Representar deliberadamente el belén con trapos, en aras de la «inclusión», es negar la encarnación de Dios y reducir el misterio de la Navidad a un discurso social.
La única buena noticia es que el belén está instalado desde el 26 de noviembre en la Grand-Place de Bruselas, uno de los pocos espacios públicos donde el símbolo cristiano sigue siendo aceptado abiertamente.
Recordemos, sin embargo, que no se representa la belleza divina ni el misterio del nacimiento de Cristo con harapos. No por desprecio por los materiales sencillos o los recursos humildes, sino porque el belén no es un asunto improvisado.
- Es una señal dada al mundo, un primer atisbo de la luz de Dios.
- No es un objeto decorativo, sino un lugar donde la fe contempla la ternura de Dios en la fragilidad de un niño.
- El uso de siluetas de tela sin forma no expresa la sencillez de la Navidad, sino que empobrece el profundo significado de este acontecimiento, confunde la pobreza material con la fealdad simbólica y olvida que el Dios que se acerca sigue siendo el Dios de la majestad.
Figuras de tela sin rostro, un mosaico de colores que pretende representar todos los tonos de piel, una estructura transparente que evoca más una instalación de arte contemporáneo que un lugar de culto: según un miembro de la organización, se trata de “una mezcla inclusiva de todos los colores de piel, para que todos puedan encontrarse representados”.
¿Desde cuándo
ha sido necesario
diluir el misterio de la Navidad
con una apariencia de fealdad
para hacerlo aceptable a «todos»,
con la única preocupación
de «no discriminar a nadie»?
La diseñadora de este belén, Victoria-Maria Geyer, se justifica explicando que «se consultó ampliamente con la Arquidiócesis de Bruselas».
Pero lo realidad es otra:
- Sí, Jesús nació en un establo; Sí, eligió la humildad, el frío y las dificultades.
- Pero esta pobreza nunca ha sido sinónimo de fealdad ni de indignidad.
- Si se acercó a los más humildes, fue para revelar la belleza de su humanidad, no para reducir lo divino a una apariencia confusa y sin rostro.
- La humildad de Cristo no es desfiguración, la pobreza no es humildad, y la discriminación no proviene de la diferencia, sino de la intolerancia.
El Señor hecho hombre nació en una familia judía, él mismo era judío y su identidad como hombre no se puede negar porque ahí es donde radica la verdadera discriminación, en la negación de una identidad.
El belén
que representa a la Sagrada Familia
siempre ha buscado mostrar
que la ternura de Dios
se ofrece en una luz suave,
en una presencia reconocible,
en el rostro de un niño.
Privarlo de rostro
es contradecir
la realidad misma de su venida
entre nosotros.
No debemos confundir la humildad voluntaria de Dios con la negación de su majestad. Se hizo pobre para compartir nuestra miseria, pero sigue siendo aquel cuya gloria divina cantan los ángeles. En el pesebre, esta tensión está siempre presente: paja y gloria, pobreza y belleza, fragilidad y el discreto esplendor que emana del Salvador. Representar a la Sagrada Familia con trapos multicolores es disolver esta verdad. Ya no es el pesebre de Belén, sino un símbolo vago, intercambiable y neutral que ya no transmite el misterio divino.
La inclusividad,
al convertirse en ideología,
acaba por engullir
lo que dice proteger.
Así, al insistir
en que «todos, todos, todos»
se sientan como en casa,
borra todo,
incluso la singularidad
del Misterio que se celebra.
Un belén cristiano se convierte,
con esos trapos,
en un símbolo vacío.
Ya no anuncia nada,
ya no evoca a nadie,
ya no abre ningún camino espiritual.
Ya no da testimonio de la llegada de un niño,
sino de la cautela
de una época temerosa de afirmar
algo claro:
la Majestad de Dios
que se encontró
con la miseria humana.
Sin embargo, a pesar de todo, Bruselas se atreve a mantener un belén en el corazón de su plaza principal. En un contexto europeo donde tantas ciudades están borrando gradualmente los símbolos cristianos por miedo o por cálculo, únicamente por motivos de secularismo, esta simple presencia sigue siendo una pequeña victoria. Y esperamos sinceramente que París tenga la misma audacia, la discreta audacia de exhibir un belén en el Ayuntamiento, no para imponer nada, sino para evocar una herencia, un recuerdo, una esperanza: la de la Navidad.
Por PHILIPPE MARIE.
BRUSELAS, BÉLGICA.
JUEVES 27 DE NOVIEMBRE DE 2025.
TCH.

