Mil setecientos años después del Concilio que aplastó al arrianismo, León XIV finalmente realizó la largamente amenazada peregrinación a Nicea.
En el papel, parece glorioso: un viaje apostólico a Turquía y al Líbano:
- una oración ecuménica sobre las ruinas de una basílica en İznik,
- una declaración con Bartolomé en el Fanar,
- una misa en Estambul que incluso logra decir “consustancial con el Padre”.
Pero vivimos en la Iglesia postconciliar, donde la cámara encuadra las ruinas, mientras la doctrina se escapa por la puerta lateral.
Durante décadas, Roma ha transformado el papado, desde el centro visible de la unidad hasta convertirlo en un servicio negociable. Ratzinger afirmó que Roma no debe exigir a Oriente más de lo que se vivió en el primer milenio en cuanto a la primacía. El obispo de Roma trató el Vaticano I como algo que debía ser re-recibido ecuménicamente. La homilía de León XVI del 18 de mayo espiritualizó la «roca» en el amor herido y evitó cualquier mención de la jurisdicción vinculante.
Lo que comenzó como una especulación académica se ha convertido en una coreografía: una semana de ritual que proclama que Nicea pertenece a “todas las tradiciones cristianas”…pero que los dogmas en los que Roma alguna vez insistió pueden, ahora pueden ser tratados como acentos históricos en lugar de obligaciones vivas.
Más que un retorno a la fe de Nicea, lo que se pretendió fue la consagración pública de la decisión de que nadie, y menos aún los ortodoxos, tiene que aceptar jamás el Vaticano I.
In Unitate Fidei: El Credo reenvasado
En In unitate fidei, su carta de aniversario, León hace todo lo necesario para calmar a los conservadores nerviosos
- Elogia el Credo Niceno-Constantinopolitano,
- Relata la crisis arriana,
- Cita a Atanasio
- E insiste en que solo un Cristo verdaderamente divino puede salvarnos.
Entonces el terreno se mueve.
El Credo se convierte en un patrimonio común de todas las tradiciones cristianas, la base de un ecumenismo con visión de futuro. Es decir, bajo esta óptica, entonces la unidad ya no consiste en el retorno visible de los hermanos separados a la única Iglesia. Con ello, se pretendería que el statu quo actual, de la «diversidad» de iglesias y comunidades eclesiales es lo que debería afirmarse y gestionarse.
León repite que lo que nos une es “más grande que lo que nos divide”, como si los puntos que aún dividen a católicos de protestantes y ortodoxos —el Filioque, el primado papal, la naturaleza de la Iglesia, el matrimonio, la justificación–, fueran viejas disputas más que dogmas versus errores.
Luego viene el eje central de toda su carta: dice que debemos «dejar atrás las controversias teológicas que han perdido su razón de ser» para llegar a un «entendimiento común» y una «oración común al Espíritu Santo». No se dan ejemplos. El mensaje quwe envía, es simplemente: que ciertas disputas dogmáticas pueden quedar obsoletas.
Ese tema, entonces, León lo refuerza tipográficamente: León imprime el Credo de Nicea sin el Filioque y mete toda la cuestión en una sola nota a pie de página. Allí, la cláusula se convierte en una curiosidad: «no se encuentra» en el texto constantinopolitano, se insertó en el Credo latino en 1014 y «es tema de diálogo ortodoxo-católico».
Entonces, lo que sucede con León XIV es que el Filioque ya no se presenta como una verdad definida sobre la vida interior de la Trinidad.
Es un tema espinoso para las comisiones mixtas. Formalmente, nada se revoca; Florencia sigue en el cajón, el Catecismo aún afirma la doctrina. Ese es el truco. No se niega el dogma. Pero….se lo trata como negociable, se lo oculta en el aparato y se educa a los fieles para que lo experimenten como un problema que hay que gestionar, más que como una verdad que hay que confesar.
İznik: Un credo, un micrófono, una omisión

Una vez que In unitate fidei haya suavizado el campo, se puede adivinar lo que sucederá en İznik.
En una plataforma sobre el agua, Leo se encuentra con Bartolomé y representantes de patriarcados, católicos orientales, anglicanos, luteranos, metodistas, bautistas, menonitas, pentecostales y evangélicos. Un icono de Cristo Pantocrátor preside; las ruinas forman el telón de fondo:
- León advierte contra la idea de reducir a Jesús a un mero «líder carismático o superhombre».
- Recuerda cómo la negación arrianista de la plena divinidad de Cristo imposibilitó la gracia.
- Cita la confesión de Nicea de «un solo Señor Jesucristo… consustancial con el Padre».
- Luego anuncia que esta fe en la divinidad de Cristo es «un vínculo profundo que ya une a todos los cristianos», incluidas las comunidades que nunca profesan el Credo Niceno en su liturgia.
- Citando a Agustín, les dice que «aunque los cristianos somos muchos, en un solo Cristo somos uno».
Los Padres de Nicea no habrían reconocido esta iniciativa. Para ellos, confesar a Cristo como Dios verdadero, del Dios verdadero, distinguía a los católicos de los herejes. No creó mágicamente la unidad con los arrianos.
En manos de León, el dogma que una vez trazó la línea entre la Iglesia y el error, queda convertido en prueba de que los cristianos ya son sustancialmente uno y solo necesitan «superar el escándalo de las divisiones» mediante el diálogo y el amor mutuo. En otras palabras: no hay indicio alguno de que la reunificación requiera que alguien se someta a la Sede Romana o acepte el dogma católico en su totalidad.
De esta cristología, cae directamente en el horizontalismo. Es decir, dado que profesamos «un solo Dios, el Padre», dice, «no es posible» invocarlo sin reconocer como hermanos a todos los hombres y mujeres, independientemente de su religión. Se cita Nostra aetate; se propone una «fraternidad universal» a la que las religiones deben servir.
Luego viene el desenlace litúrgico. Todos los presentes recitan juntos el Credo Niceno-Constantinopolitano en inglés, sin el Filioque. El momento se captura como el visible «lazo de unidad» entre los cristianos divididos.
Durante siglos,
la Iglesia latina consideró el Filioque
una expresión innegociable
de la verdad revelada.
Florencia enseñó explícitamente
que el Espíritu Santo
procede del Padre y del Hijo
«como de un solo principio»
y condenó
la negación de dicha doctrina.
Ahora,
tal cláusula
se considera un «obstáculo»
que debe eliminarse
en momentos ecuménicos clave.
Con ello,
el dogma
sobrevive en los libros de texto;
pero muere en la práctica.
Iglesias hermanas y una Pascua común
La declaración conjunta con Bartolomé es el toque teológico al teatro de la semana.
- León y Bartolomé agradecen a Dios la gracia de su «encuentro fraterno».
- Llaman a sus comuniones «Iglesias hermanas» y se describen como personas que caminan con «firme determinación» por el camino del diálogo «hacia la anhelada restauración de la plena comunión».
- Recuerdan la declaración de Pablo VI y Atenágoras de 1965, que hablaba de regresar a la «plena comunión de fe, concordia fraterna y vida sacramental» del primer milenio.
El retrato es claro. Roma y Constantinopla son dos antiguos patriarcados trágicamente distanciados, que ahora buscan reparar la comunión recuperando el equilibrio de los primeros mil años. El Vaticano I y Florencia quedan relegados a un segundo plano. Los «obstáculos» ya no son herejías a las que renunciar, sino «cuestiones que históricamente se han considerado divisivas», ahora encomendadas a la Comisión Internacional Conjunta paraDiálogo Teológico. Se elogia a la Comisión; a nadie se le dice que ciertas doctrinas son innegociables.
La declaración celebra que todos los cristianos hayan celebrado la Pascua el mismo día este año y expresa el deseo de una fecha común estable. Una Pascua común pancristiana se convierte en el sacramento de la unidad. La idea de que se requiera una fe común y una sumisión común a Roma nunca surge.
Atatürk, la Mezquita Azul y lo que no se ve

Si queremos resumir la semana en una sola imagen, vemos a León XIV colocando una corona de flores en el mausoleo de Mustafa Kemal Atatürk.
El régimen de Atatürk completó la destrucción de la presencia cristiana en Asia Menor y condenó a lo que quedaba a una república secular. Sin embargo, el obispo de Roma honra su tumba con devoción. Sus defensores insisten en que «todo líder extranjero lo hace», como si se tratara de un argumento moral. Nicea se conmemora con homenaje ante la tumba del hombre cuyo estado enterró a sus descendientes.
Luego llega la Mezquita Azul. León visita la Mezquita del Sultán Ahmed, se descalza, escucha al muecín explicar el edificio y la oración islámica, y formula preguntas. El Vaticano describe la visita como un encuentro recogimiento y escucha atenta, con profundo respeto por el lugar y por la fe de quienes allí se reúnen para orar.
Mientras tanto, Santa Sofía, la catedral herida que ahora ha recuperado su estatus de mezquita, permanece fuera del itinerario. No hay visitas públicas, ni lamentos, ni oraciones de reparación. Una mezquita es un lugar seguro para la escucha atenta. Una basílica profanada es demasiado política.
El mismo pontífice que declaró con indiferencia que Francisco nos acompaña desde el Cielo ahora honra al padre del secularismo turco moderno y se salta la mayor iglesia profanada de Oriente. La doctrina es flexible. La historia es plástica. El ecumenismo y la fraternidad son los bienes supremos.
Vaticano I para ti, opcional para ellos
Para los católicos que todavía creen que el Vaticano I realmente significa lo que dice, la semana en Turquía simplemente confirma el patrón que ya han trazado.
Roma ya no insiste en que los ortodoxos deban aceptar la Pastor aeternus. Al Papa como pasgtor siupremo. En cambio, ofrece una primacía de honor del primer milenio. El oficio papal se replantea como un ministerio de escucha y de «presidencia en caridad», con la suficiente autoridad para suprimir la antigua misa, pero demasiado sutil para exigir a los cismáticos que confiesen dogmas definidos por la propia Roma.
Nicea se convierte en un símbolo de unidad ecuménica, no en un punto de encuentro para la verdad.
León recita el Credo, pero no la parte que Oriente rechaza.
Firma una declaración conjunta que habla de «Iglesias hermanas» y fechas comunes de Pascua, no de sumisión a Roma.
Visita una mezquita en «escucha atenta» y deposita una corona de flores en la tumba de Atatürk, evitando Santa Sofía.
Al mismo tiempo, toda la maquinaria de la autoridad papal sigue vigente contra los católicos tradicionales. El papado, demasiado «humilde» para imponer sus propios dogmas ante Bartolomé, se muestra brutalmente seguro al emitir documentos disciplinarios contra la misa en latín. Los obispos cierran obedientemente las prósperas parroquias tradicionales; los sacerdotes que citan a Florencia y Trento se ven tratados como desleales.
Para los ortodoxos y protestantes, el Vaticano I es opcional. Para los tradicionales, incluso cuestionar las innovaciones posconciliares se considera una rebelión contra el Vicario de Cristo. El maximalismo papal se vuelve introspectivo; el minimalismo papal, extrovertido.
Nicea juzgará
La cruda realidad no es solo que haya traicionado el espíritu de Nicea. Es que Nicea juzgará.
- Los obispos que se reunieron junto a ese lago en el año 325 eran hombres imperfectos, pero creían que el error mata las almas. Estaban dispuestos a perder el favor imperial y soportar el exilio por una sola palabra: homoousios. Creían que la unidad se logra mediante la verdad, no disimulando las contradicciones.
- En cambio, los obispos de İznik 2025 se comportan como si la unidad fuera un sentimiento. El Credo se ha convertido en una insignia que cualquiera puede llevar, siempre y cuando no insista demasiado en lo que implica. El papado se ha convertido en un micrófono para declaraciones conjuntas sobre la paz, la ecología y la fraternidad.
León imprime el Credo sin el Filioque y llama a esa cláusula «tema de diálogo». Recita el Credo abreviado con quienes rechazan explícitamente la doctrina arraigada en la tradición latina. Firma una declaración que trata a Roma y Constantinopla como iglesias hermanas que negocian un futuro acuerdo, sin mencionar jamás los términos innegociables que defendieron los papas del pasado.
Así funciona la Revolución posconciliar. Rara vez se contradice. Simplemente se niega a recordar.
Pero Nicea recuerda.
- Cada vez que León cita el Credo, convoca un Concilio que excomulgó a quienes lo tergiversaron.
- Cada vez que deposita una corona de flores en la tumba de Atatürk, se sitúa, le guste o no, a la sombra de los mártires cuya sangre empapó esa tierra.
- Cada vez que habla de «Iglesias hermanas», evoca siglos de enseñanza papal que llamaron al cisma por su nombre.
El sobrevuelo en helicóptero sobre las ruinas no es la verdadera peregrinación. La verdadera peregrinación es la que todo católico serio debe hacer ahora:
- peregrinar de las sesiones de fotos ecuménicas a los textos doctrinales;
- de las declaraciones conjuntas a las definiciones solemnes;
- de la retórica tranquilizadora del «diálogo» a la firme claridad del Credo, el Filioque y todo lo demás.
Trescientos dieciocho Padres firmaron bajo ese Credo. La pregunta no es si León XIV puede mantenerse firme sobre las mismas aguas. La pregunta es si todavía cree en todo lo que escribieron.

Por CHRIS JACKSON.
DOMINGO 30 DE NOVIEMBRE DE 2025.
HIRAETHINEXILE.

