La reciente audiencia concedida por León XIV al periodista británico Gareth Gore, autor del libro Opus, ha provocado una evidente inquietud en distintos ámbitos eclesiales. La razón no es difícil de entender: La obra de Gore ofrece una visión extremadamente crítica del Opus Dei, al que llega a describir como una «secta», y recopila una larga serie de acusaciones y episodios controvertidos que la propia institución se apresuró a rechazar públicamente.
En ese contexto, ha resultado especialmente llamativo que, según el propio autor, el Papa calificara el libro como un «trabajo riguroso».
Conviene, sin embargo, introducir desde el principio un matiz esencial.
- Esa afirmación no ha sido confirmada por la Santa Sede.
- Procede exclusivamente del relato ofrecido por Gore en su publicación personal, y no existe por ahora ninguna corroboración oficial sobre el contenido concreto de la conversación mantenida con el Pontífice.
- Dado que este tipo de audiencias privadas rara vez son aclaradas por el Vaticano, lo prudente es no otorgar a esa versión un valor concluyente.
- Aun así, el episodio ha adquirido relevancia pública y merece ser examinado con atención, no sólo por lo que presuntamente se dijo, sino sobre todo por la forma en que se produjo el encuentro.
Y ahí aparece un dato que apenas ha sido subrayado, pero que resulta particularmente significativo.
- Según el propio Gore, el primer contacto para preparar la audiencia no llegó a través de los cauces ordinarios de la Santa Sede ni desde su entorno editorial, sino por medio del periodista peruano Pedro Salinas, con quien había coincidido por última vez en diciembre, durante una conferencia celebrada en Argentina.
- Fue Salinas, siempre según esa versión, quien le trasladó que León XIV conocía su libro y quería hablar con él a solas.
La pregunta surge de manera inevitable. ¿Por qué el canal para llegar al Papa fue precisamente Pedro Salinas?
- No se trata del autor del libro, ni de su editor, ni de un vaticanista habitual, ni tampoco de una figura con cargo alguno en la Curia romana.
- Su vinculación con este asunto sólo parece explicarse por la relación personal que mantiene desde hace años con Robert Prevost, hoy León XIV, a raíz de la etapa en la que este desempeñó responsabilidades pastorales en el Perú.
Ese vínculo se habría forjado, en buena medida, en el contexto de la investigación periodística y mediática en torno al Sodalicio de Vida Cristiana, caso en el que Salinas tuvo un papel muy visible. Aquel proceso terminó con decisiones severas adoptadas por la autoridad eclesiástica, entre ellas expulsiones de miembros y, finalmente, la disolución de la institución por decreto pontificio. Salinas siguió muy de cerca ese itinerario y, según distintos relatos, trató diversas cuestiones relacionadas con el caso con Prevost, primero en el Perú y más tarde en Roma, cuando fue nombrado prefecto del Dicasterio para los Obispos.
- Pero precisamente por eso resulta más extraña su intervención en este nuevo episodio.
- Porque el Opus Dei no guarda una relación directa con el proceso del Sodalicio, por más que algunos periodistas y comentaristas hayan intentado establecer paralelismos entre ambas realidades.
- Que Salinas aparezca ahora como intermediario en una audiencia del Papa con el autor de un libro especialmente hostil al Opus Dei no deja de ser, cuando menos, un hecho llamativo que exige explicación.
No se trata de afirmar sin prueba que haya existido una maniobra concertada. Sería excesivo y poco serio. Pero tampoco parece razonable ignorar la anomalía. Si la audiencia hubiera partido de una decisión directa del Pontífice, lo normal habría sido que el contacto se hubiera producido a través de los mecanismos ordinarios del entorno papal. Que la gestión, en cambio, aparezca asociada a una figura externa, ideológicamente muy marcada y activamente implicada en controversias públicas de fuerte carga política y eclesial, abre un campo de sospecha que no puede despacharse con ligereza.
La cuestión se vuelve todavía más delicada si se tiene en cuenta el propósito declarado por el propio Gore al hacer pública su versión del encuentro. El periodista explicó que decidió difundir el episodio para «crear un registro público» de lo que el Papa conoce acerca de sus acusaciones contra el Opus Dei. Es decir, la audiencia no fue presentada como una simple conversación privada, sino como un hecho con proyección pública, susceptible de ser interpretado como respaldo moral o intelectual del Pontífice a una determinada narrativa. Ahí radica precisamente el problema.
Cuando una reunión privada con el Papa
pasa a ser utilizada
como elemento de legitimación
dentro de una polémica eclesial,
el riesgo de instrumentalización mediática
se vuelve evidente.
Y ese riesgo se agrava
si el acceso al Pontífice
ha llegado a través de personas
que no son observadores neutrales,
sino protagonistas activos
de batallas informativas e ideológicas
muy concretas.
Pedro Salinas es, en ese sentido, una figura sobradamente conocida en el escenario público peruano. No sólo por su actuación en el caso Sodalicio, sino también por su perfil abiertamente izquierdista, su condición declarada de no católico y su confrontación política y mediática con el alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, dirigente conservador y miembro del Opus Dei. Esa enemistad pública no pertenece al terreno de la especulación: forma parte del debate político peruano y ha tenido numerosos episodios de gran intensidad.
Uno de ellos se produjo a comienzos de 2025, cuando López Aliaga concedió al cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo emérito de Lima y también miembro del Opus Dei, la Medalla Orden al Mérito de la ciudad. La distinción provocó una inmediata tormenta mediática, alimentada por la reactivación de acusaciones y controversias antiguas, y Salinas figuró entre las voces más duras contra el reconocimiento otorgado tanto al cardenal como al alcalde. Todo ello contribuyó a consolidar la impresión de que ciertos sectores periodísticos y políticos en el Perú han situado al Opus Dei y a figuras vinculadas a él en el centro de una campaña sostenida de desgaste público.
En ese contexto, la aparición de Salinas como mediador en una audiencia del Papa con Gareth Gore adquiere inevitablemente una dimensión que trasciende lo meramente anecdótico. No porque ello demuestre, por sí solo, una intención impropia por parte del Pontífice, sino porque alimenta una percepción incómoda: la de que el acceso al Santo Padre podría estar siendo utilizado, aunque sea indirectamente, para reforzar determinadas posiciones dentro de controversias nacionales que mezclan religión, medios de comunicación y lucha política.
El fondo del asunto, por tanto, no está tanto en reconstruir palabra por palabra una conversación privada que nadie, fuera de los presentes, puede verificar. La cuestión decisiva es otra: quién promovió realmente el encuentro, por qué se utilizó ese canal y con qué efectos públicos se ha querido presentar después. Mientras esas preguntas sigan sin respuesta, el episodio seguirá rodeado de sombras.
Y no son sombras menores. Porque la autoridad moral del Papa no puede convertirse, ni siquiera de forma involuntaria, en pieza útil dentro de disputas mediáticas impulsadas por actores claramente posicionados. La prudencia institucional de la Iglesia existe precisamente para evitar que una audiencia privada se transforme en munición para una batalla ajena a la misión propia del Pontificado.
Por eso, más que discutir ahora sobre si León XIV dijo exactamente tal o cual frase, lo verdaderamente relevante es aclarar el itinerario de esta reunión. ¿Fue una iniciativa personal del Papa? ¿Fue sugerida por terceros? ¿Por qué el nombre de Pedro Salinas aparece en el centro de la gestión? ¿Y por qué el resultado final se ha presentado públicamente de una manera tan funcional a una de las partes en disputa? Son preguntas legítimas, razonables y necesarias.
Responderlas ayudaría no sólo a despejar dudas, sino también a proteger al propio Pontífice de un uso interesado de su figura. Porque cuando el nombre del Papa entra, aunque sea sin querer, en el engranaje de operaciones mediáticas marcadas por afinidades ideológicas, enemistades políticas y campañas periodísticas de largo recorrido, el daño no se limita a una institución concreta. Afecta a la credibilidad misma de la neutralidad pastoral que debe rodear el ejercicio del ministerio petrino.

