciones, en los días de Semana Santa hemos pensado más en los sufrimientos de Jesús, en las heridas de Jesús y en las llagas que dejó en su cuerpo la maldad del mundo.

No hemos estado como espectadores. Tampoco nos hemos quedado con una mirada sentimental. Desde nuestro propio dolor nos hemos sumergido en el dolor de nuestro Señor Jesucristo. No es que hayamos constatado su sufrimiento como un dato anecdótico sino como un lugar teológico en el que también nosotros nos situamos para llegar a descubrir la presencia de Dios.

Viendo sus heridas caemos en la cuenta de todo el amor que siente por nosotros, de cómo no se derrumba, sino que persevera por nuestra salvación. Son heridas que nos conmueven, nos convencen y nos atrapan. Son heridas que nos convierten y nos conquistan para la dinámica del amor.

Pero en estas heridas también alcanzamos a ver la violencia, el pecado y la maldad de todos aquellos que se ensañaron contra Nuestro Señor Jesucristo, contra un hombre puro e inocente. La maldad del mundo se descargó contra un hombre inocente.

Las heridas, todas las heridas en la vida, nos desconciertan, nos quitan la alegría, nos bajan el ánimo y muestran esa parte muy vulnerable de nuestra vida. Nadie quiere llagas en la vida, nadie quiere heridas porque son las que nos quitan la alegría y el encanto de vivir.

Por medio de la pascua hemos visto dos facetas de estas heridas. Es cierto que las heridas provocadas a Jesús nos llevan a reconocer la maldad y la injusticia de los hombres que se descargan sobre un hombre inocente. Pero a través de las heridas del Resucitado ahora vemos que pasa la gloria de Dios; por esas llagas pasa la luz gloriosa del Señor.

De ahí la importancia de no desesperarnos, de ofrecer nuestros dolores al Señor y de esperar la respuesta de Dios porque si esas heridas algún día nos quitaron el equilibrio y la alegría, esas mismas heridas dejarán pasar la gloria a de Dios, como lo vemos en Jesús.

Esas heridas que tanto nos conmovieron y nos hicieron pensar en la maldad del mundo, ahora dejan pasar la gloria de Dios. La Semana Santa nos ha ayudado a canalizar nuestro dolor, pero desde esta dinámica pascual. Ahora nos toca ser pacientes y aceptar los momentos de tribulación, pues estamos seguros que por estas heridas va pasar la gloria de Dios; por ahora causan desconcierto, pero en su momento dejarán pasar la gloria de Dios.

Dice el P. Carlos Padilla: “El poder de la música de una flauta se encuentra en sus muchos agujeros. A través de las heridas de la flauta salen bellas melodías. Sin esos agujeros no habría música. Me gusta la imagen de la flauta. A través de mis agujeros se manifiesta el poder de Dios. A través de mi impotencia surge su fuerza. A través de mis silencios brotan sus palabras. En mis manos rotas Él acaricia. En mis pies cansados Él corre”.

Por medio de nuestras heridas Dios también va manifestando su gloria. Esa es una de las lecciones de la pascua que hemos aprendido en la Semana Santa. Que el dolor y la incertidumbre que dejan las heridas del presente, no nos hagan perder de vista que siempre al tercer día, por las llagas del Resucitado, brilla la gloria de Dios y una luz definitiva alcanza a toda la humanidad.

Que la contemplación de sus llagas nos lleve a mostrarle al Señor nuestras propias heridas y a esperar que infunda en nosotros la sanación y la paz.

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