¿Alguna vez te has preguntado por qué, si Dios existe, hay tanto sufrimiento en el mundo? ¿Por qué tantas veces los que más sufren son los inocentes, los justos, los que no hicieron daño a nadie?
Hoy el Evangelio de San Juan no responde con teorías, sino con un gesto. Juan el Bautista, que bautizaba en el Jordán, al ver a Jesús exclama, ‘este es el Cordero de Dios’. El Bautista no explica, señala, pronuncia una frase decisiva, este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
¿Por qué Juan llama a Jesús el Cordero de Dios? El Cordero, en diversas culturas, viene a significar al que es inofensivo, el que no es capaz de dañar a nadie, viene sacrificado sin que pueda defenderse, es signo del inocente. Y Jesús es figura del inocente de Dios, el justo que sufre, pero cuyo sufrimiento y dolor no es inútil, sino que es el precio que pagó para que nosotros fuéramos rescatados.
Cuando Moisés sacó a los israelitas de Egipto, el Señor le pidió que sacrificara un Cordero de un año, sin defecto, cuya sangre esparcida sobre el pueblo lo purificaría de sus pecados, y cuya carne alimentaría al pueblo liberado para que se dispusiera a salir en el éxodo.
Aquello fue la figura de lo que Jesús realizaría, pues Él, que es el inocente, el Cordero de Dios que con su sangre quita el pecado del mundo y nos purifica de nuestros pecados y con su carne alimenta no sólo para andar esta vida, sino que es alimento que nos garantiza la eternidad. Él nos dijo, ‘el que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna, y yo lo resucitaré el último día’.
Muchas veces te has preguntado si Dios existe, ¿por qué hay sufrimiento en el mundo? Más todavía, ¿por qué los inocentes, los justos, sufren? Y Dios te responde, no dando explicaciones, sino a través del bautista: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. He aquí a Dios mismo que carga en sus espaldas la injusticia, el dolor y el sufrimiento. He aquí al inocente que carga sobre sí tu pecado y el de todo el mundo. He aquí a Jesús que quiso sufrir por ti en su cuerpo y en su alma para que tú, que sufres, para que el inocente que sufre, nunca se sienta solo y abandonado por Dios porque Dios consuela al que sufre no con palabras, sino tomando sobre sí su dolor y padeciendo con él.
El Cordero es el inocente que carga con lo que otros no pueden cargar. Dios no mira el dolor desde lejos, entra en la herida humana. Tú también cargas culpas, heridas, cansancios que a veces callas. Hoy Dios te responde: ‘mírame. Cristo sufre contigo y por ti. No estás solo. El crucifijo no es adorno, es la memoria viva de un Dios que ama hasta el extremo’.
Hoy el Evangelio te llama a convertirte. Deja de oír del dolor. Deja de pensar que Dios te abandonó. Deja una fe superficial. Cree que Cristo ya cargó con lo que tú no puedes cargar solo y aprende a amar como él.
Esta semana te propongo dos compromisos. Uno, cada día mira un crucifijo y di, Señor, aquí está mi dolor, confía en ti, te lo entrego.
Segundo, haz un gesto concreto de misericordia con alguien que sufra. Hoy Juan vuelve a señalar a Jesús, no una idea, sino una persona. Escucha de nuevo: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Feliz domingo. Dios te bendiga.

