¿Te ha pasado alguna vez que miras algo y sin embargo no lo ves realmente? Ves a las personas, ves lo que ocurre, ves tu vida, pero no logras comprender lo que Dios está haciendo en medio de todo eso. Hay muchas formas de ceguera. Algunas afectan a los ojos, pero otras, mucho más profundas, afectan al corazón.
El Evangelio de este domingo de cuaresma nos presenta el pasaje del ciego de nacimiento. Jesús escupe en la tierra, hace barro con su saliva, le pone al hombre en los ojos y lo manda a lavarse a la piscina de Siloé. Y el hombre que había nacido ciego recupera la vista.
Lejos de que haya una celebración por este milagro, las autoridades religiosas se indignan porque la curación se había llevado a cabo en sábado y en ese día estaba prohibido hacer curaciones que no fueran una emergencia. Y queda claro que este caso no lo era, pero a Jesús no le importa el legalismo.Si es sábado o no, a Jesús le interesa la persona porque el hombre es la gloria de Dios.
En el Evangelio de hoy nos presenta un contraste impresionante. Un hombre que no veía y termina viendo y unos hombres que creían ver y terminan en la oscuridad. Jesús encuentra a un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos preguntan algo que también nosotros solemos preguntar: ‘¿Quién pecó para que éste naciera así?’ Es la lógica humana, buscar culpables.
Pero Jesús rompe esa lógica, no busca culpables, abre un camino de salvación. Y entonces dice una frase central. ‘Yo soy la luz del mundo’. Hace barro, lo pone en los ojos del ciego y lo envía a lavarse. El hombre obedece y vuelve viendo, pero aquí comienza lo más interesante del Evangelio.
Mientras el ciego va descubriendo quién es Jesús, los fariseos se van cerrando cada vez más. El que no veía empieza a ver con claridad. Los que creían verlo todo terminan espiritualmente ciegos. Al final el ciego llega a la fe y dice, ‘Creo Señor’.
Este Evangelio nos obliga a hacernos una pregunta incómoda. ¿En qué áreas de tu vida estás viviendo como un ciego? Hay cegueras muy comunes. La ceguera del orgullo, cuando una persona cree que lo sabe todo. La de la autosuficiencia, que cree que no necesita de Dios. La ceguera del prejuicio cuando juzgamos a los demás sin conocer su historia. La ceguera espiritual cuando vivimos la fe como una costumbre, pero no dejamos que Dios nos cambie.
El cerebro humano no ve la realidad tal como es, sino como la interpreta. Es decir, muchas veces no vemos la verdad. Vemos lo que estamos dispuestos a ver. Por eso los fariseos no pudieron reconocer el milagro. No porque fuera invisible, sino porque su corazón ya estaba cerrado.
La cuaresma es precisamente un tiempo para que Cristo nos vuelva a abrir los ojos. Tal vez llevas años en la Iglesia, pero hay zonas de tu vida donde todavía no dejas entrar la luz de Jesús. Tal vez has reducido la fe a prácticas externas, pero no permites que el Evangelio transforme tus decisiones. Tal vez sabes mucho de religión, pero te cuesta reconocer tu propia ceguera y aceptarla con humildad.
El hombre del Evangelio hizo algo muy simple. Obedeció a Jesús, fue, se lavó y comenzó a ver. El primer paso hacia la luz es humilde, reconocer que estás ciego y necesitas que Dios te abra los ojos.
El Evangelio termina con una frase muy fuerte de Jesús: ‘Los que no ven verán y los que creen ver se volverán ciegos’. La fe comienza cuando una persona tiene el valor de decir, Señor, ayúdame a ver porque cuando Cristo ilumina la vida, no solo cambia lo que vemos, cambia la manera en que vivimos.
Esta semana repite en silencio y haz tuyo este salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación”.
Feliz domingo. Dios te bendiga.

