Hoy escuchamos en el Evangelio, el inicio del gran Sermón de la Montaña presentado por Mateo. Este Evangelista coloca a Jesús en el monte como un nuevo Moisés; se sentó, el sentarse es signo del maestro que enseña; está rodeado por discípulos y una gran muchedumbre, signo de que el mensaje es para todos. Desde el inicio, Jesús presenta un programa de vida para todo aquel que quiera seguirlo; un programa que cambia las concepciones humanas; hay que dejar el pasado, ya que se presenta un futuro nuevo, distinto. Podemos decir que, Dios mantiene su preferencia y ésta es por los pobres y humildes. Ellos son invitados a vivir la “dicha” o la “felicidad” desde otra perspectiva.
Hermanos, la realidad nos desafía, frente al éxito que promete la sociedad injusta e insolidaria, frente a las ofrendas de bienestar que interesadamente ofrecen los gobiernos populistas, dejando a la mayoría cada vez más pobre y dependiente.
La palabra de este domingo, repite “dichosos”, ¿quién es dichoso? En tiempo de Jesús, los dichosos eran las personas que tenían buena salud, casados con una buena mujer, honesta y fecunda, con hijos varones y tierras ricas, observante de la religión y respetados en su pueblo. Pero vemos que a esa dicha no se refiere Jesús, ya que Él no es casado, no tiene hijos, ni tierra y es feliz. Su felicidad o dicha es fuera de los principios establecidos. La felicidad de Jesús, giraba en torno a su proyecto que llamaba “Reino de Dios”; se es feliz cuando se hace felices a los otros. Nunca buscaba su propio interés; no sabía ser feliz si no incluía a los demás. Creía en un Dios feliz, ese Dios creador que mira a sus creaturas con amor, que está más atento a los sufrimientos de las personas que a sus pecados. Jesús, rompía los esquemas religiosos y sociales de su tiempo; no predicaba: dichosos los piadosos, o dichosos los ricos y poderosos. Su grito era desconcertante e incomprensible para todos, ya que decía: “dichos los pobres de espíritu, porque Dios es su dicha”.
Jesús con las bienaventuranzas nos deja claro que Dios es el Dios de los pobres, de los oprimidos, de los que lloran y sufren. Dios no es insensible ante el sufrimiento, no es indiferente; Dios sufre donde sufre una persona. De allí que su proyecto sea aliviar el dolor ajeno. Jesús lo mostró en el paso de su vida.
Las bienaventuranzas no son algo sencillo de comprender y menos aún de practicar, porque nosotros comprendemos la felicidad desde el “estar bien”, sobre todo, centrado en lo material; allí se funda la “dicha” en nuestros días. Se cree y se piensa que con tener cosas materiales la felicidad viene por añadidura. La situación que vivimos, cada vez se vuelve más complicada para lograr esa dicha porque los productos de la tierra no valen; los impuestos rebasan a las familias; la canasta básica cada vez está más alta para adquirirla; los salarios sí suben, pero la inflación lleva la delantera. Esa dicha se escapa para la mayoría. Existe en nuestros días una “dicha” o “felicidad” anunciada a los cuatro vientos; esa dicha que pregonan muchos hermanos que tienen un cargo en el gobierno, dicen que estamos bien y que el pueblo está feliz.
Hermanos, nos queda claro que Jesús al pronunciar las bienaventuranzas, está plasmando una visión distinta de las cosas y al analizar las bienaventuranzas, nos damos cuenta que se necesita sensibilidad hacia el dolor. Dicha sensibilidad se está perdiendo en nuestra cultura, cada día mostramos más apatía ante el sufrimiento ajeno. Con todo respeto digo lo siguiente: Ante las tragedias o masacres, se nos quiere hacer creer que con levantar carpeta de investigación todo está solucionado. Ni el dolor, ni la injusticia se solucionan con eso. Hemos perdido sensibilidad ante el dolor ajeno.
Hermanos, pareciera que buscamos todos los medios para evitar el sufrimiento personal y nos hacemos insensibles al dolor ajeno. El sufrimiento ciertamente es inevitable en la persona, es parte de nuestra condición humana, pero a nosotros los discípulos de Jesús, nos toca aliviar ese dolor; el ser sensibles con el que sufre implica poner lo que está de nuestra parte para aliviar su dolor.
También, hemos reducido el dolor humano a cifras y datos; el sufrimiento ajeno lo vemos de manera indirecta, a través de los televisores y bajo muchos lentes distorsionados. Nos ocupamos en lo que nos interesa y no hay tiempo para acompañar al que sufre.
Dios sigue manteniendo en pie su proyecto de las bienaventuranzas. ¡Jesús es el primer bienaventurado! Él piensa y vive desde el mundo de los pobres, piensa y vive desde ese mundo para liberarlos. Esa es una realidad social, pero a la vez es una realidad teológica. Es en el mundo de los pobres, de los que lloran, de los limpios de corazón, de los perseguidos por la justicia, de los que hacen la paz, donde Dios se revela. Y lógicamente, Dios no quiere ni puede revelarse en el mundo de los ricos inmisericordes, en el mundo de quienes tienen el poder para servirse a sí mismos y no al pueblo, en quienes realizan la ignominia. El Reino que Jesús anuncia es así de escandaloso. No dice que tengamos que ser pobres y debemos vivir la miseria eternamente. Para que nadie pensara que el Señor predicó la pobreza, que a veces se soporta por necesidad, añadió: “Dichosos los pobres de Espíritu”; esto para que se entendiera que es humildad y no penuria. La pobreza no es una cosa querida por Dios, es una desgracia que debemos combatir y no incrementarla hasta llevar al pueblo a la miseria, como lo hacen los gobiernos socialistas-comunistas. La pobreza no es causada por descuido de Dios, sino por responsabilidad o irresponsabilidad del hombre. Quiere decir sencillamente que, si con alguien Dios está inequívocamente es en el mundo de aquellos que los poderosos han maltratado, perseguido, calumniado y empobrecido.
Hermanos, necesitamos vaciar nuestro corazón de codicia, porque, mientras que el corazón esté lleno de ambición, no podrá gozar de la paz, ni de la felicidad, porque esa codicia y ambición estarán siempre en el interior de la persona, peleando, discutiendo, destruyéndola y llevándola a que destruya a los demás.
Si miramos bien, en todas las bienaventuranzas, sólo hay un mensaje, una enseñanza: Lo único importante es el amor, si el amor preside nuestra vida, las situaciones de bienaventuranza se darán de forma natural.
Preguntémonos hermanos: ¿Qué entendemos por dichosos? ¿En qué ponemos la dicha de nuestro corazón?
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.


