Hemos vivido una semana intensa, motivados por nuestra fe; vivimos en la semana mayor los grandes misterios cristianos, a saber, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Esperemos se note el gozo en nuestra mente y en nuestro corazón, porque Jesús vence la muerte. Ante el dolor y el vacío que sentimos por la pérdida de un ser querido, Jesús nos muestra que la muerte no es lo último, caminamos hacia una vida plena en Dios y la muerte es un momento en el proceso que encamina hacia Dios.
El Evangelio de San Juan, 20, 1-9, nos recuerda la situación que vivían los seguidores más cercanos a Jesús. Estaban a puerta cerrada por miedo a los judíos; recordaban lo que habían vivido con Jesús, pero Él ya no estaba presente. La muerte del Maestro los ha llenado de miedos, de dudas, de incertidumbres. Las cosas habían cambiado en pocos días: Judas lo traiciona, Pedro lo niega, los demás huyeron; cada uno se refugiaba en sus propios pensamientos y sus miedos.
María Magdalena en medio de su tristeza, acude muy temprano al sepulcro; las dudas, los temores, le han robado el sueño y decide estar junto a la tumba de su Maestro, para allí seguirlo llorando, buscando un consuelo. Y se lleva la gran sorpresa, la piedra está removida y piensa como todo humano: “Se han robado el cuerpo del Señor”. Es comprensible su manera de razonar, ya que era muy difícil pensar en la resurrección. Ella regresa a contar lo que ha visto, una tumba vacía. Pedro y Juan salen corriendo, pareciera que aquella noticia les quita los temores, y encuentran la tumba como María Magdalena les ha contado, está vacía, el cuerpo del Señor no se encuentra. De Pedro se dice que contempló los lienzos y el sudario. Del otro discípulo se dice que “vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras”. Aquellos que han sufrido con la pasión de su Maestro, que han sentido sus esperanzas destrozadas, vivido la desilusión, ahora están frente a un sepulcro vacío; la incertidumbre se apodera de sus mentes y corazón; muy probablemente se fueron dando cuenta que no es el fin, sino es el inicio de una vida con la presencia de Jesús distinta, mas no distante; Jesús sigue vivo, Jesús estará presente de una manera diferente en medio de ellos.
Nos encontramos casi a dos mil años del acontecimiento de la Resurrección del Señor; como cristianos decimos creer en Jesús resucitado; sabemos desde la fe que, para participar de la gloria del Padre, debemos pasar por el acontecimiento de la muerte; sin embargo, nos seguimos aferrando a la vida terrena como si dudáramos que existe vida después de la muerte biológica.
No hay en la liturgia de la Iglesia un domingo más lleno de alegría y de fiesta que éste. El domingo que le da sentido a todos los domingos… a todos los días del año… a toda la historia de la humanidad. Jesús ha alcanzado el culmen de su misión, ha llegado hasta el extremo del Amor, “el amor es más fuerte que la muerte”. ¡Jesús ha resucitado, hermanos! No hay alegría más grande. Los discípulos tardaron para entender y creer, no tardemos nosotros para dejarnos resucitar por Él. No nos quedemos en el sepulcro, vivamos para siempre con Él y gocemos esta alegría pascual sin límites. Dejémonos hacer nuevos por Jesús, que vive en nuestros corazones.
Hermanos, las tumbas en nuestros días nos sirven para no olvidar que allí están los restos de un ser querido y poder llevarles flores y recordar el cariño que les tuvimos en vida y para agradecer por el bien que nos hicieron. También las tumbas, nos sirven para recordar que nuestros cuerpos un día reposarán en un lugar como ese; y eso no es para tener miedo, sino para aprovechar, sirviendo a Dios, el tiempo que Él nos permita estar en este mundo. La tumba vacía de Jesús, también nos recuerda a tantos hermanos desaparecidos que no sabemos dónde estén sus restos y a tantas familias que no cuentan con un lugar para llorar a sus muertos, para llevarles una flor.
Hoy existe un tabú, del cual el mundo no se atreve a hablar: es la muerte, porque se cree que el solo hablar de ella, nos transforma en seres reprimidos, y sí, se habla hoy de apresurar la muerte, mediante la eutanasia, de aquellos que sufren mucho o que el mundo considera inútiles. Se les pone cuanto antes, bajo la pesada losa del tabú de la muerte, sin librarlos de él. Sólo hay un hombre en la historia que se ha atrevido a hablar contra el tabú de la muerte, es aquel que se llamaba a sí mismo Verdad y Vida, Resurrección y Vida. Que ha prometido vida eterna al que cree en Él. Es el único que nos puede prometer que esta vida nos conducirá, a través de la muerte, a otra vida inaccesible, Él mismo pasó por esa experiencia. No nos enseña a morir dignamente como pretenden hacernos creer quienes promueven la eutanasia, sino a convertir la muerte en un paso entre dos vidas. Un puente que une la orilla de la vida mortal con la vida eterna. Una muerte que simboliza la transformación del grano de trigo en una maravillosa cosecha. Transformación de un gusano de seda en una maravillosa mariposa llena de vida. Por eso, ¿por qué buscan entre los muertos al que vive?. La Resurrección de Jesús es la primicia de que en la muerte se nace ya para siempre. No es una fantasía de nostalgias irrealizadas. El deseo ardiente del corazón de vivir y vivir siempre tiene en la Resurrección de Jesús la respuesta adecuada por parte de Dios. La muerte ha sido vencida, está consumada, ha sido transformada en vida por medio del Dios que Jesús defendió hasta la muerte.
Hermanos, Jesús nos ha enseñado que la muerte no tiene la última palabra; Él es la Resurrección y la Vida; nuestra vida en este mundo es pasajera, de allí que tengamos que aprovechar cada instante que Dios nos permita estar aquí, para hacer el mayor bien a nuestros semejantes.
Vivamos la Pascua, tiempo de alegría y de gozo, ya que Jesús ha resucitado, es un tiempo que debemos mostrar sobre todo con la alegría. Una tumba no pudo retener el cuerpo de Jesús; Jesús ha resucitado y esa alegría debe iluminar nuestras vidas, nos debe capacitar para enfrentar las distintas situaciones difíciles que la vida nos presenta. Jesús venció la muerte y nosotros la venceremos junto a Él. Aquellos lienzos puestos en el suelo nos enseñan que Jesús se despojó de todo lo que tenía y nos invita a despojarnos de aquello que nos ata a este mundo, posesiones, prejuicios, orgullos, arrogancias, etc.
Hermanos, imitemos a Pedro, que a pesar de la negación, tuvo la valentía de salir corriendo al encuentro del que había negado; imitemos a Juan que vio y creyó; imitemos a Magdalena que salió corriendo a dar el anuncio, a anunciar lo que ha visto y oído.
Hermanos vivamos la Pascua:
- La Pascua nos invita a comer y beber con el Resucitado. En cada Eucaristía nos volvemos a sentar, como invitados y protagonistas, en esa mesa donde Jesús mismo nos regala su presencia y nos contagia su pasión. Y si nos falta esa mesa nuestra fe se queda en recuerdo antiguo, pero no es experiencia. Creo que no hay Pascua sin Eucaristía.
- La Pascua nos empuja a ser testigos. Testigos de la Resurrección, teniendo en cuenta que el testigo no es protagonista.
- La Pascua nos urge a buscar otros bienes, como dice la segunda lectura de los Colosenses: “Busquen los bienes de arriba, donde Cristo está sentado con Dios”.
- La Pascua nos exhorta a vivir despiertos. El sueño es el símbolo de la muerte; dormir es dejar pasar la vida, tolerar lo que daña, acostumbrarse a la rutina más plana. Hoy madruga quien tiene un sueño que cumplir, un proyecto que desarrollar, una razón para ponerse en marcha, alguien a quien amar. No hay Pascua si no hay pasión que nos empuje a entregar nuestra vida al servicio de los demás.
Hermanos, celebrar la Resurrección de Jesús, es abrirnos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento, sino la tristeza, porque puede ser que por una parte nos falte pasión por la vida y compasión por los que sufren, y por otra, nos sobre apatía y hedonismo barato que nos hacen vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia que es amar, amar que es donación.
Preguntémonos: ¿Cómo vivo mi fe en Jesús Resucitado? ¿Qué testimonio doy como creyente que puedo invitar a otros a tener fe en el Resucitado?
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¡Felices Pascuas de Resurrección para todos!

