Ámate. Date permiso de amar y ser amado. Cuando comienzas a amarte, te reencuentras con la persona más importante de tu vida: tú mismo. Entonces tomas conciencia de que mereces lo mejor y dejas de conformarte con menos. El amor propio no es egoísmo, es el punto de partida para una vida plena.
Imagínate que tu mente es un imán, todo lo que piensas y deseas con convicción comienza a tomar forma. Por eso, ama la vida con sus días soleados y también con sus jornadas nubladas y tormentosas. Todo forma parte del camino. La vida está para gozarse, para aprender, para disfrutarse en cada instante.
Llena tu mochila de recuerdos bellos y deja los momentos dolorosos a un costado del camino. Frente al espejo, sonríe. Reconoce el maravilloso ser humano que eres y mira hacia tu interior: “El poder está en ti”. Cada día puedes elegir e darte una nueva oportunidad de ser feliz o dejar que la tristeza apague tu luz.
Establece objetivos y metas, lucha por logralos. No te sientas culpable por dedicar tiempo a lo que te hace sentir bien.
Para fortalecer tu amor propio, comienza sanando a tu niño interior: perdona el pasado y hazte responsable de tu presente. Aprende a mirarte con cariño y a decirte palabras que edifiquen. Cuida tu cuerpo con hábitos saludables, alimentación consciente y ejercicio.
Protege tu mente rodeándote de personas que sumen, y aléjate de ambientes y hábitos tóxicos. Recuerda que somos el promedio de las cinco personas que más convivimos. Establece límites con firmeza y respeto: decir “no” también es un acto de amor.
Encender la llama del amor propio es invertir en felicidad y emociones sanas. Recorre tu vida y detente en los recuerdos que te dieron paz; revívelos, agradécelos, hazlos presentes una y otra vez.
Encomienda tus obras al Señor y tus proyectos se realizarán. ( Prov 16,3)

