En este Jueves Santo, el día del mandamiento del amor, de la institución del sacerdocio y de la eucaristía, en México no es extraño ver peculiares celebraciones en parroquias y catedrales en las que la representación del cenáculos, improvisados o bien preparados, tratan de representar fielmente lo que sucedió aquella noche.
Quienes participan en comunidades distintas, son testigos de los sinceros esfuerzos para representar dignamente a los apóstoles escogidos para ser lavados por el celebrante. Ataviados en túnicas, simulan las ropas de los seguidores de Cristo en el Cenáculo, hombres y mujeres – desde niños hasta ancianos- rodeando el altar como si concelebraran la institución de la Eucaristía y del mandamiento máximo.
Otras comunidades no preparan a sus actores, sencillamente están dispuestos uno o varios lugares para escoger a quienes puedan ser servidos a través de ese rito. Los aspectos pueden ser diversos. Habrá padrecitos muy higiénicos que no quieren besar los de los adultos y conformarse con los pies más sanos de bebés o niños pequeñitos, encargar el rito al diácono o tomar parejo, sin importar edad y condición, escogiendo a niñas, hombres, mujeres y ancianos, incluso algunos obispos en México han hecho costumbre de celebrar este día en los centros de readaptación social para realizar el lavatorio de pies.
Aunque se ha preservado esta costumbre, hace 10 años, en enero de 2016, la Congregación para el Culto y la Disciplina de los Sacramentos, entonces presidida por el cardenal Robert Sarah, emitió un decreto que “abrió” el lavatorio de pies.
¿Qué se reformó? De acuerdo con el cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, el Papa Francisco ponderó la reforma de la rúbrica sobre la elección de varones para el lavatorio de los pies que se encontraba en vigor con la reforma de las disposiciones de la Semana Santa. Previo al decreto, en una carta el Papa Francisco explica las razones para que ya no sean sólo sean “hombres o muchachos”. Explica en uno de los párrafos: ‘Después de una atenta ponderación he llegado a la deliberación de aportar un cambio en las rúbricas del Misal Romano. Dispongo por lo tanto que se modifique la rúbrica en la que las personas elegidas para el lavatorio de los pies deban ser hombres o muchachos, de manera que, a partir de ahora, los Pastores de la Iglesia puedan elegir a los participantes en el rito entre todos los miembros del Pueblo de Dios. Se recomienda, además, que a los elegidos se les dé una explicación adecuada del rito’. El fondo de esta reforma, explica el mismo Papa, tiende a expresar plenamente el significado del gesto efectuado por Jesús en el Cenáculo, su entrega ‘hasta el final’ por la salvación del mundo, su caridad sin límites.
El decreto del 6 de enero de 2016 de la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos hecho público el 22 de enero, estimó oportuna las consideraciones del Santo Padre a fin de reformar las rúbricas y orientar una disposición distinta a la que se contenía en el Misal Romano de Paulo VI para aplicarse en esa Semana Santa que inició con el domingo de ramos, el 20 de marzo. De esta forma, el decreto dispone que: »Los elegidos entre el Pueblo de Dios son acompañados por los ministros de modo que los pastores puedan elegir a un grupo de fieles que represente la variedad y la unidad de cada porción del pueblo de Dios. Ese grupo puede estar formado por hombres y mujeres y, convenientemente, por jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, clérigos, consagrados, laicos”. Tanto la Carta papal como el decreto de la Congregación afirman que los fieles deben ser preparados por una instrucción adecuada “para que participen en el rito responsable, activa y fructuosamente”.
¿Cuál era el estado de cosas hasta antes de este decreto? Si somos observadores, las rúbricas del misal de Paulo VI atienden a la reforma hecha por Pío XII para la restauración de la Semana Santa a través del Decreto Maxima Redemptionis Nostra Mysteria del 30 de noviembre de 1955. La Instrucción del mencionado decreto aconseja el lavatorio de pies de acuerdo al “bien pastoral” de las comunidades, por lo que de esta lectura, bien podía ser realizado o no. Pío XII introdujo en la misa del Jueves Santo un rito que venía a ser supletorio en la celebración eucarística del triduo sacro. El rito de lavatorio debería servir para comprender mejor el precepto de la caridad cristiana como lo fue en los principios: “Les doy un mandamiento nuevo…”. En pocas palabras, tenía una intención pedagógica.
La Constitución Apostólica sobre el Misal Romano del 3 de abril de 1969 abunda sobre la esencia de las reformas del Papa Pacelli al considerar que: “Pío XII inició esta obra de revisión con la restauración de la Vigilia Pascual y de la Semana Santa que constituyeron el primer paso de la adaptación del Misal Romano al modo de ser de la mentalidad contemporánea”.
Sin embargo, la pandemia obligó a suspender el lavatorio de pies, pero al pasar la llamada emergencia sanitaria, se regresó a la representación de los cenáculos. Quizá en estos tiempos, habrá un exagerado aperturismo y se reduzca a teatralidades que pierdan el significado; sin embargo, el núcleo de la celebración es la cena pascual que se ilumina con el gesto del Señor Jesucristo, Maestro, que se hace siervo lavando los pies, celebración de servicio, de humildad, para que todos podamos imitar este mismo gesto en la vida ordinaria.

