Las enfermedades del régimen

Editorial ACN Nº187

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México vive un alarmante resurgimiento de enfermedades que se consideraban erradicadas como el sarampión, un virus altamente contagioso que pone en riesgo la vida de miles, especialmente niños y jóvenes. Según reportes recientes, en 2025 se confirmaron 5,741 casos de sarampión con 24 muertes, y la tendencia continúa en 2026 con 500 casos en las primeras semanas.

Este brote no es un capricho de la naturaleza, sino el resultado directo de una negligencia sistemática en la inversión en vacunas, que ha dejado coberturas inmunológicas por debajo del 90%, lejos del 95% recomendado por la OMS. El 63% de los casos confirmados en 2024 ocurrieron en personas no vacunadas, destacando las brechas en la cobertura que alimentan estos brotes.

¿En quién recae la responsabilidad? ¿Quiénes son los culpables de esta expansión de enfermedades? No obstante la responsabilidad de padres de familia que han pugnado por una idea “antivacuna”, hay también mucha responsabilidad los responsables de la salud de los sistemas de salud, particularmente de la administración anterior 2018-202 que falló estrepitosamente en asignar recursos adecuados para las vacunas y las Semanas Nacionales de Vacunación.

Durante ese periodo, la cobertura de vacunación infantil básica cayó drásticamente, de 93% en 2021 a 80% en 2023, debido a políticas erráticas que priorizaron retórica populista sobre inversión real en salud pública. En lugar de fortalecer el sistema de inmunización, se desmantelaron estructuras existentes como el Seguro Popular sin un reemplazo efectivo, dejando a millones vulnerables. Esta omisión no solo ignoró advertencias internacionales, sino que exacerbó desigualdades, con regiones marginadas sufriendo las peores consecuencias.

Surge la interrogante sobre la suficiencia de los recursos presupuestales actuales para la prevención de enfermedades y la fabricación de vacunas. El presupuesto de salud para 2025 se enfoca en «universalizar» el acceso, pero persisten escasez histórica de medicamentos y suministros médicos. El régimen prefirió médicos extrajeros desplazando a los profesionales de la salud nacionales.

¿Es realista pretender soberanía farmacéutica cuando la producción nacional de vacunas apenas despega? Proyectos como la fabricación de dosis contra el sarampión dependen de importaciones y el financiamiento sigue siendo opaco  con recortes en programas preventivos que podrían evitar futuras epidemias. Sin un incremento sustancial y transparente en el erario, México corre el riesgo de repetir ciclos de crisis sanitarias.

Este panorama se agrava con los proyectos fallidos que han deconstruido el sistema de salud mexicano. La «Megafarmacia del Bienestar», inaugurada con bombo y platillo en Huehuetoca, Estado de México, la que tendría “todos los medicamentos del mundo” resultó un fiasco monumental,  un almacén ineficiente elefante blanco que vivió amparado de la corrupción. Similar destino corrió la «Vacuna Patria» contra el COVID-19, anunciada con patriotismo pero estancada en fases de desarrollo limitadas sin impacto masivo ni neutralización efectiva de variantes emergentes, pese a promesas de autosuficiencia. Ahora, la pretensión de un sistema universal credencializado, con «Rutas de la Salud» y planes para 2030, suena hueca ante la realidad cuando hospitales caminan a marchas forzadas sin equipo ni personal, con escasez crónica de medicamentos que obliga a pacientes a comprarlos por su cuenta.

Como recordaba el Papa Benedicto XVI en su mensaje de 2010 a los participantes en la XXV Conferencia Internacional promovida por el Pontificio Consejo para la Pastoral Sanitaria, “también en el campo sanitario, parte integrante de la existencia de toda persona y del bien común, es importante instaurar una verdadera justicia distributiva que garantice a todos, sobre la base de las necesidades objetivas, curas adecuadas”.

Efectivamente, la salud no se improvisa ni debería ser objeto de ocurrencias. Esta llamada a la equidad y al respeto por la dignidad humana debe guiar a México hacia un sistema de salud inclusivo, lejos de promesas vacías y priorizando la inversión real en prevención. Pero es parte de las enfermedades del régimen, colapsado por el peor de los males, la corrupción que lo está paralizando.

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