Cristo Rey en la cruz de la cultura de la muerte

Editorial ACN Nº194

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Este Domingo de Ramos de 2026, las palmas se agitan en las iglesias y comunidades mientras la liturgia proclama a Jesucristo como Rey. “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”, cantamos con el mismo entusiasmo que los habitantes de Jerusalén hace dos mil años.

Sin embargo, apenas iniciada la Semana Santa, el contraste entre esa aclamación y la realidad de nuestro mundo occidental resulta triste, desconcertante y desolador. La misma sociedad que recuerda al Rey de la Vida tolera, normaliza y hasta celebra una crucifixión moderna, la eutanasia de una joven de poco más de veinte años, empujada al suicidio asistido por un sistema que prefiere matar antes que sanar, que prefiere la muerte “digna” al esfuerzo de ensalzar la vida.

Las razones personales de Noelia Castillo, sin duda, fueron una acusación de su abandono que la llevó a un profundo dilema existencial. El caso no es aislado, pero duele con especial crudeza por la edad de la víctima y la frialdad legal con la que se ejecutó, incluso aislada de cualquier forma de compañía de familiares o amigos.

Una joven que, según el padre José Guillermo Gutiérrez Fernández, reconocido sacerdote y académico mexicano experto en bioética, “no recibió la ayuda adecuada”. En lugar de ofrecerle acompañamiento integral —psiquiátrico, psicológico, espiritual y social—, el poder público y las clínicas de la muerte le presentaron la eutanasia como solución rápida y “compasiva”. El egoísmo del sistema, disfrazado de autonomía y progreso, decidió que era más barato y más limpio eliminar el sufrimiento que remediarlo y aliviarlo. Así, la cultura de la muerte empaña el don de la Pascua, mientras recordamos la crucifixión de Cristo inocente, consentimos la crucifixión legal de inocentes desesperados.

El padre Gutiérrez Fernández lo ha dicho con claridad dolorosa, la joven ya no está en nuestras manos. Confiando en la misericordia infinita que “ya la está haciendo vivir de la vida en Dios”. Esa confianza no es ingenuidad ni relativismo. Es la fe en un Dios que no abandona al que, en su angustia, toma una decisión desesperada. Pero esa misericordia divina no exime a la sociedad de su culpa ni tampoco a la Iglesia católica. Algunos querrán condenar a la muchacha por haber “elegido” la eutanasia como fin último. Olvidan que la verdadera responsabilidad recae en quienes crearon las condiciones para que esa “elección” fuera la única puerta abierta, legisladores, jueces, médicos y medios que han convertido la muerte en un derecho y la vida en una carga negociable.

Esta Semana Santa no puede reducirse a procesiones o turismo religioso de puro espectáculo y sentimentalismo. Es, o debería ser, una oportunidad urgente de conversión personal y colectiva. Occidente atraviesa una crisis antropológica profunda que nos hunde en el sinsentido y la desesperación. Hemos vaciado la vida de trascendencia, hemos reducido al ser humano a un conjunto de ‘derechos subjetivos’ y, cuando el sufrimiento aparece, en lugar de redimirlo como hizo Cristo en la Cruz, lo eliminamos. La eutanasia no es un avance; es la derrota moral de una civilización que ya no sabe defender la dignidad del más débil.

Frente a esto, la Pascua grita que la vida siempre vale la pena. Que el dolor, por intenso que sea, no es el final. Que la verdadera compasión no mata al que sufre, sino que se sienta a su lado, como el Cireneo con Jesús. La conversión que reclama esta Semana Santa pasa por rechazar la lógica utilitarista que mide a las personas por su “calidad de vida” o por su costo para el Estado. Pasa por exigir políticas que inviertan en salud mental, en cuidados paliativos reales y en acompañamiento integral. Pasa, sobre todo, por recuperar la certeza de que cada vida humana es sagrada porque es imagen de Dios, incluso cuando esa imagen esté herida y rota.

Cristo entra en Jerusalén montado en un burrito, no en un carro triunfal. Viene humilde, pero rey. Viene a reinar desde la Cruz. Que esta Semana Santa de 2026 no sea solo un recuerdo piadoso, sino un llamado a la acción. Que el mismo pueblo que hoy agita palmas tenga el valor de gritar mañana contra la cultura de la muerte porque si no defendemos la vida de la joven veinteañera que fue abandonada a su desesperación, entonces nuestra aclamación de “¡Hosanna!” es pura hipocresía.

La Resurrección está cerca, pero solo resucitaremos como sociedad si antes aceptamos que hemos crucificado —una y otra vez— al inocente. Que esta Semana Santa sea, de verdad, el comienzo de nuestra conversión que es radicalmente distinta a la transformación

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