Este 11 de abril, el Papa León XIV convocó y presidió en la Plaza de San Pedro una vigilia mundial de oración por la paz. Millones de fieles en el Vaticano y en innumerables rincones del planeta se unieron en el rezo del Rosario para clamar por el fin de la violencia y la restauración de la concordia. No fue un acto protocolario ni una liturgia vacía. Fue, como el propio Pontífice lo definió, una respuesta “gratuita, universal y disruptiva a la muerte”, la fe que mueve montañas puesta al servicio de la humanidad herida.
En su discurso, León XIV trazó con precisión las dinámicas que destruyen la paz, “La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina”. No se limitó a condenar los conflictos armados lejanos. Denunció la idolatría del poder y del dinero, la banalización del mal, el lucro injusto y la cadena demoníaca que convierte a los gobernantes en planificadores de muerte en lugar de constructores de diálogo. Les exigió sentarse “en mesas de diálogo y de mediación, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte”. Y recordó que la responsabilidad no recae solo en los poderosos, cada persona debe convertir “lo que queda de violencia en nuestros corazones y en nuestras mentes”.
Estas palabras resuenan con una urgencia lacerante en la realidad mexicana. Nuestro país vive, desde hace años, una guerra no declarada que ha dejado más de cien mil desaparecidos, miles de fosas clandestinas y comunidades enteras sometidas al terror de los cárteles. Familias enteras lloran a sus hijos sin respuesta del Estado.
La violencia no es solo criminal, es estructural. La polarización política ha convertido el debate público en escenario de violencia donde el adversario es enemigo. Y la corrupción, esa forma silenciosa pero letal de perturbación de la paz, ha transformado la política en negocio y rapacidad de unos cuantos. Presupuestos millonarios se esfuman en contratos inflados, licitaciones amañadas y obras fantasma mientras hospitales, escuelas y carreteras se caen a pedazos. La idolatría del dinero y del poder que denunció el Papa tiene nombre y apellido en México: impunidad, nepotismo y captura del Estado por intereses particulares.
El Santo Padre no ofreció consuelo demagógico. Advirtió que la oración no es “un refugio para eludir nuestras responsabilidades” ni “un analgésico para evitar el dolor”. Exigió acción. En México, esa acción pasa por dejar de normalizar la desaparición forzada como “daño colateral”, de justificar la polarización como “lucha ideológica” y de tolerar que la corrupción sea el lubricante cotidiano de la administración pública.
La vigilia del 11 de abril fue una convocatoria mundial que interpela directamente a nuestra nación. En un país donde la paz parece un lujo donde la resignación se ha instalado como segunda piel y donde la polémica ha desplazado al encuentro, las palabras del Papa cobran fuerza de mandato ético y espiritual. Porque la paz, insistió, “no es una utopía”. Se construye, día a día, con hechos y como bien afirmó, en México, necesitamos necesitamos volver ·a creer en el amor, en la moderación y… especialmente, “en la buena política”, un clamor que México no puede ignorar.

