Entre los dogmas inatacables que profesan nuestras élites culturales, tan viejunas y periclitadas (pero todavía en el machito, repartiendo bulas y anatemas), figura la convicción de que la literatura digna de tal nombre debe excluir la inquietud religiosa.
Todo escritor que desee ser encumbrado en nuestro purulento cotarrito cultural debe hacer pública profesión de ateísmo; o, mejor todavía (obras son amores), probarlo a través de su obra, donde las inquietudes religiosas deben brillar por su ausencia, o en todo caso ser tratadas con condescendencia (y siempre aprovechando para retratar a los creyentes con rasgos caricaturescos o malignos).
Nuestro cotarrito cultural considera que creer en Dios es un error nocivo; y, para combatir ese error, aplaude las novelitas en las que se prueba que Dios ya no es necesario, bien porque el hombre se ha endiosado hasta construir un mundo perfecto, bien porque se ha abajado tanto que sólo puede aliarse plácidamente con el mal, sin esperanza ni anhelo de Redención.
Podríamos incluso afirmar sin exageración que la literatura de nuestra época considera a Dios un engaño malintencionado que contribuye a perpetuar los males de la Humanidad; de tal modo que no se limita a olvidarse de él, sino que necesita combatirlo con saña, necesita culparlo de todos los males que afligen al hombre. Es como si nuestros escritores no hubiesen logrado perdonar a Dios su inexistencia, que ellos mismos han proclamado.
Así, la falta de sentido, la celebración del caos, la exaltación festiva de las pasiones más destructivas se han consagrado como los tópicos predilectos de nuestra literatura.
Y el escritor que se atreva a pasar, aunque sea de contrabando, alguna alusión espiritual es señalado como un retrógrado o un despojo.
A esta caracterización también contribuye –no podemos negarlo– que desde el ámbito católico se ha exaltado con frecuencia una literatura un tanto infantilizada, de sentimentalismo pío, donde el mal ha sido erradicado, negando la posibilidad del ‘drama’, que es el meollo constitutivo del verdadero arte (y de una vida digna de ser vivida).
‘Drama’ que, por cierto, también ha sido erradicado de la literatura hegemónica, que o bien incurre en la frivolidad, borrando las categorías morales hasta hacerlas intercambiables, o bien presentando el mal como una realidad fatídicamente invencible y negando la capacidad humana para combatirlo y derrotarlo.
Pero toda esta literatura entronizada en nuestra época será arrojada al basurero de la Historia, como las estufas que no calientan y los coches que no arrancan. Pues la misión de la literatura no es otra sino explorar el misterio humano; y ese misterio, a la postre, es de índole sobrenatural.
Entre los pocos escritores españoles contemporáneos que se atreven a indagar el misterio humano hasta las últimas consecuencias se cuenta mi dilecto Enrique Álvarez, un leonés asentado en Santander que ya he recomendado en alguna ocasión anterior a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan.
Enrique Álvarez es un superdotado zahorí de almas o –si ustedes lo prefieren– de psicologías abrumadas y culpables, que ha cuajado una serie de magníficas novelas de asunto teológico donde se abordan los más sutiles y escabrosos problemas morales, incluido el problema del mal (que, a la postre, los resume todos).
Así lo hace en su más reciente novela que muy efusivamente les recomiendo, El buen azar (La Discreta), donde desde su mismo título se nos enfrenta con el asunto que sobrevuela cada una de sus páginas –la acción callada y misteriosa de la Providencia en nuestras vidas–, aunque tratado de un modo tan delicado que a un lector poco atento le puede pasar inadvertido.
Como en otras novelas suyas anteriores, Enrique Álvarez no desdeña adentrarse en territorios ásperos: en El buen azar, concretamente, aborda un caso de pedofilia en un colegio de frailes acaecido allá por los años setenta; pero, como ocurre en otras obras de su autor, esta floración del mal no es sino un macguffin que le sirve para explorar las almas de sus personajes, sus relaciones y afectos –a veces clandestinos y enfermos, a veces de un pureza luminosa y conmovedora– y, sobre todo, las lacras sociales y espirituales que los devoran (entre las que se cuenta, desde luego, la pudrición o desecación de la fe, también entre el clero).
Siempre me pasmará el modo en que Enrique Álvarez compone su galería de personajes, a los que capta en toda su plenitud de matices, con una perspicacia y un conocimiento del alma humana verdaderamente excepcionales.
Pero, claro, El buen azar es un exponente de novela teológica; así que su autor no puede gozar del aplauso de nuestro purulento cotarrito cultural.

Por JUAN MANUEL DE PRADA.
DOMINGO 22 DE MARZO DE 2026.
KI.

